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Historias de un abogado patagónico (Primera entrega)

Domingo O. de Zárate

El doctor Domingo (Chacho) Ortiz de Zárate, nieto de Victoriano de Ortúzar (Intendente de Puan entre 1920 y 1923) y Vicegobernador bonaerense (1926-1930), estuvo en Puan a principios de este año, recopilando información sobre su abuelo, con el objetivo de escribir un libro.
En febrero, Todas las Voces publicó una entrevista exclusiva con el letrado. Ahora, este diario digital ofrecerá en entregas semanales una serie de anécdotas publicadas en un blog por el abogado que actualmente vive en Mar del Plata
Allí refleja algunas de sus experiencias en aquella región austral de la Patagonia.
Es que Ortiz de Zarate tiene una reconocida trayectoria en la Justicia de Santa Cruz, Provincia en la que residió durante 33 años. Otro dato saliente de su paso por esa región es que entre 1978 y 1983, fue socio en el estudio de abogados de Néstor y Cristina Kirchner.
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El fallo donde venció el amor

(Por Domingo Ortiz de Zárate) Antes de entrar en el tema de la historia que voy a contar, debo señalar que mi verdadera vocación está puesta en la Magistratura; lugar adonde nunca pude volver después que me echaron los militares en 1976, sin poder volver a mi primer amor, al que reconozco, llegué por casualidad.
Desde el primer momento, comprendí que la función asumida me emparentaba con Dios.
Las atribuciones que me otorgaba la Ley, me convertían en amo y señor de la vida, libertad y patrimonio de las personas. Perdón, el concepto es equivocado; me convertían en garante de la vida, la libertad y el patrimonio de las personas.
Debía interpretar la ley para lograr, dentro del contexto del caso, un fallo justo. No limitarme en aplicar en forma literal las normas sin ahondar en el principio esencial de darle vida a aquella, para alcanzar la finalidad de todo fallo: el restablecimiento del Derecho.
El propósito de mi introducción es destacar que fui un Juez un poco heterodoxo, tomé a veces decisiones que bordeaban los límites de la Ley, pero con el pleno convencimiento de hacer lo debido y recordando la frase “Dios nos muestra la Verdad, escribiendo en líneas torcidas”.
Perdón por el introito, pero la anécdota lo merece.
Un día se me aparece en mi despacho el Dr. Penfold, abogado que precedió al Dr. Grini como Defensor Oficial; con las mismas características de preocupación y desvelo por sus defendidos que su sucesor.
Irrumpió en mi despacho, como les decía, y a ritmo de ametralladora y de verdadera aflicción por lo que le pasaba a su representado me dijo:
– Chacho, algo tenemos que hacer en relación a mi defendido.
Le contesté que se calme, se siente y me narre los graves problemas que le acosaban.
Resulta que su defendido era un muchacho técnico de ENTEL que vivía en Bahía Blanca, me cuenta que hace meses lo habían mandado a Río Gallegos en comisión por problemas en su área.
Sigue su relato señalando que, terminado su trabajo y a fin de lograr un esparcimiento propio de su edad y hormonas, decidió aventurase en las deliciosas noches de nuestra ciudad.
Ingresó entonces a esos lugares llenos de luces sicodélicas y jóvenes mujeres vestidas para ir al caribe, más que para soportar el crudo invierno de la Patagonia. Al poco de entrar, se le acercó una joven que lo empezó a enamorar ponderarando sus cualidades de Adonis, al mismo tiempo que le manifestaba su deseo de brindar a su salud.
Y ahí nació, para la fantasía de este joven, un romance a primera vista con esta mujer tan encantadora, cuyo único problema, era su recurrente sed que exigía una copa reparadora, por lo que nuestro querido parroquiano como dice la canción pagaba…pagaba. (Debe haberse gastado la comisión y parte de su sueldo en saciar tanta sed)
Como dice la canción de Sabina: “… y nos dieron la diez y las once….y al amanecer nos encontró la luna”. A esa hora, después de haber invertido tanto tiempo en el amor y sin un céntimo en su bolsillo dedicado a cubrir la sed de la dama, quien en todo momento parpadeaba con sus ojos el amor que le profesaba, acompañando con la palabra mágica “Papito”; el muchacho consideró que en derecho, le correspondía la mayor prueba de amor: dormir en sus brazos.
La joven no aceptó la invitación y éste muchacho con los vahos de alcohol, con su billetera vacía y sin entender las reglas de la noche; insistió en sus reclamos y se armó la de San Quintín, terminando nuestro Romeo en la Comisaría y con una denuncia de la joven, que originó la causa que en ese momento se tramitaba ante mi Juzgado.
Pero, ¿cuál era el problema que me venía a plantear mi querido Penfold?
Que afuera estaba el joven con una nota de ENTEL que lo intimaba a resolver su situación procesal en la causa, caso contrario lo despedían. (Tengamos en cuenta que en aquellos tiempos ENTEL monopolizaba el servicio de comunicaciones y el muchacho de referencia de ser despedido de esa Empresa, no tenía otro lugar para ejercer su oficio técnico).
Frente a la angustia del Dr. Penfold por la situación de su defendido, pedí la causa. La misma, además de estar casi paralizada por su escasa importancia, no se traducía en lesiones de consideración.
Ante ello me quedaban dos caminos: decirle a Penfold “la Ley es la Ley”, lamentarme por los resultados gravosos hacia el joven y seguir con toda la tramitación de la causa; o buscar alguna estrategia que nos llevara a caminos mas justos, pues sentía que el joven, mas allá de su acción, no se merecería un fallo que comprometiera su vida futura.
Entonces puse en práctica un plan que dependía que la joven siguiera desparramando sus cariños en nuestra Ciudad.
De estar, le aconsejé a Penfold que le diga a su defendido, que se presentara en el lugar de trabajo de la señorita con una caja de bombones y un ramo de flores. Que le pida perdón por lo ocurrido, le manifieste que se sentía muy arrepentido, la invitara a cenar y que le dijera que de una nueva declaración suya ante la Justicia, estaba puesto su futuro.
La estrategia era la siguiente: que ella efectuara ante la justicia una nueva declaración en donde espontáneamente reconociera que él, no la había lesionado y que la denuncia la había hecho, por el temor a un hostigamiento posterior y aclare que sus marcas eran producto del forcejeo que se produjo dentro del local al producirse la discusión.
El plan se cumplió al pie de la letra; la joven seguía en Río Gallegos y se emocionó con la actitud del caballero y su papel de heroína (como dice el tango: “son minas fieles de buen corazón”) y a las ocho de la mañana del día siguiente realizó una nueva declaración en la forma ya narrada.
Ante ésta declaración, el Dr. Penfold, pidió la absolución de su defendido. El fiscal no se opuso y yo dicté la sentencia absolutoria, dándole por Secretaria un testimonio de la misma para ser presentada a ENTEL.
Pero mi mayor alegría fue al otro día, cuando el querido Penfold, se presentó en mi despacho y me contó que el muchacho al recibir el testimonio, no dejaba de agradecer en medio de sollozos.
Y concluyó diciéndome que, en muestra de agradecimiento, el muchacho le había traído de regalo, una botella de whisky; a lo cual yo muy serio le conteste: – Voy a hacer como que no escuché su última parte, pues sino Dr.Penfold, lo voy a tener que procesar por recibir dádivas de sus defendidos.