Panadería Rimaudo: Más de 90 años haciendo el pan de los puanenses

A continuación recordamos la nota que publicamos en la Revista Nº15 de TLVP, en agosto de 2013, sobre la historia del lugar.

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Con una tradición encaminada a cumplir casi un siglo, este emprendimiento familiar iniciado en 1924, lo convierte en uno de los pioneros de la localidad y la zona.
Entre harina y levadura, el apellido Rimaudo fue convirtiéndose en sinónimo de pan y hoy continúa conservando su toque de distinción, trabajando de manera artesanal, preservando el sabor único aportado por el horno a leña.

Sábado por la tarde, el movimiento en la panadería es más tranquilo, momento elegido para una charla distendida con Oscar.

Mientras caminamos hacia la cuadra, me cuenta que tiene 58 años y en la vida eligió continuar con el oficio de su papá Antonino y de su abuelo Rosario.

“Mi bisabuelo era apellido Bruschetti, vivía en Darregueira y se enteró de la venta de una panadería en Puan. Funcionaba aquí mismo”, contó Oscar Rimaudo, y aclaró que sus antepasados, allá en Sicilia (Italia), tenían tradición como fabricantes de pastas.

“No compraron el negocio enseguida, primero la alquilaron, era propiedad de Basanta, pero antes había tenido otros dueños. Este edificio debe tener más de cien años, porque mi familia, en aquel entonces, solamente hizo nuevo el sector de la esquina, donde hoy es el comercio.

En 1925 llegó mi abuelo Rosario Rimaudo a radicarse con su familia en Puan y así comenzó –tal como algunos todavía la conocen– la panadería “La Popular”, de Bruschetti y Rimaudo.

El comercio fue pasando de generación en generación y con los años, en la denominación quedó un solo apellido.

-Oscar… ¿Qué anécdotas le contaban de aquellos primeros años?

-En esas épocas no había el servicio de energía eléctrica como hoy lo conocemos, las máquinas funcionaban con un viejo motor Lister naftero que movía una serie de poleas.

Había más empleados porque, si bien se amasaba mecánicamente, el resto del proceso era completamente a mano. Se cortaban las piecitas, luego se embollaban, después se les daba la forma de felipe, flauta, pan francés, o de galleta de campo que se vendía muchísimo. Si mirás el horno, el interior es alto, le llamaban horno galletero.

Mi viejo, al que todos en el pueblo conocían por Antonio, aunque se llamaba Antonino, me sabía contar historias.

Cuando salía a hacer el reparto en la jardinera que ahora está conservada en el Paseo del Carro, iba por la zona de quintas. Usaba caballos mansos y no faltaba alguien que le hacía una broma y se los asustaba, más de una vez terminaba con todas las galletas desparramadas por las afueras del pueblo, o con la huida de algún caballo demasiado asustadizo.

-¿Cómo era el trabajo cuando empezaste?

-El pan se compraba en la panadería, no se llevaba a los negocios para la reventa como ahora. Cuando yo era chico, se empezaba a trabajar a las cinco de la mañana, se hacía la masa, y el que quería comer pan fresco, debía venir a la tarde, cuando abría el negocio. La gente hacía cola, las panaderías trabajaban muchísimo.

Alrededor de la década de 1970 se cambió el ritmo de producción, el pan fresco tenía que estar a la mañana. Porque había abierto en Erize la panadería de “Núñez y Pirola”, ofreciendo pan a primera hora. Comenzaban a amasar la tarde anterior, dejaban reposar toda la noche y cocinaban bien temprano al día siguiente.

Resulta ser que traían el pan para vender en Puan. A las 8 de la mañana te lo ofrecían fresco.

Hubo que buscarle la vuelta al asunto y la mayoría de las panaderías locales modificaron horarios.

Mi papá no quiso hacerlo, entonces arrancábamos a elaborar a la 1 de la mañana y para las 8 ya estaba para la venta. Hace 18 años, cuando quedé a cargo, hicimos como el resto de los colegas, amasando de tarde y cocinando al día siguiente.

-Tener el horno a leña tradicional, te debe dar un valor agregado

-Es una ventaja, porque para cocinar no hay como ese sistema, pero es más trabajo. Hoy hasta cuesta conseguir leña, antes venían los camiones completos de caldén y hoy es más complicado hacerse del recurso, por eso ahora estamos quemando eucalipto. Usamos hasta 120 kilos por día, y en dos horas logramos la temperatura ideal. Aunque, no sé hasta cuándo vamos a poder seguir haciendo pan así.

-¿Siempre existió la costumbre de elaborar facturas?

-Sí, la diferencia era que no se fabricaban como hoy, eran más sencillas, tipo masa de leche. Era una masa livianita, se formaban bollitos con un redondelito de crema arriba, sin chocolate, con un poquito de dulce de membrillo y una pizca de azúcar.

Aunque parezca increíble, hay gente mayor que todavía me las pide.

-¿A qué edad comenzaste a trabajar junto a tu papá?

-A los 14 años me desenvolvía a la par de él.

Yo nací en la casa de la panadería, eran años en los que no se atendían los partos en el hospital, la partera iba a domicilio y si no había complicaciones se daba todo natural. Por eso, aprendí a caminar acá adentro, entre la harina, y de chiquito jugaba con pedazos de masa.

-¿Siempre quisiste ser panadero? ¿Nunca te inclinaste hacia otra actividad?

-A pesar que tengo pasatiempos, otros gustos y cosas con las cuales distraerme, nunca intenté hacer otra cosa. Es como que uno lleva en la sangre esta profesión, intentando preservar la tradición.

-A tu rubro, como a todo el comercio en este país, le tocó atravesar etapas complicadas desde lo económico ¿Cuál fue la más difícil?

-Era muy chico y me contaban de esos años–yo no los viví–, cuando faltó trigo y se hacía el pan negro (N de la R: mezcla de trigo con mijo y centeno).

Sé, por mis abuelos y padres, de épocas con mucha pobreza, la gente compraba fiado. Antes era habitual el cliente que pagaba el pan por año, otros por mes y algunos cuando podían. Vuelta a vuelta, mis abuelos salían a ver a la gente para poder cobrarle. Actualmente, la mayoría viene con la plata.

-¿Qué opinás cuando escuchás hablar de la posible vuelta del pan negro, ante la falta de trigo?

-No creo que suceda, sería retroceder en el tiempo y eso no le hace bien a nadie. Ahora hay más recursos que en la década de 1950, existe tecnología suficiente como para evitar esos problemas.

-Ante el último aumento del pan… ¿tuviste quejas de la clientela?

-La gente lo entiende y lo asume, ahora el kilo de pan está a $ 16. Pero quince días antes del aumento ya venían preguntando, y algunos hasta aparecían con la plata para pagar el precio nuevo. La bolsa de harina llegó a valer más de $ 300

Antes, hace muchos años, me acuerdo que el pan subía 10 o 20 centavos y todo el mundo se quejaba.

-¿Pensás jubilarte algún día o continuar con el negocio?

-Para jubilarme todavía falta, aunque espero no estar acá adentro en la vejez.

Hoy cuento con todo el respaldo de mi familia para llevar adelante este trabajo que es sacrificado, porque tenés que estar siempre.

(Nota publicada en la Revista Nº15 de Todas las Voces Puan, Agosto de 2013)