Malvinas: una Bandera que no se rinde ni se entrega

Jorge Rinaldi, veterano de guerra, protagonizó una historia conmovedora, cuando arriesgó su vida luego de la rendición del 14 de junio de 1982. Fue cuando prefirió no entregar una bandera argentina y, escondiéndola entre sus ropas, evitó que cayera en manos inglesas.

A continuación compartimos y recordamos la entrevista que fue publicada en nuestra revista en abril de 2014, en homenaje al Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas

Por un designio de Dios o del mismo destino, los caminos de la vida terminan por reunirlos o aportarles cosas en común. Nacieron en sitios diferentes y vienen de familias diferentes, uno es del porteño barrio de Mataderos y el otro de General La Madrid, en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires.

A simple vista nada los une, pero Omar De Felippe y Jorge Rinaldi se conocen y comparten historias en común que marcaron sus vidas para siempre. Si alguien dijo “técnicos” o “fútbol”, las afirmaciones son verdaderas, pero son más que eso. Hace 32 años, arriesgaron sus vidas, al límite de la resistencia que un ser humano puede ofrecer, caminando durante meses sobre la delgadísima línea que separa a la vida de la muerte. Estuvieron en Malvinas. Y más que Veteranos, son Héroes.

Otro amigo de Jorge es Dardo Fonseca, veterano residente en Puan, cuyo hijo Ariel, juega en las divisiones inferiores de PFBC y Jorge alguna vez ha sido su Profe. La relación siempre está, el destino los encuentra y les da la posibilidad de reunirse y hablar, porque para nuestros ex combatientes esa es una manera de sentirse mejor y hasta de curar las heridas del alma.

Fueron en definitiva, protagonistas de una guerra en la que se jugaron por defender un pedazo de territorio argentino lejano, tan recordado por muchos y tan ignorado por otros.

Cuando comienzo mi charla con Jorge Rinaldi, actual DT de PFBC, busco la manera de entrevistarlo guardando el mayor respeto. Con cada pregunta quiero revivir momentos, pero sin herir sensibilidades. Es difícil, para quien no lo vivió, imaginar el clima de una guerra, pero el relato de Jorge hace que en mi mente aparezcan imágenes. Seguramente, no se asemejan a la realidad, pero trato que mi imaginación me lleve a ser un lejano e ignoto testigo de todo aquello.

Para toda la vida

Cuando tenía 18 años, Jorge era conscripto en el Batallón del V Cuerpo de Ejército de Bahía Blanca.

-¿Cómo vive esta fecha a 32 años del inicio de la guerra?

-Siempre tengo el recuerdo y más cuando llegan estos días. Son hechos que estarán con uno de por vida, convivir con eso es algo difícil. Por lo general, después de mucho tiempo nos hemos podido juntar con compañeros ex combatientes y eso nos ayuda.

-¿Había más jóvenes de La Madrid en Malvinas?

-Sí, conmigo en la Sección “Perros de Guerra” estaba Raúl Andicochea. Era un batallón de seguridad integrado por 22 hombres. Nosotros llegamos el 3 de abril, el día anterior había sido la avanzada de los vehículos anfibios con oficiales y suboficiales.

-¿Cuál era la labor de los Perros de Guerra?

-Todo surge cuando el Comando de Infantería de Marina decidió el envío de una sección de perros Manto Negro, de raza Ovejero Alemán, entrenados para situaciones de conflicto. Salieron desde la Base Naval de Puerto Belgrano, con el fin de impedir infiltraciones de comandos británicos en el dispositivo defensivo propio.

En los últimos días de combate se decidió el envío de perros a la primera línea para evitar infiltraciones enemigas. Después de cuatro o cinco días de bombardeos surgió un hecho curioso, la alarma más eficaz y segura, en el caso de los bombardeos aéreos, era dada por el aullido de los perros anunciándolos mucho antes del inicio del ataque.

De los perros que regresaron al continente, algunos murieron de viejos, otros en accidentes en servicio. Sobrevivió a todo Vogel, ovejero alemán, hijo de Tell y Nexe. Todos de Puerto Belgrano. Falleció el 1º de diciembre de 1991; está enterrado en el Batallón, mirando hacia Malvinas, bajo un túmulo conmemorativo.

-¿En qué momento dejó Malvinas?

-En Junio de 1982, fuimos los últimos en salir de las Islas. Como el perro de guerra era considerado un arma, cuando nos tomaron prisioneros, ni bien dejamos las armas, la idea era matarlos. Luego de gestiones entre la superioridad decidieron no hacerlo, y así pudimos traerlos al país.

Fotografiado por la Revista Gente (Junio de 1982)
cuando integraba la sección Perros de Guerra

-¿Alguna anécdota que quiera rescatar de esos días?

-La que siempre uno cuenta con más alegría es que, cuando se podía, se comía polenta. Un día nos trajeron y la pusieron en la marmita que teníamos y dentro de la polenta se formó algo redondito, asomando a la superficie. Yo me dije: “es carne”. Así que metí la mano y cuando me la lleve a la boca, me di cuenta que solamente eran grumos de la propia polenta. -Al recordarse 30 años de la guerra, varios veteranos contaron sus experiencias en los medios…

-¿Creés que hay más conciencia y comprensión hacia lo que fue Malvinas?

-A medida que pasan los años se valora cada vez más. Siempre que los ex combatientes nos reuníamos veíamos la necesidad de salir a contar nuestra historia, porque sino la contarían otros. Eso nos empezó a dar más fuerza y también nos ayudó a sacarnos un enorme peso de encima. En su momento, no lo hicimos porque nos pedían que no habláramos.

