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“Soy un viajero que busca la conexión con el todo”

(*) La vida a veces te lleva a lugares impensados y te da momentos en que los sueños se hacen realidad. Mauricio López (26) decidió un día cambiar su vida de manera rotunda cuando visitó junto a su familia las ruinas de Machu Picchu. Hasta ahí su existencia era como la de tantos jóvenes que emigran de Puan y se radican en las grandes ciudades para iniciar una carrera universitaria.
Cuando llegó a Perú, decidió dejar todo y comenzar a transitar por nuevos caminos en convivencia con la naturaleza sin más pertenencias que una bicicleta, un par de ollas y sus producciones artísticas. El sol, el aire, la selva, la llanura, el mar y las sierras comenzaron a aparecer ante sus ojos, y a la vez, variedad de culturas de nuestra Latinoamérica.
El principal sustento para sus gastos de viaje se los da el arte circense, cada vez que se para junto a un semáforo brinda un show de malabares despertando de la rutina a los transeúntes.
Mauricio además escribe con su propia letra una revista artesanal donde se pueden apreciar dibujos, pensamientos y poesías con mensajes de paz, amor y cuidado del medioambiente.
Cuando habla de sus compañeros de travesía, se refiere a ellos con el nombre de “hermanos”. Una palabra que, mágicamente, diluye las fronteras en tiempos de multiculturalidad.

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Mauricio en la redacción de Todas las Voces Puan

-¿Cuántos años hace que te fuiste de Puan?
-Hace 8 años, cuando terminé la secundaria me fui a vivir a Bahía Blanca. Allí estuve estudiando la Licenciatura en Turismo en la Universidad del Sur, durante cinco años. No me faltó mucho para recibirme pero en ese tiempo estaba pensando llegar a Machu Picchu (Perú). La idea era ir y después volver para terminar la carrera, pero cuando llegué, me di cuenta que ya no podía regresar.
Llegué a Perú con mi familia y en auto, pero en Cuzco les di la despedida. Fue duro, yo algo les había dicho antes pero no me habían creído y yo tampoco me la había creído. Y me preguntaron qué vas hacer y yo les dije: “Malabares”.
En Bahía Blanca había estado trabajando en un circo social. Íbamos a los barrios, a las escuelas y a los Jardines de Infantes. Algunas veces lo hacíamos a voluntad, otras gratis o por comida. En esa época ya juntaba dinero haciendo malabares en los semáforos, me gustaba el arte del circo.
Cuando me quedé solo en Cuzco, me encontré con unos argentinos y nos pusimos a hacer malabares en los semáforos. Recuerdo que apareció un policía de migraciones y nos echó porque para él éramos turistas que estábamos trabajando. Nos fuimos y caminamos 14 kilómetros, porque había que hacer un papelerío y era una cuestión media rara.
En el camino, nos encontramos con un hombre que se ofreció a llevarnos a Arequipa. Después terminamos en Camaná, en la costa de Perú, y ahí decidí ir hasta Lima, pero solamente tenía mil pesos argentinos y el cambio no me favorecía para nada, pero haciendo malabares, empecé a generar dinero enseguida.
Por ejemplo, si viene un camionero manejando durante ocho horas y ve un pibe de otro país vestido de payaso haciendo malabares, que lo saluda y le dice: “esto es para vos hermano… de corazón”, te larga su buena onda.
Vivir del arte hace que no tenga que responder a un jefe, vestir un uniforme, ni cumplir con nadie más que con mis ganas, y me permite decidir cuándo dejar una ciudad e ir a otra. Esto te da una apertura gigante porque llegás a lugares que ni siquiera un turista con dinero llega.

