Villa Iris es tapa del diario La Nación

Villa Iris, rodeada por la sequía y la polémica

En el pueblo están agradecidos por los granos que mandó Moreno para las vacas; las respuestas que tienen ante la crítica.

VILLA IRIS.- Camiones que deben haber estado expuestos como novedad en las ferias rurales de los años 70 esperan por su carga. Una docena de productores aguardan con paciencia su turno. Están agradecidos. El grano que reciben hace aquí la diferencia para sobrevivir. “La sequía nos mata”, dice el coro. Recuerdan sus días de lucha en la ruta. La memoria los lleva a esas jornadas contra la 125 y el Gobierno, a esas vivencias que se sienten tan lejanas pese a ser de ayer nomás. Hoy el viento levanta sus tierras y se lleva los sueños. La realidad impone su fuerza y si el grano llegó de parte del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, no importa. Se toma y se agradece.
Una particular polémica nació en este pueblo bonaerense de 1800 habitantes y ubicado 700 kilómetros al sudoeste de la Casa Rosada. El productor Juan Manuel Garciarena llevó a una asamblea antes de Navidad la propuesta que las entidades del campo acusarían luego de herejía: pedir ayuda directa a Moreno, al funcionario más emblemático de la pelea entre el Gobierno y el agro.
“Es una situación terminal”, explicó Garciarena, que partió a la Capital Federal con el apoyo local y regresó con casi seis toneladas de maíz para alimentar al ganado desfalleciente. Las vacas muertas son parte del paisaje en cada campo. Docenas de animales perdidos en cada potrero. Visión cruda, por más que se sepa que el destino final de la hacienda es el matadero.
Recibió Garciarena críticas fuera de su pago chico, pero en estas calles es el héroe local. Los productores lo defienden. Una asamblea de 500 personas le renovó el apoyo el miércoles último. El mensaje fue claro: que siga sus conversaciones con Moreno. Y si puede llegar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, mejor. Esa posibilidad estaría cerca.
Las vacas muestran sus costillas y mugen de hambre en el ingreso en el establecimiento Los Arboles. Su dueña es una veterinaria platense, Graciela Lofeudo, que administra directamente su ganado en 900 hectáreas. La dimensión del campo podría llevar a la equivocación. Exhibe a LA NACION la pesadilla económica que provoca esta sequía de cuatro años. En su “cementerio” están los cuerpos de 90 vacas, 16 terneros y 3 toros. Tuvo que empezar a vender mal su hacienda, a unos 250 pesos cada animal. Antes los comercializaba entre 800 y 1200 pesos. El reparto Historia común
Su historia es común a todos los productores que conversaron con LA NACION. “Cuando acá se gana, uno no se va a Europa, sino que mejora la hacienda, invierte en capital de trabajo. El grano es un paliativo ante una situación desesperante, pero la burocracia también nos está matando”, explicó.
Aquí “la gente lloró de alegría por el maíz”, contó Lofeudo. Aunque esa asistencia no hace olvidar el manejo (malo en la opinión de los productores) que el Gobierno hace del comercio ganadero.
Al ex predio de la Junta Nacional de Granos llegaron los camiones con casi seis toneladas de maíz de calidad. Moreno cumplió la promesa. Y tuvo la ayuda de las mayores compañías exportadoras de granos. Parte del maíz que se llevaba a la zona de acopio en Bahía Blanca terminó en este lugar, para algarabía de los pobladores. Empezó así el reparto de los granos, con un criterio de selección determinado en asamblea. LA NACION presenció las diferentes etapas de la operación.
Representantes de las empresas exportadoras reciben los camiones con sus propios granos. Verifican la calidad, porque ese momento es el primero en que cada compañía puede ver el maíz que compra. El grano llega de productores que comercian con exportadoras. El pago corre a cuenta del Gobierno. Comentan aquí que algunas cargas fueron devueltas al no pasar el control. Los productores son convocados en el orden en que se anotaron, firman la planilla y una funcionaria de la Oncca entrega el certificado de asignación del grano. Obtienen cuarenta kilos de maíz por animal. La mitad de los productores tienen menos de 50 cabezas. Son más de 300 los enrolados en el sistema. El alimento alcanzará para 40 o 60 días, mientras rezan por la lluvia.
Omar Tatarzicky fue el baqueano para recorrer los campos. “No se busca engordar ganado, sino sobrevivir. El grano dará energía al animal para que aproveche mejor la poca pastura que queda. Se sufre mucho, se está en una situación límite y no importa de dónde venga la ayuda, sino que venga”, comentó. Sabe que está asistencia no es la solución. Permite aguantar mientras se espera el milagro del agua.