En lo personal, ¿Cómo manejaste los recuerdos traumáticos?

-A mí me costó y me sigue costando mucho. Estuve con psicólogos y psiquiatras, por una decisión personal, para charlar. Ellos siempre me dijeron que es muy difícil trabajar con ex combatientes porque la Argentina no es un país con continuidad de conflictos bélicos. Hasta los Bomberos Voluntarios, cuando tienen un episodio grave, lo primero que hacen es juntarse a charlar para despojarse de lo vivido. Esa es una buena manera de manejar esos recuerdos, hablar.

-Más allá del dolor de una guerra, ¿hay algún momento para valorar, donde se vea la parte buena del ser humano?

-La amistad con nuestros compañeros y hasta con los mismos jefes. Todos los jefes nos ayudaron mucho, eran como nuestros padres, siempre estaban adelante. Para nosotros fue valorable, porque en la colimba éramos el último orejón del tarro. Después de 32 años, éste 2 de abril vendrá al acto que haremos en La Madrid un jefe mío, un compañero, mi Teniente… En mi pueblo tenemos una placita e hicimos una biblioteca y un museo referentes a Malvinas.

-Entre tantas cosas que le tocaron vivir, hubo seguramente situaciones límite.

-Sí, estuvimos luchando hasta último momento. Primero, fuimos destinados a Puerto Argentino y después, junto a varios compañeros, nos sacaron del grupo. Yo fui al Batallón Antiaéreo. Allí nos levantábamos muy temprano y con otro soldado y un jefe íbamos hasta donde estaban colocadas las defensas, a 8 o 10 km de Puerto Argentino y volvíamos muy tarde a la noche. En los últimos días, ya no regresábamos porque teníamos que quedarnos en los pozos de zorro. Eran zanjas de 1,60 de profundidad por dos metros de ancho, sobre las que se ponía un techo disimulado por tierra y pasto para que cuando pasen aviones no nos descubran.

-¿Se acuerda cómo fue su regreso?

-Difícil, y al ir pasando los años te das cuenta que fue feo. De Malvinas fuimos a Ushuaia y desde allí a Bahía Blanca en avión. Una vez allí, nos largaron como si nada. Salí a dedo hasta la rotonda de La Madrid, de ahí fui a la caminera y pedí que llamaran a mis viejos. Cuando el policía llamó a mi casa, no sabían de mi regreso, porque no tenía forma de comunicárselo. Con el paso del tiempo, te preguntás ¿Cómo, después de una guerra, te pueden hacer ir de esa manera? –

-¿Qué trato recibió como prisionero?

-Fue una sorpresa para los ingleses, porque éramos jóvenes. Por ahí no es como algunos cuentan… supimos defendernos bien y la luchamos de acuerdo a nuestras posibilidades .

-Hace unos años, en el programa de Fantino, estuvo un veterano que contó cuando, desde una posición, resistió hasta lo último con una ametralladora, al punto de que los ingleses pedían que se rinda el escuadrón y en realidad era un solo combatiente.

-Es la historia del soldado Poltronieri. Arriesgó su vida para salvar la de sus compañeros. Él desobedeció la orden de replegarse y continuó tirando para cubrir la retirada de sus camaradas. Fue el único soldado condecorado con la Medalla Cruz de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate.

Uno de los que viene al acto en La Madrid es José Cruz. Él también contó una historia en Animales Sueltos. El día de la rendición, con él bajamos una bandera argentina del mástil. José le dijo al Teniente que la quería pasar, se la quería llevar. El superior le advirtió que si los ingleses lo veían, lo matarían. Así que la pasé yo… me la puse arrollada en el cuello, bajo la bufanda y lo logré. Fue una cosa de locos, pero no me pasó nada. José me la pidió, primero no quería dársela, pero después la firmé y se la di. Yo no me acordaba de esa anécdota, porque cuando no se habla, uno se olvida. En estos años nos juntamos dos veces con mis compañeros, una cuando nos entregaron la medalla de oro en el edificio Libertad y la otra en Bahía Blanca.

Cuando mi hermano vio el programa de Fantino, me llamó y ahí lo vi a José Cruz, contando esta historia. Ahora vendrá al acto de La Madrid y traerá la bandera.

-¿Cómo fue el después de Malvinas?

-Hice el profesorado de Educación Física, y valoro mucho la ayuda de mi familia que enseguida me incentivó. Muchos de los chicos, en la pos guerra, se han deprimido y luego suicidado, por no tener el acompañamiento de la familia. A mí me ayudaron mis papás, mis hermanos y ahora mis hijos y esposa. Ni bien me recibí, en el Instituto de Olavarría, comencé a trabajar en las escuelas y eso me hizo muy bien.

-¿Se te hizo difícil el reencuentro con la gente que seguramente te hacía preguntas y hasta algún comentario desubicado?

-Muchos tenían miedo a preguntar y eso hacía que uno se guardara todo. Costaba hablar con una persona que no había estado, es distinto cuando nos juntábamos con los compañeros.

A la par de estudiar y trabajar, jugabas al fútbol.

-Sí, jugué en Olavarría y La Madrid, el fútbol también me distrajo mucho. –

¿Cómo está formada tu familia?

-Mi esposa Federica Sánchez y mis hijos Nicolás y Juan Mateo.

-Hay quienes dicen que la guerra se pudo haber ganado… ¿Qué opina?

-Creo que faltó orden entre las tres armas, los jefes sabrán por qué… ellos estudiaron. Faltó, me parece, una mayor coordinación.

***Entrevista publicada en la Revista Nº23 – 9 de abril de 2014***

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