-¿Tenés momentos de nostalgia por tu familia y por tu país?
-Una de las fortalezas que tengo es el desapego, no sé si es bueno o malo. Por ejemplo, cuando estaba en Bahía Blanca, no visitaba mucho a mi familia. Los quería, pero no necesitaba que estuvieran ahí a dos metros de mi casa. Entonces, al estar en otro país me pasó lo mismo. Y con Argentina me sucedió igual, si no puedo tomar mate, bueno, tomo chicha, si no como asado comeré papa a la huancaína. Es increíble pero quebrás esquemas mentales, porque uno está como encasillado.
Conocer el mundo hace que aprendas a conocerte a vos mismo, a ver las cosas de otra manera. Hoy, si alguien me pregunta si soy argentino le respondería que sí, pero que hoy me siento peruano, colombiano y venezolano. Me siento parte del mundo.
El mundo es mi casa y sé que donde voy puedo arreglármelas solo. La herramienta es uno mismo. Hay un falso patriotismo, es muy linda la idiosincrasia pero fíjense que un jujeño es más parecido a un boliviano que a un porteño. Creo que Argentina se puede dividir en ocho países. Me pasó esto de tener amigos en el Valle de Río Negro, y tenían tiempos distintos al mío y una forma de ser diferente.

-¿Es fácil la tarea de adaptarse a otras culturas?
-Hay un tiempo de adaptación. Al principio me choqué bastante, porque hay palabras o actitudes distintas. Por ejemplo, si un argentino le da un beso a otro hombre, es un símbolo de fraternidad. En Perú, en cambio, significa homosexualidad y hasta te pueden golpear por hacerlo. En Colombia sucede lo mismo, por el machismo. Uno se da cuenta en estas situaciones que primero hay que escuchar antes que hablar, y con los meses vas entendiendo.

-¿Qué recomendaciones le hacés a alguien que quiere hacer lo mismo que vos y salir a recorrer?
-Se necesita coraje y olvidarse de todo lo aprendido, porque es como empezar de cero.
Uno en su lugar puede conocer todo, pero cuando te vas sentís que no sabes nada. La humildad tiene que estar ante todo, se debe dejar la soberbia de lado. Hay que luchar constantemente contra uno mismo porque muchos viajan un año y vuelven.
La lucha es contra uno mismo, es decir “sí puedo”. Y lo que uno se pone en mente lo consigue y si uno hace las cosas de corazón, tarde o temprano suceden.

-¿Te enfermaste alguna vez?
-Generalmente no me enfermo. Me subo a la bicicleta y pedaleo hasta 50 kilómetros, y después descanso unos días. También tuve que cambiar el alimento y empezar a cocinar. Llevo un machete y cocino al lado de la ruta un poco de arroz, verduras, frutas y avena. Si uno hace lo que quiere, come bien y hace ejercicios, no se enferma.
La única vez que me enfermé fue en la frontera, entre Venezuela y Colombia. Me deshidraté porque tuve que atravesar un desierto. El recorrido lo hice con un ecuatoriano y mi compañera Marita, los tres en bicicleta. El ecuatoriano era un esmeraldeño, un afrodescendiente.
Nos llevó muchos días hacer ese trayecto, lo único que había eran rancheríos donde viven comunidades indígenas Wayú. Ellos se alimentan de la pesca y las cabras, y no mucho más que eso. Son bastante rudimentarios y pobres. Tienen un problema muy grande con el agua porque es de muy mala calidad, hay hay que hervirla para tomarla. Tomábamos dos litros de agua entre los tres y en esos lugares uno suda más, y mientras estás ahí no te das cuenta, tu mente le da para adelante y tu cuerpo se va desgastando. Cuando llegamos a la frontera con Venezuela terminé en un hospital donde me inyectaron suero. Quedé internado durante ocho días. Salí vivo porque además tuve dos ángeles que me cuidaron: María y Carlos.

-En esos días de soledad, ¿Qué pensás de tus días vividos en Argentina?
-A veces, cuando rebobinás te sentís un estúpido y decís: “cómo hice o dije eso”. La misma ruta te va dando golpes para que te despiertes y abras los ojos.
Cuando llegué a Ecuador, llevaba cuatro meses de viaje y estaba haciendo malabares en un semáforo, me pidieron los papeles y terminé siete días preso, estuve en una celda con presos comunes, eran criminales. El abogado que me pusieron era ecuatoriano, solo lo conocí en la audiencia. Fue una cuestión horrible, hablé con el consulado argentino y allí me dijeron que no me podían tener encerrado ni tres días y que eso era ilegal. Ellos creían que estaba trabajando, pero simplemente estaba haciendo malabares en el semáforo. Me aconsejaron que dijera que estaba mendigando, pero eran policías de inmigración que reciben un plus por cada ilegal que capturan. Era un pichón, no tenía experiencia.
Después me llevaron a la frontera norte, en la provincia de Cajamarca. Es una zona que se llama ceja de selva, es una transición entre la selva y la sierra. Después volví a entrar a Perú por Ecuador, crucé un puente, un río, y caminé por la selva.

