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Arquitecta Susana Torre: “Tengo un gran afecto por Puan y me gustaría dejar algo de mí”

Es una de las profesionales del diseño con más prestigio internacional, pero adquiere más relevancia cuando se habla de ella como la responsable de impulsar un movimiento para mejorar la situación de la mujer en la arquitectura.
Una beca de la universidad de Buenos Aires en 1967 le abrió las puertas de Nueva York, para luego lograr que su nombre y obras se difundiesen por todo Estados Unidos.
La puanense nacida el 2 de noviembre de 1944, integra la elite de profesionales argentinos mejor formados intelectualmente por la universidad de la década de 1960, época de oro para la innovación en muchos aspectos, ya sea sociales, políticos o artísticos.

P1180008Torre rompió con las estructuras estéticas establecidas, revolucionando Nueva York, ciudad en la que pasó 40 años de su vida (1968-2008)
Es autora de diseños emblemáticos como el de la Casa de Bomberos de Columbus (Estado de Indiana), primer edificio que incluiría la integración de mujeres al cuerpo activo.
Torre revolucionó la arquitectura rompiendo estereotipos creados entorno al género femenino, concibiendo proyectos interpretados desde las particulares necesidades y comportamientos de la mujer y relegando tipologías pre concebidas, permitiendo así vivir los espacios, tanto a hombres, mujeres, niños, jóvenes o ancianos, como agentes sociales capaces de generar diversos aportes culturales a la sociedad.
Desde 2008 está radicada junto a su marido, el escritor Geoffrey Fox, en Carboneras, un bucólico pueblo de ensueño español de 8 mil habitantes a orillas del Mediterráneo.
Susana quien fue docente en varias universidades de EEUU y dio unas 150 conferencias en ciudades de los cinco continentes, regresó a Puan luego de tres décadas. Recibió amablemente a la prensa en el Restaurante Arcaico, donde habló de todo. Algunos de los temas abordados: su infancia en nuestra localidad, la formación académica, la llegada a EEUU, el prestigio que la llevó a compartir una cena en la Casa Blanca con el expresidente Jimmy Carter y la Emperatriz de Irán Farah Diba, y una anécdota de hace 25 años en la que dejó sin palabras a un soberbio e incipiente millonario, que hoy es nada más y nada menos que Donald Trump.

-Susana… ¿Cómo se dio su llegada a EEUU?

-En 1967 fui seleccionada para representar a Argentina en la Conferencia Internacional de Diseño en Aspen, Colorado, realizada con el fin de reunir diseñadores y líderes para aprovechar talentos y conocimientos. Para asistir, recibí una beca de la Fundación Edgar Kaufmann Jr, la cual incluía un viaje de estudios por Estados Unidos en el que pude visitar las obras que personalmente me interesaban.
Regresé a Argentina aún como estudiante y diseñé un edificio de apartamentos de seis niveles y una pequeña casa para compartir con mi primer marido, el pintor argentino Alejandro Puente (1933-2013).
Luego de mi formación, recibo el título de Arquitecta de la Universidad de Buenos Aires en 1968. En esa época me separé de mi primer esposo, y él, para poner distancia, eligió quedarse en Argentina.
A mediados de 1970, hice un posgrado de Planificación Urbanística en la Universidad de Columbia, Nueva York, precisamente en Aplicación de Computadoras al Diseño Urbano, una novedad que en Argentina no conocíamos. Luego llegaron más oportunidades de becas para quedarme. Por eso, no digo “me fui a Estados Unidos”, sino “me fui quedando en Estados Unidos”.

-Desde su radicación en el exterior no pasaron muchos años hasta el comienzo de la dictadura militar en Argentina…

-Para comienzos de 1970, en la Universidad de La Plata, donde cursé la mayor parte de mis estudios, estaba desapareciendo gente, es el caso de dos amigos del alma Silvia Roncoroni y Miguel País. Cuando me escribían cartas, mis conocidos me decían “no vuelvas”. Entonces, vi que estaba bien en Nueva York, tenía becas, posibilidades de trabajo, amigos. Y me quedé.

-¿Cree que si usted se hubiese quedado en Argentina, podría haber sido una de los tantas desaparecidas?

-A muchos de mis amigos los corrieron y ya no están, dos de ellos, muy recordados, fueron los primeros en caer, Silvia y Miguel. Un anfiteatro de La Plata incluye sus nombres.
Escribí muchos años después, un ensayo, publicado en diversas antologías, haciendo un análisis, sobre la apropiación espacial que hicieron las Madres de Plaza de Mayo. No fue un análisis político, sino para reflexionar sobre cómo usaban el espacio para comunicar lo que ocurría.
Tuve una participación activa en la política universitaria en Argentina, pero en esa época hablaban los varones y las mujeres cebaban mate, excepto yo. Ser militante mujer era luchar contra viento y marea

-Por su condición de Latina… ¿Le costó adaptarse a la sociedad estadounidense o se sintió rápidamente integrada?

