PARA REFLEXIONAR


Esta es la contratapa del diario Crítica de la Argentina del 30 de mayo. Me pareció excelente y quiero compartirla con ustedes. A veces las experiencias externas nos sirven para mirar hacia el interior de nosotros mismos.

Maneras de la paz

(Por Martín Caparros) El error, como siempre, fue mío. Llegué a Maputo, capital de Mozambique, después de muchas horas de viaje leyendo un viejo artículo del New Yorker, 1989, sobre la guerra civil mozambicana. Eran 70 u 80 páginas con todos los detalles de un conflicto que había empezado en 1977 –cuando el país llevaba dos años de independencia– con la agresión de un grupo armado pagado por Sudáfrica y Estados Unidos, Resistencia Nacional Mozambicana –Renamo–, contra el gobierno marxista del Frente de Liberación de Mozambique –Frelimo– apoyado por la URSS y por Cuba. En esos días, la guerra ya llevaba doce años y había matado a cientos de miles. También los había quemado, mutilado, violado, robado, obligado a escapar, destruido sus casas y sus campos. Los relatos eran tremendos, escalofriantes.
Yo sabía que aquella guerra había terminado hace tiempo y que el Frelimo seguía en el poder, pero muy poco más. Por eso, dos días más tarde, ya en Maputo, no termino de entender a S. cuando me dice que acá a dos cuadras está la residencia del presidente Armando Guebuza, del Frelimo, y, tres cuadras más allá, la del jefe del principal partido de la oposición, Afonso Dhlakama, del Renamo.
–¿Del Renamo, el mismo que mataba y torturaba y…?
–Sí, ese mismo.
–¿Y convive pacíficamente con el Frelimo?
–Bueno, discuten, se pelean en los diarios, en el Congreso, es como en todos lados.
S. me habla de los acuerdos de paz –Roma, 1992–, y me dice que en esos primeros años sí, la convivencia era difícil porque había mucho odio dando vueltas, pero que todos estuvieron de acuerdo en no llevar adelante juicios y revisiones que no convenían a nadie: los dos bandos habían hecho demasiadas tropelías que preferían dejar en el pasado, y ninguno estaba libre de pecado como para andar tirando piedras.

Entonces intentaron una especie de reconciliación: hubo guerrilleros del Renamo que se integraron a las fuerzas armadas o a la policía, activistas que entraron a dependencias del gobierno y, más allá, millones de personas que trataron de recuperar sus vidas. La guerra había sido terrible: cuando terminó, se le calculaban un millón de muertos, dos millones de emigrados, cuatro millones de desplazados –en un país que entonces tenía 16 millones de habitantes. Y, me dice S., había destrozado tanto la vida del país que la idea de que volviera les resultaba aterradora, y todos decidieron olvidarla.
–Así que hicimos todo lo posible por dejar todo eso atrás y pudimos salir adelante, y ahora el país va prosperando. Estamos bien, dentro de lo que cabe, mucho mejor que hace diez o quince años.
Mozambique sigue siendo un país muy pobre, donde la mitad de los fondos del presupuesto nacional vienen de la ayuda extranjera, donde mucha gente come poco, donde no sobra el trabajo y sí los emigrantes, pero todos dicen que está mejorando tan visiblemente. El gobierno del Frelimo mantiene ciertos rastros de su pasado comunista –los nombres de las calles, la propiedad de la tierra, que se puede usar pero no poseer privadamente–, pero abrió el país a la más decidida economía de mercado.
–Su marxismo es más bien declarativo. Y gobiernan democráticamente: hasta ahora, siempre han ganado en elecciones bastante limpias.
Me dice S. y yo no entiendo del todo y vuelvo a preguntarle por los odios, los resentimientos, la memoria.
–No, eso ya quedó atrás. Acá todos tenemos algún pasado horrible, todas las familias sufrieron en la guerra. A mí abuelo lo mató el Renamo, pero bueno…
Dice, y yo le pregunto cómo fue y sólo entonces me cuenta que su abuelo era comerciante en una ciudad del interior y que un día el Renamo la ocupó y la destruyó casa por casa y se llevó secuestrados, entre otros, a sus abuelos y a una tía: que secuestraban gente para pedir un rescate o llevarlos a trabajar a sus campamentos o convertirlos en guerrilleros o en esposas; que también los mataban. Y que, cuando los guerrilleros volvían a su base en el monte, vieron que su abuelo estaba enfermo y lo soltaron para que se fuera a su casa pero que al rato de caminar se cruzó con otra patrulla del Renamo que creyó que se estaba escapando, y le pegó cinco o seis tiros.
–Mi abuelo no se murió, se quedó ahí tirado, herido, muchas horas. Después lo encontraron, lo llevaron a un hospital y ahí sí terminó de morirse.
Me dice S., sin grandes emociones, y que de su abuela y su tía no supieron más nada: “deben haberlas matado”, dice, pero que sus cuerpos nunca aparecieron y que sí, que así es, que todos tenemos historias como ésas pero no sirve para nada seguir dándoles vueltas, y que a gente vai levando, dice, como en aquella canción de Chico Buarque, y que ya pasaron más de quince años.
Y yo hace mucho que no escucho algo tan opuesto a nuestra lógica hegemónica, a nuestra reivindicación básica de la memoria y el juicio y castigo: algo que, a primera vista, me parece tan extraño, pero no quiero sacar conclusiones ni extrapolar historias; sólo contar que hay pueblos distintos, soluciones varias y que, después de todo, vale la pena conocerlas.

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