-¿Volviste a estar preso?
-Sí, cuando regresé a Ecuador. Fue otra deportación, pero esta vez me la tomé con calma. En esas experiencias aprendí a valorar lo más importante, la libertad.
Fueron cinco días y estaba junto a un peruano que no tenía documentos. Pasamos frío y estuvimos un día y medio sin comer, en condiciones inhumanas. Nos alimentábamos gracias a las sobras que nos daban los familiares de los otros presos.
Después, nos volvimos a la frontera de Perú hasta llegar a Tumbes, y bajé a dedo hasta Lima. Allí decidí ir a la Selva Amazónica donde estuve más de cuatro meses, una parte la hice a dedo pero después tuve que cruzar el río a través del puerto de Yurimaguas. Luego de tres días llegué al Iquitos, una ciudad que está en el medio de la selva.
Pasé los días junto a un chamán, en una comunidad indígena. Él tenía 100 años y estaba casi ciego pero veía más que cualquier otra persona.
Ahí no hay gas, ni luz, ni agua potable, solo el agua de los ríos. Comía yuca y frutos silvestres, y cuando se me terminó el arroz volví a la ciudad. Junto a una viajera francesa, emprendí el viaje a Ecuador, lo hicimos navegando el río Napo. Después, nos dimos cuenta que nos habíamos equivocado de barco y tuvimos que quedarnos viviendo en una comunidad indígena, en medio de la selva.
Había que esperar dos semanas hasta que pasara nuevamente el barco.

-¿Qué aprendiste de las comunidades originarias?
-Aprendí bastante, son gente súper fuerte desde lo mental y lo físico. Hay hombres de 70 años que tienen mucha fuerza física. La selva para ellos es la propia proveeduría, tienen una sabiduría ancestral que aún conservan, conocen las plantas y de ellas hacen medicinas.

-Finalmente, lograste ingresar a Ecuador…
– Sí, y en ese país decidí viajar en bicicleta. Por las noches dormía en la calle como un indigente.
Pero un día pasé la noche en una zapatería, el dueño creía que yo era un brujo y me pidió que le haga una sanación energética al local porque le estaba yendo mal.
Entonces, tuve que hacer un ritual, hice unas invocaciones medio raras y medias inventadas. Me salió el argentino de adentro —cuenta entre risas— . Después me invitó a que volviera a dormir allí y le dije que no, que prefería dormir en la calle, experimentar esa sensación.
A la noche me junté con unos indigentes a ver películas evangélicas en un videoclub donde daban vuelta el televisor para que desde la calle pudiéramos verlas.
Hasta ahí llevaba ahorrados setenta dólares que me alcanzaron para comprar una bicicleta. Después le puse dos cajones de madera, una parrilla y dos ollas. Así salí sin ningún tipo de entrenamiento hacia Colombia.
Nuevamente ingresé a la selva, pero esta vez visité la comunidad indígena de los Camsá. Allí conocí a Marita, mi actual novia y pareja de viaje. Días después nos encontramos en Bogotá y junto a un chileno continuamos viajando a la costa de Colombia.
Después de tres semanas de viajar juntos, el chileno se dirigió a Santa Marta y nosotros a Cartagena, Puerto Colombia, Barranquilla, la región del Caribe Colombiano.

-Para Marita, por el hecho de ser mujer, debe ser más difícil la travesía.
-Sí, más que nada por los hombres. Ella es de Longchamps, y hace tres años y medio que viaja. Hemos estado en los mismos países, pero a diferencia de mí, recorrió Uruguay en bicicleta. En sus travesías, Marita daba obras de títeres. Ahora queremos retomar esa idea agregando malabares, música y poesía para llegar a distintos públicos y dejarles un mensaje sobre el cuidado del medioambiente. Creo que si el mundo me permite viajar, yo algo le tengo que dar a cambio.

