Mejor que hacer, engañar

Nada molesta más por estos días escuchar a tanto político politizando. Valgan las redundantes palabras para ir a un término más complejo: demagogia.
Según el diccionario de la real academia española, dícese de la denominación tiránica de la plebe.
Ampliando el concepto, podríamos decir que aduce a una deformación de la democracia donde se manifiesta una idea política apelando a las emociones (sentimientos, amores, odios, miedos y deseos) para ganar el apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica y la propaganda.
Por eso más de una vez no vamos a encontrar en muchos discursos con contenidos acordes a nuestros ideales de gobierno: honestidad, dignidad, trabajo, producción, democracia, transparencia, futuro, educación, libertad de expresión. Pero después la realidad es otra: corrupción, pobreza, clientelismo, negación de información pública, manipulación de los medios de comunicación.
Tanta ilusión auditiva y óptica anestesia nuestro estado de alerta. Nos sacia en el momento nuestra sed de creer en líderes que nos venden aquello que deseamos cuando en definitiva están inflados de mentiras.
Sabemos que hay ciudadanos claramente informados y concientes de esta realidad, aunque no podemos precisar si son la mayoría. Sin embargo, tenemos la certeza de un número importante de descreídos de aquellos políticos que politizan las 24 horas del día.
Las urnas, a nivel local, mostraron 1026 votos en blanco (el 9.13% del electorado) de electores que no encontraron por quien optar en las últimas elecciones primarias.
Tal vez buscaban a alguien que se ocupe de solucionar o mejorar los problemas estructurales del distrito: la falta de alternativas productivas, éxodo poblacional y la atención de los problemas de indigencia (sean uno, dos, tres o 100 casos).

Por Lorena Freidenberger

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