Es hijo de una puanense, hizo de la medicina su profesión y se especializa en técnicas milenarias

Se trata del Doctor Matías Murano. Su mamá es Miriam López, desde hace años radicada en Bahía Blanca. En Puan está su hermano Daniel, docente jubilado. Daniel y Miriam son hijos del recordado “Coco” López, propietario de la Tienda “La Ideal”
Volviendo a Matías, recibido en la UNS, es justo decir que está lejos de quienes ven en la profesión no más que un negocio y una posibilidad de ascenso económico.
Con 29 años, y recibido en la UNS, tiene como prioridad el sacrificio para llevar bienestar a los que lo necesiten. Tal es así hizo sus primeras armas en la selva misionera y luego viajó a Cuba y a México para perfeccionarse en la aplicación de fórmulas derivadas de la medicina natural.
Dato al margen: Mauricio, el primo puanense de Matías, también es un amante de los viajes y, como caminante, continúa siempre empeñado en descubrir nuevos horizontes.

588f867182e95_largeLa Nueva Provincia de hoy publica como una de sus notas centrales “La historia de Matías, un médico bahiense en busca de las medicinas originarias”, los invitamos a compartir esta reportaje de la periodista Belén Uriarte.

Cada mañana Matías Murano se subía a una camioneta 4×4 y recorría la selva misionera. Junto a un agente sanitario —y a veces una enfermera—, atravesaba vastos caminos de tierra húmeda, cubierta de musgos, líquenes y helechos.
Cuando llegaba, la comunidad guaraní iba a su encuentro. No era para menos: era el médico que los atendía cada semana.
Matías es bahiense, tiene 29 años y estudió en la Universidad Nacional del Sur. Cuando se recibió, se fue a Misiones.
—A partir de la relación con los guaraníes empecé a comprender la importancia de lo espiritual en la salud y de la conexión con la naturaleza —explica.
Matías nunca soñó con ser doctor. Se enamoró de la Medicina cuando cursaba la carrera, después de probar con Ingeniería Civil y Farmacia y convencerse de que no eran para él.
—Empecé a hacer pácticas en Villa Nocito y me sentí como pez en el agua —cuenta.
Matías creció en el barrio Avellaneda, con calles de tierra y escasos servicios, y sintió como propia la historia de los vecinos que pedían por cloacas. Esa experiencia en Villa Nocito fue el clic y por primera vez se imaginó como médico.

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Curandera guaraní

En 2014 se recibió y decidió buscar un destino. Él no quería hacer una especialidad —como hacen la mayoría de los médicos— y estar 4 años en un hospital.
Por eso, se puso en contacto con profesionales del norte argentino y cuando le informaron que en Misiones faltaban médicos, no lo dudó.
El bahiense pasó dos años en esa provincia del noreste argentino: estuvo 6 meses en la ciudad de San Pedro, donde trabajó con zonas rurales; y un año y medio en Ruiz de Montoya, donde conoció a los guaraníes.
—¿Cuáles eran las enfermedades más comunes?
—Cuando atendía a los blancos, las cosas más comunes en adultos eran: hipertensión, diabetes y las enfermedades cardiovasculares. Los guaraníes, a diferencia, no tienen ningún problema cardiovascular por su alimentación y porque caminan mucho. Tienen otros: desnutrición, tuberculosis, enfermedades respiratorias en invierno y enfermedades de la piel en verano.

De sus dos años en Misiones, Matías destaca el segundo. Cuenta que a pesar de las diferencias en el idioma —el agente sanitario lo ayudaba con las traducciones—, los guaraníes le dejaron muchas enseñanzas.
—Descubrí que la vida tiene que ver con vivir en comunidad y en armonía con la naturaleza. Hace mucho tiempo vivíamos así y nos fuimos individualizando. Ahora es momento de volver a generar armonía, pero de manera consciente: antes se estaba así porque sí —reflexiona.
Sin televisión pero siempre informado a través de Internet, Matías conoció en Misiones una vida muy distinta. Y estaba a gusto: el contacto con lo natural, la alimentación sana, el escaso tráfico y las noches completamente estrelladas le daban felicidad.
Y aunque estaba lejos de su familia y sus amigos, nunca estaba solo. Vivía rodeado de gente de todos lados y con culturas muy diferentes. En Ruiz de Montaya conoció a una alemana, una brasileña, una mexicana, un estadounidense y otros argentinos que llegaban como pasantes.

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Charla de Educación Sexual para adolescentes guaraníes

En la selva misionera pasó un año y medio y pudo hacer su trabajo: la mayoría de los guaraníes aceptó la atención médica sin problemas gracias a la doctora Mariana Mampaey, que hace años vive en el lugar y se ganó la confianza de la comunidad. Y cuando alguien dijo “no”, Matías supo respetar la decisión.