-¿Te gustaría ir más allá de Latinoamérica?
-Ahora saldremos de Puan en bicicleta y vamos a ir por Córdoba, Santiago del Estero, Chaco, Formosa, hasta llegar a Asunción, Paraguay. Una de nuestras ideas, es visitar otra vez las Cataratas del Iguazú y luego ingresar a Brasil, después ir a Sudáfrica. Otra posibilidad, es ir por Centroamérica hacia el norte y cruzar a Rusia. Nos gustaría también visitar la India porque es barato y los argentinos tenemos seis meses de visa.

-¿Ves a futuro la posibilidad de afincarte en un lugar?
-Hay muchos lugares donde volvería y diría acá me quedo, pero si sigo recorriendo el mundo la lista se va a alargar. No me quiero quedar con lo poco que conocí aunque a algunos les pueda parecer mucho. Sí sé que no podría vivir en una ciudad, en un departamento.
Viví en muchos lugares en comunidades, un tiempo está bien, pero cuando ya la convivencia tiene algún roce o hay personas a las que no podés cambiar, prefiero estar solo tirado al lado de un río o debajo de un árbol.

-Si tuvieras que presentarte ante otra persona, ¿qué les dirías de vos?
-Que soy un ser humano intentando ser más humano. Hay mucha gente que nos dice hippies, viajeros, algunos son despectivos y otros no. Hippie pareciera que uno es sucio, prefiero que me digan caminante. Soy un caminante, un vagamundo, un nómade.
Soy un viajero que busca la conexión con el todo. Busco algo que vaya más allá de lo superficial, es algo muy difícil de explicar con palabras, uno solamente lo sabe cuando lo experimenta. Y cuando lo sentís uno ya no lo quiere dejar escapar de su vida, cuando lo sentís, abrís lo ojos y ves que estás vivo.

-¿Cómo te imaginás a los 70?
-El futuro es bastante difícil de visualizar, creo que tres años atrás nunca me hubiera imaginado verme así como estoy hoy en día. Una visión a 30 o 40 años en el futuro es difícil, pero me gustaría estar viviendo tranquilo, habiendo cosechado muchas experiencias en el camino, viviendo de lo que ame en ese momento junto a los que ame en ese momento, con una familia, pero en un lugar ecosustentable. Me gustaría construir una casa de barro, con cañas de bambú, como en las que he estado en varios lugares, tener un espacio abierto. Creo que podría vivir con María, con mis hijos, pero también me gustaría que llegue gente, que lleguen viajeros y que compartamos unos días. Será como devolverle el gesto a toda la gente que me ha alojado en su casa.

-¿Qué es la felicidad para vos?
-Es la plenitud. La felicidad se encuentra cuando se deja de buscar, es como el amor.
La felicidad, el amor, la libertad y la igualdad son parte de un mismo valor y de una misma perfección. Nosotros como individuos tenemos que luchar para llegar a eso, entendiendo que somos una pequeña porción del todo, somos como hormigas. Pero si 100 hormigas se ponen de acuerdo, se logran cosas interesantes. Creo que además de un viajero, de un nómade, soy un soñador despierto. Es como si viviera despierto mis sueños, siempre soñé con la vida que llevo hoy en día y me siento feliz por eso.
La felicidad es un momento de éxtasis. No hay una escuela que te enseñe eso. Todos somos maestros y aprendices. Uno puede saber sobre muchas cosas, pero ser ignorante en otras. A veces me pasa que los adultos vienen con una actitud prepotente y eso no me gusta porque creo que podemos aprender de hasta un niño de cinco años. Hay cosas tan sencillas y tan básicas en la vida que nosotros en sí las hemos perdido.

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Mauricio junto a su hermano en las ruinas de Machu Picchu (Perú)

-¿Te sentís comprendido por el mundo adulto que te rodea?
-Al principio dijeron este es un loco que tiene ideales y que va a fracasar. Pero con el tiempo, con los años, la gente me ha empezado a respetar y a entender mi mensaje, esto de tomarse las cosas con calma. Hasta a la muerte la gente la toma de manera desesperada, creyendo que es el fin pero en realidad la muerte es el principio.