-En esos tiempos, década de 1960, el concepto “Latina” no existía. Nueva York es una ciudad donde vive gente de todas partes del mundo, entonces no es tan raro. Los inmigrantes van hacia barrios como Queens, o New Jersey. Y vienen a trabajar en lo que pueden, un restaurante, un centro comercial o una fábrica.

Yo, en cambio, llegué y me quedé en el mundo del arte. Mientras muchos inmigrantes argentinos pueden refugiarse al principio en su propia identidad, buscando cómo conseguir la yerba para el mate, el asado o el dulce de leche; mi ámbito de referencia era el internacional y no extrañé ningún hábito ni costumbre de Argentina.
Rápidamente me di cuenta que iba a tener oportunidades que mi país no me iba a dar. Porque en Argentina, de por sí había pocas chances en la profesión, y aún menos para las mujeres

-¿Cuáles fueron sus primeras actividades en la Gran Manzana?

-Comencé dando clases, participaba del primer movimiento feminista, sobre todo de artistas, porque la mayoría de mis amigos lo eran. Mi primera amiga fue Lucy Lippard, una crítica de arte internacionalmente conocida.
La arquitectura, tal como venía concibiéndose, no daba para más, porque había toda una avanzada de profesionales que cambiarían el rumbo del diseño. Un libro muy importante que marcó a mi generación fue “Complejidad y Contradicción en la Arquitectura”, de Robert Venturi.

Ese libro hablaba de ideas, de producción, estaba alejado del discurso tradicional.
En todos esos años di clases en Columbia y otras universidades, escribía y publicaba mis trabajos, daba conferencias.

Trabajé en estudios de arquitectura pequeños y también en los más importantes, llegando a ser una de las socias de una empresa que tenía a cargo 200 personas. Llegó un momento, con la crisis, que mis socios no querían demorarse en diseñar demasiado las cosas, porque esa tardanza implicaba pérdida de dinero y los beneficios caían.
Ahí fue cuando decidí volver a mi estudio, para trabajar a menor escala. Elegí cuidar mi reputación como diseñadora.

-¿Cómo fue la experiencia de diseñar la Casa de Bomberos de Columbus?

-En esa ciudad, los diseños de los futuros edificios públicos, son seleccionados por un grupo de arquitectos prestigiosos. Si finalmente tu trabajo es el elegido, vos como arquitecto pasás a formar parte de ese grupo de notables, y serás el próximo jurado de otro concurso.

Recuerdo que competía con profesionales como Robert Stern, mayores y más prestigiosos que yo. Cuando me entrevistaron expuse mi idea para retener a las mujeres en el cuartel y aceptaron el proyecto.
Hasta aquel momento, los cuarteles de bomberos tenían duchas, vestuarios y dormitorios compartidos. Y es muy violento para una mujer pasar por esa circunstancia. La casa que diseñé tiene dormitorios individuales. Cada uno de los bomberos tiene su propia cama rebatible en su dormitorio, uno de los cuales daba acceso a un baño privado. Los hombres estaban felices de la vida porque no tenían que aguantar al que roncara.

No solo eso, sino que la idea era hacer sentir confianza a los bomberos varones de que las mujeres estaban en condiciones de salvar vidas. Entonces, la parte donde todos hacían ejercicios quedó más expuesta a la mirada de todos los bomberos.
Finalmente, lograron contratar mujeres y desde ese momento se remodelaron las casas de bomberos de todo el país.Hay que destacar que en EEUU el de bombero es un oficio muy bien pago.

-Si debería elegir entre sus innumerables obras… ¿Cuál es la que mejor la representa?

-Las quiero a todas, porque son expresiones de alguna idea que quise representar, más allá que existan algunas más conocidas. Mi posición, el hecho de estar bien paga, me permitió decir “no” a alguna obra que no fuese trascendente para mí.
Hay una anécdota con el famoso comediante David Brenner. Él me viene a ver para que le remodele un edificio de tres pisos que había comprado en New York. Me lo encuentro con lo que allá llaman “novia trofeo”, que por supuesto no emitió palabra. Cuando terminé de explicarle mi propuesta, me dijo: “qué pena, no va a funcionar”. “¿Qué es lo que no va a funcionar?”, pregunté… Y allí Brenner terminó diciendo “usted es una “artista y nosotros somos “consumidores”.