—¿Qué pasa en casos de vida o muerte?
—Una vez propuse llevar a un bebé al hospital y la madre o el cacique dijeron que ‘no’… Puede pasar que ese bebé no supere esa enfermedad con sus tratamientos, pero tampoco nuestros tratamientos garantizan que se va a salvar. Es un tema muy sensible y no hay que caer en conclusiones simples: ni ellos se niegan y no le dan importancia a la vida de sus hijos, ni nosotros nos desentendemos y dejamos que el chico muera. Hay más cosas en el medio.

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A falta de balanza pediátrica, se pesa con un bebé guaraní y resta su peso

Su contacto con los pueblos originarios también le permitió conocer “la importancia de lo espiritual”.

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Temazcal de adobe (Oaxaca, México)

—Muchas enfermedades tienen que ver con el espíritu, con el alma, que cada religión puede interpretar de una forma diferente, pero son como las cosas que llevamos dentro y que están más allá de las emociones. Pienso que lo emocional es lo más determinante en las enfermedades de las personas… y lo espiritual muchas veces afecta a las emociones y las emociones a lo físico —explica.
Después de su experiencia misionera, Matías hizo dos cursos en Cuba —uno de medicina tradicional china y otro de fitoterapia y apiterapia clínica— y, con los ahorros que tenía, se fue a México. Ahí aprendió más sobre el temazcal.
¿Sobre qué? El temazcal es una terapia que se realiza en una antigua construcción del Imperio Azteca, que tiene forma similar al iglú, en cuyo interior se calientan piedras y la gente que asiste empieza a transpirar y a tener cada vez más calor.
—Uno entra con un propósito, con algo que viene a buscar o a sanar. Dentro del temazcal empieza a sentir mucho calor e incomodidad y se vienen todos los miedos. Pero uno tiene que concentrarse en el propósito y en las canciones que hay que repetir, y los miedos se van, uno empieza a superar sus límites y encuentra una sanación que creo que es del orden espiritual —explica.

Matías nació en una familia católica, tomó la Comunión y en su adolescencia se alejó de la Iglesia. Sin embargo, nunca dejó de sentirse un ser espiritual: él cree que hay algo más allá, pero no tiene religión.

—Hablando de prácticas alternativas, ¿estás de acuerdo con la legalización de la marihuana para uso medicinal?
—Me parece que se tendría que haber hecho hace mucho tiempo y por intereses económicos y políticos no se hizo. Es una planta increíble, que tiene muchísimas propiedades y tiene que tener muchas más, que se van a descubrir cuando sea legal y se pueda estudiar como tiene que ser, cuando haya inversiones para que se hagan estudios y se encuentren sus dosis y todo lo que esta planta tiene.
—¿Estás a favor de su uso medicinal o del consumo en general?
—Estoy a favor de que todas las plantas se utilicen de una forma responsable y consciente. Cuando esas plantas proporcionan una sanación o una terapia, adelante. Vi buenos resultados.

***

Matías cuenta que a veces extraña a su familia y a sus amigos, pero hay dos cosas que le dan fuerzas: una es la gente que conoce en los viajes y rápidamente siente como sus hermanos y la otra son los sueños.
Cuando duerme, muchas veces sueña con sus familiares y amigos y siente que de esa manera ellos también están presentes.

Además está el WhatsApp: “Hay cosas que a uno lo tiran de la infancia o la adolescencia y a uno le gustaría tener a determinada persona para contárselo, pero le mando un audio para contarle que me acuerdo de ella o me pasó tal o cual cosa. Con eso limo un poco el sentimiento de extrañar”.

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Acceso a una comunidad guaraní por el río, en Misiones

Ahora tiene un propósito: regresar a la Argentina desde México por tierra. Su idea es hacer el recorrido por la parte andina y tomar contacto con los pueblos originarios de los países que visite para conocer sus realidades, sus tratamientos y trabajar como médico voluntario.

—Es todo a pulmón. Vivo poniéndome en contacto con gente, hablando y proponiendo —cuenta.
Lo económico no fue ni será una complicación. Hasta ahora se mantuvo con lo que ahorró en Misiones y con la ayuda de amigos, que le brindaron un lugar en México. Y en su regreso a la Argentina será voluntario, por lo que no tendrá que preocuparse por la comida ni por el alojamiento.

—¿Imaginás seguir con esta vida o pensás en parar?
—Me imagino trabajando en Argentina un tiempo, quizás en un hospital chico, en un pueblo. Pero también me imagino viajando. Si algún día tengo familia viajaré un poco menos o viajaré con ella.

Matías no pierde las ganas ni abandona sus sueños. Y tampoco quiere que los pierdan los futuros médicos, por eso les deja un mensaje de aliento.

—Es una profesión hermosa y noble, donde uno encuentra satisfacción del orden humano. No se queden con lo que aprendieron en la universidad o vieron en los hospitales, hay todo un mundo de experiencias y terapias alternativas que enriquecen todo lo que uno aprendió. Hay que seguir, el camino nunca se termina.