-¿Creés en Dios?
– Claro que sí. Creo que Dios no habita dentro de un templo, habita dentro nuestro y cuando llegamos a ese entendimiento, es cuando realmente estamos conectados con Él.
Todos somos parte de esa unidad y esto es algo que he compartido con mucha gente. Es loco por ejemplo hablar con un italiano y que te diga: ¿Nos podemos dar un abrazo?, cuando recién acababa de conocerlo. Esto también me pasó con un indigente en Venezuela que, al vernos a Marita y a mí, nos dijo que éramos de otro planeta. Seguramente soy del mismo planeta que naciste vos, le dije. Luego me preguntó si podía sentarse con nosotros y le respondí que sí. En esos momentos tan simples con un desconocido, se pueden generar vínculos eternos. Él se llama Miguel, hace tres años que vive en la calle, y proviene de una familia de mucho dinero, pero eligió ese modo de vida y es feliz.
En estos años, conocí mucha gente y traté con dueños de cadenas de hoteles y con abogados, entre otros, que me invitaron a comer en sus casas, y he funcionado de psicólogo para ellos. Pero veo algo que no me cierra en esas personas. En cambio, en Miguel vi la sencillez, la naturalidad misma de un niño, eso de ir para adelante sin hacerle mal a nadie.

-Mencionaste que en ocasiones tuviste que ser de psicólogo, ¿a qué le tiene miedo la gente?
-El miedo surge desde pequeño, cuando las primeras instituciones te imponen cosas. Creo que la escuela, la familia y la religión nos imponen muchos miedos, muchas prohibiciones.
Freud decía que teníamos una raíz del miedo a la frustración desde muy pequeños. Cuando uno se acerca a la seguridad pierde libertad y cuando se acerca a la libertad empieza a vivir en la incertidumbre.
La gente vive apegada a lo estable, a lo seguro y a lo cómodo. Esto genera una especie de confortación, de bienestar, pero a la larga creo que no funciona. Nosotros fuimos niños y mañana seremos ancianos, entonces la vida es cambio, mutación. Hasta que no entendamos esto, vamos a vivir asustados. Deja el trabajo que no te gusta, a la mujer que ya no amas, deja esa casa que ya no te hace feliz, cambia de pueblo. El cambio es inherente a la vida, es como una oruga que está por morirse pero se convierte en una mariposa. Es un nuevo comienzo. La muerte es un nuevo comienzo.

-Seguramente has hablado de este tema en las comunidades indígenas.
-Sí, y coincidíamos en eso de perderle miedo a la muerte y tomarlo como algo natural. Ellos, cuando muere alguien, hacen festejos porque creen que la única forma de que surja vida, es que muera la que ya existe.
Entre ese paréntesis que nos queda entre la vida y la muerte, tenemos que disfrutar los instantes.
Hay personas que piensan que ese estado natural se perdió, pero hay miles de indígenas que viven en la selva, miles de harekrishnas y de ermitaños viviendo en los montes.
En esos lugares hay olor a verdad. Me gusta encontrarme en el camino con ellos que son mis hermanos. No son hermanos de sangre, son hermanos de la esencia más pura.
He hablado con gente buena y mala, pero hemos encontrado puntos en común y hemos aprendido los unos de los otros. Y le he perdido miedo al otro.
Hace unos años, cuando vivía en Bahía Blanca, me robaron apuntándome con un cuchillo. Entonces me dije: si me roban en el barrio en donde vivo, entonces no estoy seguro en ningún sitio. Ahora que he viajado, me di cuenta de que no es así. Si yo aquella vez no hubiera estado temeroso, ese ladrón no se me hubiera acercado. Es como cuando estás con un perro que te quiere atacar, si le tenés miedo es peor. En este tiempo, hablé con todo tipo de gente, incluso con ladrones, y lo logré estando tranquilo.

-¿Qué opinás de este tiempo en vivimos, donde la gente vive estresada por el trabajo y las exigencias?
-Le preguntaría dónde están yendo, la gente piensa que ser rico es tener dinero, pero a la vez sos pobre en tiempo. Ese apuro hace que jamás una persona llegue a escucharse a sí misma y aplace todo para mañana. Se hace una pelota y después con los años aparecen las enfermedades. Lo mismo sucede cuando los padres están muy ocupados en sus trabajos y no atienden suficiente a sus hijos, cuando ellos lo que más necesitan es afecto.

