Estampas Volguenses: Las voces del trigal

Ante la proximidad de un nuevo aniversario de la fundación de la Colonia Santa Rosa, la Asociación Amigos desea compartir con las familias, estampas volguenses en formato de cuento, escritas por el Profesor Horacio Agustín Walter.

Las voces del trigal

– Abuelo, ¿qué historia nos contarás esta noche? – le preguntaban en forma curiosa y atentos a sus palabras.
– Bajen un poco el volumen del televisor y les contaré algo – les dijo con la serenidad del hombre feliz en compañía de sus pequeños nietos.Sucedió unos diez años después que surgiera la Colonia Hinojo, en el centro de la provincia de Buenos Aires, donde llegaron los primeros hombres procedentes del valle del Río Wolga. Uno de ellos, el “viejo Juan” se encontraba muy enfermo, razón por la que no pudo acceder a ninguna parcela de campo para su laboreo.
Entre varios amigos le indicaron que trabajara una hectárea en los terrenos linderos a las vías de ferrocarril. No recibió mas ayuda que esa indicación y ningún crédito para su trabajo.
Con su mujer desbrozó de malezas del terreno, le pasó un arado mancera tirado por su viejo caballo, y sembró unas semillas de trigo al voleo. Nadie recordaba su nombre real, aunque todos lo llamaban cariñosamente el “aldie Hans”.
Durante varios años no pudo cosechar nada. Su esperanza se diluía pese al esfuerzo que ponía en la labor. No había premio posible y la suerte resultaba muy esquiva. Encontraba las razones de su fracaso en el granizo que despedazaba su campo o en la helada tardía que lo blanqueaba, en las malas semillas o en la propia ignorancia de sembrar a destiempo. No obstante, la constancia pudo más que la derrota. Siembre volvía a trabajar sus pocos metros de tierra.
Cierto día de diciembre, se acercó a visitar su pequeña parcela sembrada. Las espigas, meciéndose suavemente al ritmo de la brisa matinal, musicalizaban con su siseo el ambiente del trigal. Espigas finas y cimbreantes, reflejaban en su largo tallo y en las puntas cargadas de trigo, el sol que las maduraba al punto de la trilla.
Con paso cuidadoso, para no lastimar las espigas, ingresó varios metros dentro del trigal. Tomó una de ellas con sus manos y frotándola entre sus palmas, desgranaba las nuevas semillas, observándolas con mirada penetrante. En su rostro curtido por el sol y por el tiempo, amanecía una incipiente sonrisa.
– ¡Es el mejor trigo en los diez años que estamos aquí! ¡Estamos listos para la cosecha!
Los niños escuchaban con suma atención. El abuelo siguió contando:
Lentamente dirigió su mirada a la pequeña extensión de su campo sembrado. La mies dorada se reflejaba en sus ojos brillantes, ocultos entre los canosos cabellos que con sus dedos peinaba hacia atrás de sus orejas.
Mientras tanto, aspiraba profundamente el perfume del trigal maduro. Miraba hacia lo alto para asegurarse que ninguna nube oscureciera su alegría. El cielo se encontraba calmo y el sol no resultaba tan abrasador como en días anteriores. Girando sobre si mismo, en silencio, comenzó a escuchar las voces de las espigas. Aguzó los oídos y percibió el mensaje que el trigal le entregaba. Desgranó un par de espigas y, con la misma tranquilidad que ingresó al campo, salió de él. Subió a su caballo y se dirigió a la Colonia.
– Mira lo que he traído – le decía a su esposa, mientras le mostraba con euforia los granos fuertes y amarillos que había sacado del bolsillo de su rústico pantalón.
– ¡Ya podemos comenzar a soñar!
– Espera hasta el momento de la trilla – le respondió con cautela su mujer.
– ¡Quédate tranquila, mujer, sé bien lo que te digo! Tendremos una buena cosecha. Me lo ha dicho el trigo. Sólo hay que esperar.

