Mariano, siempre en nuestra memoria

Mi madre solía contarme, cada vez que un ser querido se iba, lo que había sentido ella ante la temprana muerte de mi abuelo, su padre. “Lo único que querés es que el tiempo pase rápido, lo más rápido posible”.
Como si el tiempo pudiese cerrarle la puerta a la tristeza que se empecina en estar siempre presente.
Lo que ella, con sus palabras me intentaba explicar era la necesidad de elaborar duelos. Podríamos llamar así a ese tiempo (corto para algunos, extenso para otros) en que el dolor le cede terreno a la resignación, ante lo inevitable de la muerte, esa misma que a nuestra frágil naturaleza humana le es imposible manejar. La capacidad para sortear esos momentos de pérdida se denomina resiliencia. Pero no todos cuentan con esa fortaleza.
Y aquí aparece el tiempo nuevamente, y en su transcurrir nos enseña que la vida continúa. Aunque ya nada será igual sin la persona que partió, el tiempo cura, nos hace saber que los días y los meses transcurren, y nos plantea la idea del futuro. Y si hay futuro, hay proyectos, y si hay proyectos, hay motivos para despertar y continuar luchando por los sueños.
La vida es como una feria donde se gana y se pierde.
Hoy se fue un compañero de trabajo, un amigo de la vida. Mi relación con Mariano tuvo dos etapas. La primera en la radio, en la querida FM del Lago, donde nos dieron la oportunidad de practicar una modalidad de periodismo de la que aprendimos muchísimo. Un lugar cálido, donde Ester, el Piru y Mariano te hacían sentir uno más de la casa.
Después, nos unió el trabajo en la Escuela Técnica, y las largas tardes compartidas.
Una persona cálida, comprensiva, se entendía a la perfección y manejaba los mismos códigos de sus alumnos, a los que seguía viendo también en el Club Independiente en cada práctica de Rugby. Poco apegado a las formalidades, siempre fue una persona sencilla que no dudaba un segundo si tenía que darte una mano.
Siento, como todos, que éste no era el momento, ahora no.
Lamentablemente, es imposible revelarse y por más que nos obstinemos en negar y culpar al indolente destino, el tiempo no se para. La vida sigue haciendo girar su rueda y con ella a nosotros.
Quiero pedirte disculpas por no haber estado en tu despedida. La tristeza es tanta y tan honda, que prefiero recordarte como el último día que te vi, luego de terminar una jornada más de trabajo.
El dolor es inmenso, nada ni nadie pudo evitar tu partida. Solo nos queda una cosa, saber que la gente como vos nunca muere, porque no pasa desapercibida por la vida, dejando tu huella en el alma de todos los que te conocieron. Además, la bondad que te caracterizaba perdurará en la memoria de quienes te quisimos.
Te vamos a extrañar…
Desde Todas las Voces, hacemos llegar nuestras más sinceras condolencias a toda su familia.