-Estás haciendo una revista, ¿de qué trata?
-Es artesanal, y es una forma de transmitir todo esto que hablamos de manera escrita. Me lleva muchísimas horas y la vendo a un precio económico.
Por ahí alguien se preguntará qué está haciendo este chico, pero también hay gente que lo valora. El otro día en Bahía Blanca me invitaron a leer poesías en un centro cultural y hubo gente que se acercó a preguntarme cosas. No tenían ni idea de quién era yo, pero les gustó la poesía en sí y las cosas que hablamos.

-¿Qué autores te gusta leer?
-Me gusta leer a Hermann Hesse, es un poeta alemán que habla mucho de los caminantes, de la soledad, del miedo, de la seguridad, y creo que son los pilares fundamentales que uno debe resolver para ser libre. También leí mucha poesía latinoamericana.
No tengo biblioteca, cada vez que me dan un libro lo leo y lo regalo. Además, me gusta leer sobre sociología, historia y psicología.
Un día, en Venezuela, me encontré con un grupo de mujeres Testigos de Jehová y me regalaron una Biblia. Después nos juntábamos en una café y yo les debatía sobre esos temas, pero ellas estaban muy encasilladas en sus conceptos religiosos.
Creo que cuando la religión genera conflicto es mala, pero si genera pares es buena.

-¿Cuándo surgió tu vocación por el arte?
-Ya antes me gustaba pintar. A los 14 años comencé a escribir y tuve problemas en la escuela porque era muy controversial. Me acuerdo que les hice un relato en primera persona de un joven que se drogaba y se espantaron. Nunca me drogué, pero se me ocurrió hablarlo en primera persona en vez de hacerlo en tercera. Mis padres tuvieron que ir a la escuela, y en el colegio me sugirieron que vaya a otro establecimiento educativo. Después ingresé a la Escuela Técnica.
Cuando veníamos en avión de Venezuela a Buenos Aires tuvimos que dejar las bicicletas, entonces, cuando llegué a Puan armé unas nueva y le coloqué un porta equipaje, tuve que cortar fierros y soldar. Así que me sirvió lo aprendido en la Escuela Técnica.

-Los lugares más pequeños son más conservadores, ¿cómo es en otros países?
-Eso pasa en todos los pueblos y en otros países también. Argentina es más liberal comparada con otros lugares, porque tenemos la Ley de matrimonio Igualitario. Cuando contás esto en Colombia, te dicen que estamos locos. Para ellos es algo impensable.
En Ecuador, en la TV se emiten novelas durante toda la tarde y noche. La gente no consume otra cosa, además está muy abocada a la religión. Entonces, en pueblos como Puan, nunca vieron un joven con pelo largo, con barba o con tatuajes y piercing. A mí me miraban como si fuera un fantasma. Cuando me veían agarraban a sus niños y me sentía feo, entonces me acercaba y les decía que era un ser humano y que Jesucristo también usaba pelo largo y barba.
Ahí te das cuenta de lo que sirve la multiculturalidad siempre que sea buena. Hay gente que piensa que por tener este aspecto uno se droga o toma alcohol, y después se dan cuenta que no es así. Se quedan sorprendidos de que no hago nada de eso y que tampoco salgo a bailar los sábados a los boliches. Quizás sea una excepción a la regla, pero al final me tildan de feo pero sus hijos de 20 años se emborrachan todos los fines de semana y lo ven como algo natural.
Una chica en Venezuela jamás va a salir a un boliche a emborracharse, porque a las 2 de la mañana ya está en su casa. Sí salen a comer con amigas.