Susana-Torre-arquitecta-Puan

Durante la rueda de prensa, en el restaurante Arcaico, Susana Torre estuvo acompañada por el Dr. Carlos Díaz, el arquitecto Roberto Rueda y por el periodista de La Nación, Daniel Arcucci

-¿Se imaginó alguna vez que ese personaje que conoció hace 25 años llegaría a ser hoy el Presidente de los EEUU?

-Yo estaba haciendo la remodelación de un edificio muy importante en el Campus de la Universidad de Columbia, contratada por el Departamento de Arte. Hubo que recolectar dinero, y la persona encargada de obtener aportes y donaciones en la Universidad, organizó una presentación en la residencia del empresario Samuel Irving Newhouse Jr., dueño de un imperio de publicaciones, como las revistas Vogue y Vanity Fair. Victoria, la esposa de Newhouse tenía un doctorado en historia del arte. La mansión albergaba un teatro con capacidad para 40 personas en el sótano y ahí se hizo la reunión, ante un grupo, en su mayoría señoras muy ricas. Entre los pocos hombres, estaba un joven Donald Trump, sentado en primera fila. Por esos años, Trump estaba pisando fuerte como promotor en Nueva York, y pensé erróneamente que este señor iba a sacar la chequera para hacerme un cheque por los millones que fueran. Pero no fue así.

Cuando expuse mi idea, hice hincapié en la necesidad de conservar algunas líneas arquitectónicas del edificio original, para que sean asimiladas por la nueva estructura, Trump me hizo una pregunta banal sobre el sistema de aire acondicionado. Yo no lo podía creer.
El día anterior, había tenido una reunión con los ingenieros y lo tenía súper fresco en mi mente, y le di casi una conferencia sobre el sistema que estábamos usando, cómo ahorrábamos energía, que podíamos recuperar unas claraboyas, hasta entonces tapadas por unas maquinarias antiguas presentes en el lugar.
Trump no me preguntó más. Su inquietud venía con trampa, eligió consultar sobre algo técnico, específico, nada relacionado al diseño. Pensó que no iba a poder contestar. Quiso ponerme en ridículo. “Tuvo toda la mala leche”, como dicen los españoles.

Un rato antes, mientras yo hablaba, había una señora mayor sentada al fondo que me miraba con ojitos pícaros y mostraba una sonrisita. Después, me enteré que era Miriam Wallach, la heredera de la fortuna más grande de papel prensa de los Estados Unidos. Finalmente, Ella y su marido, nos hicieron el cheque por los millones que necesitábamos.

-¿Podría recordarnos la anécdota de cuando estuvo almorzando en la Casa Blanca con Jimmy Carter?

-En 1978, en sobre cerrado, recibí la invitación para asistir a un almuerzo en honor de la Emperatriz Farah Diba. En aquellos años, el Sah de Irán Mohammad Reza Pahlaví, estaba reprimiendo de una manera terrible a sus opositores, a pesar que Carter trataba de frenarlo.
Esa situación hizo que me cuestionara el hecho de ir o no, pero Farah Diba no tenía nada que ver, ella le había dado un hijo al Sah, y después se dedicó a apoyar a las mujeres, sobre todo a las artesanas y a abrir museos, y esas son cosas muy buenas.

Fue un almuerzo entre pocas personas, dieciséis, estrictamente con agua, porque los Carter eran de religión Bautista y no bebían alcohol, Mientras tanto, me preguntaba ¿Por qué me invitaron a mí? La respuesta era muy simple.
Farah Diba había estudiado arquitectura en Francia y tuvo que dejar los estudios para casarse con el Sah. Dos años antes de aquel almuerzo, ella había sido la anfitriona en Teherán, la Capital de Irán,de una reunión con un grupo de arquitectas europeas. Y como yo había sido la curadora de una exposición muy difundida en Norteamérica y Europa (inclusive tradujeron parte del libro), sobre el trabajo de las mujeres arquitectas en EEUU. Alguien en la Casa Blanca me localizó y esa fue la razón de la invitación.

-Después de tantos años de compromiso y lucha por los derechos de la mujer en la sociedad. ¿Cree que se ha logrado mucho, todo sigue igual o las cosas están peor?

-Han cambiado muchísimas cosas y otras no han cambiado, o cambiaron muy muy poco. Los cambios suceden de manera heterogénea, escalonada.

Cuando visité la India veía a la abuela vestida con el burka, toda tapada, apenas se le veían los ojos. La hija llevaba puesto el salwarkameez, un traje unisex que consiste en pantalones holgados y una túnica. Y la nieta vestía vaqueros y remera.

Que una mujer sea la canciller de Alemania por tantos años es muy importante. Lo es también que una mujer haya aspirado a ser Presidente representando a uno de los partidos políticos de más jerarquía como lo es el Demócrata (por Hillary Clinton). Y es esa misma mujer quien ganó con el voto popular, por una diferencia aproximada a los 3 millones de votos.

