24 de marzo: Día nacional de la memoria por la verdad y la justicia. Los libros prohibidos.

Rogando siempre por la memoria de cada hecho de nuestra historia y con la verdad lo menos sesgada posible, traigo como recuerdo los libros prohibidos durante la dictadura militar– hubo muchos– quiero compartir con ustedes “La Planta de Bartolo”, de Laura Devetach, además de una historia de “libros enterrados” publicada por el diario Clarín y la letra de la canción de María Elena Walsh, “La Cigarra”.
La planta de Bartolo
Ilustración original de Victor Viano para la primera edición de La torre de cubos


El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol, y cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores.
Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. Eran cuadernos hermosísimos, como esos que gustan a los chicos. De tapas duras con muchas hojas muy blancas que invitaban a hacer sumas y restas y dibujitos.
Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo:
—Ahora, ¡todos los chicos tendrán cuadernos!
¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los iban terminando, se enojaban y les decían:
—¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen!
Y los pobres chicos no sabían qué hacer.
Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó:
—¡Chicos!, ¡tengo cuadernos, cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga a ver mi planta de cuadernos!
Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita del buen Bartolo y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo.
Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro y ellos escribían y aprendían con muchísimo gusto.
Pero, una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los chicos. El Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé qué.
Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de oro: ¡Toco toc! ¡Toco toc!
—Bartolo —le dijo con falsa sonrisa atabacada—, vengo a comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón de pelotitas de colores.
—No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan.
—¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de navidad.
—No.
—Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes.
—No.
—Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja.
—No.
—¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos?
—Nada. No la vendo.
—¿Por qué sos así conmigo?
—Porque los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen tranquilos.
—Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo.
—No.
—Pues entonces —rugió con su gran boca negra de horno—, ¡te quitaré la planta de cuadernos! —y se fue echando humo como la locomotora.
Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía.
—¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó.
Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los conejitos.
Todos rodearon con grandes risas al vendedor de cuadernos y cantaron “arroz con leche”, mientras los pajaritos y los conejitos le desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones.
Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados, gritando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar.
—¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no trabajan.
Cuento extraído, con autorización de su autora, del libro La torre de cubos (Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1985, colección Libros del Malabarista).

Oscar Elissamburu y su mujer, Nélida Valdez, no hicieron un mapa porque confiaban en su memoria. Sabían que después de cruzar la tranquera bajo el tercer álamo estaba enterrado su tesoro: una veintena de libros prohibidos por la dictadura. Cuando sus hijos los desenterraron, 18 años después, se habían transformado en un paquete compacto e indescifrable.
Como muchos, Oscar y Nélida temían que fueran a buscarlos a su casa del barrio del Grosellar, en Mar del Plata. “No hacía falta hacer nada malo para correr peligro”, intenta explicar Nélida sin encontrar las palabras para definir el miedo que sentía y todavía no olvidó.
Tenían 29 años, habían militado en la Juventud Peronista —aunque sin afiliarse— haciendo trabajos comunitarios y alfabetizando en barrios carenciados, pero dejaron el partido desilusionados cuando Perón regresó al país. Ambos eran profesores de la Escuela Superior de Artes Visuales Malharro. Oscar es pintor y grabador, y Nélida, escultora.(…)
“Como la cigarra”
de María Elena Walsh
Tantas veces me mataron, tantas veces me morí,
Sin embargo estoy aquí resucitando.
Pero si estoy a la desgracia y la mano con puñal
por qué mató tan mal, y seguí cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente que vuelve de la guerra.

Tantas veces me borraron, tantas desparecí,
A mi propio entierro fui sola y llorando;
hice un nudo en el pañuelo pero me olvidé después
que no era la única vez y seguí cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente que vuelve de la guerra.

Tantas veces te mataron, tantas resucitarás,
cuántas noches pasarás desesperando.
Y a la hora del naufragio y la de la oscuridad
alguien te rescatará para ir cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente que vuelve de la guerra.