-¿Qué opinás del debate de legalizar o no el consumo de drogas?
-El mayor consumo de drogas se da en la adolescencia porque es el tiempo en que los chicos viven con sus padres que los mantienen. Es una época donde buscan salir del aburrimiento, a lo prohibido. Buscan drogas como la cocaína que los hace sentir eufóricos.
Este problema se eliminaría si dejamos de transmitirles frustraciones a nuestros hijos. De esta manera, ellos no van a ir por ese lado.
Conocí muchos chicos viajeros que durante su niñez y adolescencia vivieron en diferentes países, y te quiebran la cabeza porque te enseñan que hay sistemas e instituciones que están obsoletos. No funciona la escuela, la cárcel ni el sistema laboral. En EEUU las familias tienen tres autos y una casa de dos pisos, pero es el país con la tasa más alta de suicidios de jóvenes. En todos lados se ven las grietas del sistema.

-¿Cómo ves la realidad de Latinoamérica?
-Sigue estando el regionalismo más allá del intercambio comercial que pueda haber. Faltan vías de comunicación entre los países para poder conocerse y conectarse.
Por ejemplo, ¿quién conoce una canción de Ecuador? Vivimos consumiendo otras culturas como la de Estados Unidos. También veo cómo desde los medios de comunicación se alimentan las diferencias entre países.

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María y Mauricio, una historia de amor y travesías

-Mauricio, estuviste en Venezuela, ¿Cómo está la situación social?
-Está en un momento difícil, el modelo que instauró Chávez hace 15 años está teniendo algunas fallas desde que asumió Nicolás Maduro. Hay una polarización social muy fuerte con respecto a lo político. En Argentina con el kirchnerismo esto se ve mucho, pero en Venezuela es más grave.
Chávez, con la renta petrolera, realizó cambios sociales y esto hay que aceptarlo. Ha hecho cosas en infraestructura, educación y empresas. En Ecuador, Correa innovó mucho en educación y en turismo, se está absorbiendo mucho a los turistas europeos. Tienen una economía dolarizada desde hace más de una década. Ecuador posee costa, selva y montañas, y tiene todo cerca. Los parques no se tocan y no está permitido poner cemento en los sitios naturales, solamente se permiten construcciones ecosustentables.
Hay europeos por todos lados y en los pueblos hay turistas que incluso se quedan a vivir y por ejemplo, dan clases de música. En Ecuador, también está muy valorado el arte.
Pero a Venezuela la vi mal. Hay violencia y piquetes a los que ellos llaman “las guarimbas”.
También hemos visto protestas violentas en Colombia. Hay muchos paros estudiantiles por falta de cupos en escuelas públicas. En Barranquilla, con María, estábamos vendiendo artesanías en una ciudad universitaria y nos tiraron balas de goma y gases lacrimógenos. Es feo quedar en medio de la violencia.
En Colombia vimos una protesta muy violenta de campesinos, porque las grandes empresas quieren que la gente venda la producción solamente a ellos. Eran alrededor de 7000, estaban encapuchados, con piedras, y arrojaban bombas molotov. La policía estaba diseminada en los campos y había camiones hidrantes arrojando agua. Era un caos.
Nosotros teníamos que pasar por ahí, pero la ruta estaba cortada y no nos permitían avanzar. Finalmente, hablamos con ellos y les dijimos que no teníamos nada que ver con el conflicto. Nos dejaron pasar con la condición de que no sacáramos fotos ni dijéramos nada.
En los medios de comunicación estos temas no se dan a conocer o se tapan con otras noticias.

-¿Cómo te comunicas con tu familia?
-Más que nada hablamos por internet. No me gusta hablar por teléfono, es más, no tengo celular. Les envío fotos por Facebook de mis experiencias de viaje y para que sepan que estoy bien.

En Buritaca (Colombia)

En Buritaca (Colombia)

***Nota publicada en la Revista Nº30 de TLVP, 10 de noviembre de 2014

Un viajero puanense vuelve para contar su historia

Este lunes 14 de diciembre, en el Espacio Cultural El Mercado, a partir de las 20 horas, acercate a compartir anécdotas, crónicas de viajes y gentes, atravesando con tu imaginación selvas, mares y cordilleras.
Mauricio viaja desde hace cuatro años con un solo equipaje: una mochila cargada de sentimientos y una filosofía de vida que escapa a lo tradicionalmente establecido, sabiendo que siempre es posible subir un escalón más en la aventura de conocer el mundo y conocerse a sí mismo, entendiendo que la felicidad no está en el tener sino en el ser y el compartir con otras personas.