-¿Qué le parece esta transición de EEUU de Obama hacia Trump?

-No sé qué va a pasar. Trump es la vergüenza pública número uno, el mismo que en TV decía que agarraba a las mujeres como quería, cuando se le daba la gana.
Ahí te das cuenta que todos los avances logrados, pueden empezar a retroceder muy rápido.

-¿Cómo fue construyendo su vínculo con Puan, luego de tantos años sin regresar?

-No soy nostálgica, soy de las que piensan que no todo tiempo pasado fue mejor, aunque acá pasé años muy felices, que fueron los de mi infancia. Tengo un gran afecto por Puan y me gustaría dejar algo de mí; seguramente ese algo va a tener que ver con la Biblioteca.

Los momentos felices que pasé de niña fueron parte en casa de mis tíos Delia y Eduardo, leyendo sus libros. Tenían unas colecciones fabulosas. Aprendí a leer y a escribir a los cuatro años con la señorita Bartolomé. Por eso, me emocioné mucho cuando la biblioteca me obsequió hoy un cuadro de ella.

Además, he diseñado bibliotecas, es un tipo de lugar que me apasiona. Y la de Puan, tiene una sala de lectura que lleva el nombre de mi padre (Alfonso Torre).
La casa de mis abuelos paternos está donde hoy se funciona el Instituto María Susana. Me fui de Puan siendo muy niña y regresé por primera vez hace unos 30 años, esta es mi segunda venida.

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“Los Susurradores” de la Biblioteca sumaron ternura a la recepción de la Arquitecta

-¿Qué pudo percibir de este Puan actual?

-Hay barrios nuevos. Veo cosas que se quedaron como estaban, algunas que cambiaron no necesariamente para bien, y hay otras nuevas como el Monasterio y el Millenium. La laguna está preciosa, todo eso era salvaje cuando yo era niña. En esos tiempos, no era un lugar de ocio, tenías que ir esquivando los yuyos. La costumbre por entonces era ir a pasar el día al cerro.

-¿Cómo es que después de tantos años en Nueva York, termina viviendo en la costa del Mediterráneo?

-En 1970 viajé a España a visitar a mi amiga Lucy Lippard, a Carboneras, un pueblito chiquito, de pescadores, perdido, alejado de la mano de Dios. No había calles asfaltadas, ni árboles.
Pero me enamoré del lugar, entonces compré un terrenito a orillas del mar, con ayuda de mi abuela paterna, una española que llegó a Argentina y nunca regresó a su país. Fue una cosa un poco loca, porque yo vivía en Nueva York.

Al cabo de dos años, el gobierno español dibujó la línea de costa que marca desde dónde y hasta dónde se puede construir. Así, por más de 30 años, mi terreno quedó del lado equivocado.
Después de los sucesos del 11 de Septiembre de 2001 en Nueva York, decidimos con mis amigos repensar qué íbamos a hacer de nuestras vidas. En diciembre de ese año, fuimos a Carboneras, para ver si podíamos recuperar un acceso y vender esa propiedad.

Cuando llegamos, suspiramos y dijimos “esto es demasiado lindo para venderlo”. Entonces, arrancó un proceso que demoró siete años, para recuperar lo perdido, conseguir los documentos, hasta que al final construimos una comunidad de siete viviendas, de una tipología híbrida que ya quería hacer en la década de 1970.

Con mi esposo Geoffrey nos planteamos qué hacer de nuestras vidas. En Nueva York, el negocio del diseño iba en baja, estábamos al filo de lo que sería la gran crisis mundial de 2008. Afortunadamente, logramos esquivarla, apenas por unos meses.
Además, teníamos pendiente conocer países como los del este de Europa, del África Subsahariana, de Medio Oriente, y era mucho más simple hacerlo desde España.

-¿Le costó habituarse a Carboneras?

-Para nada. Una de mis primeras conocidas fue la bibliotecaria, hoy es mi mejor amiga. Nos hicimos miembros del club de lectura y elegimos quedarnos, porque además estábamos a un paso de Madrid, por si queríamos ir a respirar un poco de aire contaminado… pero con cultura.
Allá todo está más cerca y es accesible.
Tenemos una invitación para Claudia (Ugarte) de la Biblioteca Popular de Puan, porque queremos que conozca a nuestra bibliotecaria de Carboneras.

Susana Torre en Puan

En la Biblioteca Bernardino Rivadavia. De izq. a der. Claudia Ugarte, Roberto Rueda; Geoffrey Fox, esposo de Susana; Héctor Gabeiras y Daniel Arcucci