Historias de un abogado patagónico: “Cambio de profesión”

(*) Mientras cumplía funciones de secretario en el Tribunal de Justicia, en el mes de Julio de hace largos años, quedó vacante el cargo de Juez en la localidad de Puerto Deseado y quienes debían asumir en ese puesto, que eran el defensor oficial y el agente fiscal, decidieron tomar sus vacaciones al mismo tiempo (lo que les valió una posterior sanción del Tribunal), dejando así acéfalo al Juzgado. Ante este grave problema, se decide por acuerdo extraordinario, que yo me hiciera cargo del Juzgado, hasta que volviera alguno de estos funcionarios.
Cuando me informan de lo resuelto, me temblaron no solo las piernas, sino hasta mi último pelo; ya que estaba comenzando a hacer mis primeros palotes dentro del Poder Judicial, pero órdenes son órdenes y donde manda capitán, subordinación y valor.
Para colmo amaneció gris el día de mi partida de Río Gallegos, donde el cielo cubierto de nubes impedía el descenso de aviones de línea, no me tocaba viajar en ellos, sino en el avión navajo de la Provincia. Ante esta situación, me dije “…un día menos para llegar al cadalso…”, pero los pilotos de la gobernación me informaron que las condiciones atmosféricas reinantes, no eran problema para el despegue de aviones de la envergadura del que íbamos a viajar…si ellos lo dicen así será pensé, pero… ¿estarán seguros?, bueno total solo se muere una vez y algún honor recibirá mi familia por esa voluntad de poner el pecho a las balas (en criollo subirme al avión). Para colmo al momento de dirigirme a la pista, me encuentro con un amigo de humor vitriólico que me dijo: – en el velorio pronunciaré en tu homenaje, esta compungida frase: “fui el último en verlo subir a esa cajuela que iba a ser su última morada…”.
Debo destacar que los pilotos sabían lo que hacían, y al traspasar las nubes, nos encontramos con un cielo patagónico de un intenso color azul, y en donde su inmensidad era nuestra fiel compañía. El viaje fue perfecto, el avión se deslizó suavemente y sin corcoveos llegó a su destino.
En aquella época todavía no se había desarrollado la industria pesquera, que no fue el resultado de una política estratégica nacional, sino consecuencia de que los caladeros en otras partes del mundo estaban sobreexplotados, y el golfo se presentaba como una zona virgen para ello. La posterior construcción del puerto en esa localidad, fue una donación de las autoridades japonesas, y creo que acá es aplicable ese refrán que dice “cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía”. Es decir, en ese momento me encontraba en una localidad pequeña y casi aislada. Una ciudad alejada de la ruta 3, lo que hacía más difícil que recibiera a quienes viajaban por tierra al norte en sus vacaciones, o a los turistas en su recorrido por la patagonia.
Debo señalar que la recepción de los empleados del Juzgado y su asesoramiento permanente, me permitieron sortear sin problemas mi nuevo cometido. Tanto fue la buena relación que tuve con ellos, que me pidieron y luego elevaron una nota al Tribunal, para que fuera propuesto para cubrir el cargo vacante de Juez. Existió dicha oferta, tal como ocurriera cuando me ofrecieron ser el primer juez en Caleta Olivia al crearse el juzgado, pero no acepté por razones personales. No puedo dejar de recordar con nostalgia, que de esa breve estadía en Puerto Deseado, me quedé enamorado de sus paisajes y la calidez de su gente.
Como los funcionarios ausentes no habían dejado las llaves de la caja fuerte del Juzgado, dentro de la cual estaba la chequera para pagar los sueldos y a proveedores, mas otra documentación necesaria para el funcionamiento diario del Poder, existía un problema que requería de una inmediata solución.
El Juzgado funcionaba en el segundo piso de la Alcaldía, reservando el primer piso a los internos de esa jurisdicción. Frente a ello me dije: “a graves problemas, grandes remedios“. Llamé entonces a quien estaba al frente de la Alcaldía y le pregunté si entre los detenidos, pudiera haber alguno que por sus “cualidades profesionales” tuviera el conocimiento necesario para abrir la caja fuerte.
A los pocos minutos se presentó un joven que manifestó que él estaba en condiciones de realizar dicha tarea. Me imaginé, que estaría ante una persona que estudiaría el mecanismo de relojería hasta encontrar la combinación, producto de su experiencia en esos menesteres y de los conocimientos científicos que yo había visto en películas como Rififi. Pero mi imaginación estaba errada, enseguida pidió que le trajeran un martillo y un cortafierros, y ahí tuve conciencia de lo que iba a pasar, pero no estábamos ya en tiempo de parar la maniobra.
El joven, cuya confianza y audacia en sí mismo no conocía límites, empezó a los mazazos; el ruido, sin exagerar, llegaba a varias cuadras a la redonda. Después de mucho esfuerzo y martillazos, logró abrir la caja (abrir es un decir, en realidad logró destruir la cerradura).
Al lograrlo le agradecí su colaboración y le dije que me aceptara un consejo: “Que cambie de oficio, pues sino iba a ser una persona abonada a las cárceles”.

*Por Domingo Ortiz de Zárate

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