Eran treinta y tres escuelas. (Primera parte)

En nuestro partido de Puan, entre 1884 y 1976 se fundaron 33 escuelas. A la primera la conocemos como la “N° 1” localizada en Puan y, a partir de ella se fueron creando en pueblos, parajes y campos de nuestro extenso distrito según inquietudes de vecinos y autoridades.
Dos leyes fueron importantes para los albores de nuestro actual sistema educativo nacional. Como resultado de los esfuerzos de integración del país y modernización de sus instituciones en 1884 se legisló la Ley 1420. Esta exigía que la educación fuera obligatoria para todos los niños, gratuita y gradual. Años después, en 1905, la Ley Láinez permitió abrir escuelas rurales, infantiles, mixtas y elementales en las provincias que lo solicitasen. Su autor fundó su proyecto debido a la gran cantidad de niños analfabetos. Estos establecimientos fueron distribuidos en lugares en que la tasa de analfabetización era más alta.
Allí donde sus habitantes se encontraban dispersos o más alejados, el sentido comunitario creció mejorando las condiciones de vida. Ello ocurre tanto aquí como en diferentes lugares del mundo. Por ese motivo, la escuela rural ha sido, desde los tiempos remotos, la primera institución que educó a una gran cantidad de personas. Seguramente a muchos de los que hoy pueden leen este artículo.
Por la amplitud del tema, nos dedicaremos a las escuelas rurales, partiendo de los datos brindados por el Departamento Archivo de la Dirección General de Escuelas y Cultura en el año 2005.
Es habitual que se genere un vínculo entrañable con algún docente en los años de escolarización debido a su rol fundamental en el aprendizaje y el crecimiento personal. En relación al tema conversamos con Lidia, una docente ya jubilada que comenzó a ejercer su vocación en 1962. Nos contó que sus primeras prácticas fueron en la escuela del Anquelén a la que viajaba en un Chevrolet 28 con su compañera Ofelia cruzando la laguna de Puan, seca en aquel año. Ellas, mientras realizaban su travesía, recogían chicos de los campos y los llevaban en la parte trasera del vehículo.
Recuerda que no tenían gente que los ayude con la limpieza diaria del edificio escolar, lo aseaban ellas. Además, llegaban al paraje más temprano para encender las estufas que entibiaran el aula. Era notoria y valiosa la presencia de las familias deseosas de que sus hijos aprendieran. A través de la Cooperadora, organizaban bailes o lo que fuera necesario para recaudar los fondos para la escuelita del campo ya que en aquella época no recibían con regularidad fondos desde el Estado.
Desde la primera palabra en una imprenta mayúscula temblorosa hasta la última X despejada en una ecuación, esa evolución en el aprendizaje no se da por sí sola. Es necesaria una persona que transmita, incentive y estimule los conocimientos, generando diversas sensaciones entre su alumnado. No se puede obviar el papel de los maestros en la formación, ya que son orientadores de vida por vocación. Por tal motivo, nos estamos dedicando a las escuelas en nuestra región.
Fuentes e información: Departamento Archivo de la Dirección General de Escuelas y Cultura en el año 2005.
Sra Lidia Maldonado de Walter.

Lic. Lucía Vallejos
Asesora Histórica MIB