Todas las mañanas el “aldie Hans” volvió a conversar con sus espigas. Estas le recordaban las difíciles decisiones que diez años atrás debieron tomar para salir del valle del Wolga y dirigirse a la Argentina. Recordaban juntos cómo, con los labios apretados, llenos de una tristeza profunda, iniciaron el largo viaje hasta establecerse en el Hinojo; el dolor de la adaptación a distintas costumbres, la incomprensión frente a la lengua y el acostumbrarse a una nueva tierra, donde todo estaba por hacerse; los sueños, siempre presentes se sostenían con dificultad frente a los problemas que encontraban en el camino.
El abuelo seguía con su narración. Sus nietos con los ojos abiertos llenos de sorpresa y admiración, escuchaban el desarrollo de esa fantástica historia.
– ¿Entienden lo que les digo? – les decía su abuelo, creyendo que la historia podría ser incomprensible. Ellos lo miraban afirmando su atención.
Otro día conversaba con ellas sobre la esperanza de crecer con felicidad, de educar a los hijos en la fidelidad de la familia, en las buenas costumbres adquiridas a partir del esfuerzo y la constancia. Les preguntaba si sus hijos serían mejores que él en algún tiempo lejano…
Hablaban del pasado. Del gran esfuerzo de un pueblo que cambió de patria varias veces. De los recuerdos germanos, de las costumbres rusas y, luego, de la adaptación a la pampa argentina. Hablaban del presente y del futuro. Hablaban de sí mismo y de sus nietos por nacer.
Por las noches, el “aldie Hans” narraba las historias del trigal en la cena familiar. Su esposa las transmitía al día siguiente, al grupo de mujeres reunidas alrededor del horno de barro, mientras esperaban que se cocinaran las hogazas del “guten Prot”.
Una mañana les preguntó a las espigas si podría volver a Rusia, para buscar a sus padres, muy ancianos, que habían quedado en el valle. Ellas le confirmaron la posibilidad. De modo que comenzó a tejer un nuevo sueño. No sabía si estaban vivos, pero su esperanza se multiplicó.
El día de la cosecha, toda la Colonia estaba preparada para la trilla. El entusiasmo contenido durante el año, se expresaba en las canciones y la alegría colectiva con la que todos marcharían hacia los campos para levantar los frutos esperados.
Mientras unos segaban las espigas, otros las recogían sobre grandes lienzos de tela, para que las mujeres y los niños las sacudieran separando los granos de la paja. Una vez terminado un campo, se seguía con otro y así hasta terminar. El último programado era la parcela del “viejo Juan”.
Llegó el día. Pero él no se levantó. Lo encontraron en su camastro, con una pequeña sonrisa en sus labios y sus ojos profundamente abiertos, mirando más allá de la mirada. Su esposa los cerró en silencio conteniendo sus lágrimas. En esa misma tarde fue enterrado en el trigal.
Nadie levantó la cosecha.
Al año siguiente, en el mes de diciembre, su hijo volvió al campo a recordar a su padre. Un hermoso trigal estaba a punto de la trilla. No lo podía creer. Ingresó a la pequeña parcela y girando sobre si mismo seguía con su miraba el balanceo rítmico de las espigas. Hasta que en un momento pudo escuchar sus sonidos.
Le contaban sobre la honradez y la constancia del “aldie Hans”. Sobre su recuerdo de tristezas y sus sueños de esperanzas.
Así regresó durante varias mañanas antes de la siega. En cada una de ellas, el diálogo se hacía intenso. Las espigas hablaron de la historia del Wolga, de los primeros pasos de la instalación en la Colonia, de la dureza del trabajo que debieron emprender. Los mensajes hacían referencia al progresivo cumplimiento de los deseos y cómo los sueños fueron haciéndose realidad.
Una mañana discutía con las espigas sobre si habían hecho bien en irse del Wolga o si debieron quedarse, porque a veces las cosas no salían como deseaban. En otra, las espigas le confirmaban que siempre debían mirar hacia delante y seguir con la misma fuerza y tenacidad.
Cuando en otros diciembres el hijo no llegó a visitar a las espigas, lo hicieron sus nietos y los hijos de sus nietos. Nunca fue levantada la cosecha y durante todos los años volvía a aparecer el trigo.
Por las noches, los diálogos se reproducían y estas historias se multiplicaban en los encuentros de los amigos y de los vecinos”.
– Igual que ahora, abuelo, como la estás haciendo vos.
– Sí – respondió – hay que ir al trigal y escuchar sus voces para que las historias no se olviden. Sólo así perdurarán los trigos. Sólo así perdurarán los pueblos.