Hace 107 años nacía Don Octavio Lavigne

Conocido como el viejo poeta o el último habitante de la Isla de Puan, de espíritu bohemio y soñador, nació el 11 de Junio de 1913, en “El Pincén”, paraje ubicado entre Azopardo y Bordenave. Sus padres fueron Eduardo Germán Lavigne y Natalia Gerónima Vercellino. Falleció en Puan, el 15 de Diciembre de 1992, a los 79 años. Por su voluntad, sus restos descansan en la Isla. Su obra plasmada en variadas composiciones poéticas, es parte del acervo cultural puanense. Por eso, a modo de homenaje, desde el 12 de Junio de 2015, la Escuela Secundaria N° 5 lleva su nombre.

Fue Octavio quien encontró los restos óseos de 3300 años de antigüedad durante la época de bajante de la laguna. A diario, Octavio tenía la costumbre de hacer una recorrida alrededor de la isla. En el lado sur descubrió que del agua asomaba un hueso similar a un peroné humano. Al tiempo, un grupo de arqueólogos vinieron desde La Plata para extraer los elementos. Cuando se fueron, Octavio quedó con una intriga: la cabeza no había aparecido. Entonces, fue con la pala de punta y a unos 20 cm más abajo la encontró. Para él ese hallazgo fue una gran satisfacción.

Llevó una vida bohemia como cuidador y encargado de la Isla de Puan, donde pasó sus últimos años. Escribía poemas en cualquier lugar que encontraba, nunca en un papel blanco. Solía usar los envases vacíos de paquetes de yerba o de cigarrillos. Su mascota era una víbora amaestrada.

Entabló amistosas charlas con los jóvenes que se acercaban. También ofreció su auxilio y hospitalidad a quien lo necesitaba. En su vivienda y escrito con lápiz negro un lema recibía los visitantes: “Lugar de las cosas buenas donde se olvidan las cosas malas”.

Su charla directa, sin rodeos, sabia y rica en experiencias, daba cuenta de su prodigiosa memoria.

Agradecido, rebelde, incluso incomprendido, su concepto de la vida le permitía vivir en paz y encontrar en la escritura el medio para dar rienda suelta a sus más profundas reflexiones y sentimientos.

Hace algunos años, el Museo Municipal reunió algunos de sus escritos en una publicación digital.

Octavio, firmaba sus obras con el seudónimo ENGIVAL (Lavigne, leído desde atrás)

En su libro Cronología para la Historia de Puan, el historiador local César Michelutti, gran amigo del viejo poeta lo definía de la siguiente manera: “su condición de poeta, poseedor de una gran vida interior, ser un solitario por elección no fue óbice para constituirse un gran anfitrión e interlocutor, afable y cordial para quienes visitaban “su bastión”. Los restos yacen, por su pedido, en este reducto que tanto amó”.

La Isla del viejo poeta

Entre el 10 y el 14 de Febrero de 1988, estuvo en Puan un equipo del ciclo televisivo “Historias de la Argentina Secreta”. El programa se emitía por el entonces canal estatal Argentina Televisora a Color (ATC), hoy Canal 7 La TV Pública. El objetivo fue relevar imágenes y testimonios que dejarían como resultado el episodio “La isla del viejo poeta”,  emitido en el país y en el exterior.

Apelando a la grabación de ese programa, pudimos rescatar algunos fragmentos que pintan la personalidad de Don Octavio.

“Don Octavio es Poeta y tiene 76 años, y hace 15 que es único habitante de la Isla que engalana la Laguna de Puan, un predio de 68 hectáreas donde el viejo vive y reina. Pintoresco y respetado, se fue ganando los corazones de sus vecinos. El cincel de los años buriló en su rostro arrugas que son historias.

Fue vagabundo por vocación, Capitán de la Armada Paraguaya durante la Guerra del Chaco, por casualidad. Amante padre de familia, porque el destino así lo quiso, y sobre todo hombre de bien”.

“El viejo es un indagador a ultranza, un curioso, un hombre que tuvo siempre el tiempo a su favor. Las horas de lectura, los minutos perdidos… ¿perdidos?

Para que sus pensamientos viajen, naveguen, vuelen hacia lo alto. Fue y es un buceador de ficciones y realidades, que se espeja permanentemente en el pensamiento de los filósofos clásicos, pero que no desdeña a lo nuevo, a los misterios del futuro, al brotar de las ideas, a la inexorable carrera de postas que obliga a irse a los viejos y a llegar a los más nuevos”.

“La laguna, a escasas cuadras del centro, ofrece un seguro refugio para vida de Don Octavio, aquí en la Isla, Lavigne es guarda-fauna, casero, jardinero, vigía y anfitrión. Observador de la vida, testigo, sembrador de renacidas esperanzas.

Todo un personaje que escribe bellísimos poemas y enhebra alegres pensamientos dignos de escucharse. Un pequeño prócer sin estatua que vive en un pueblo donde, al decir de casados viajantes de comercio, “nunca ocurre nada”. Pero en el cual lo cotidiano se encarga de demostrar que sí. Que pasan muchas cosas, acontecimientos que hay que ver con ojos bien intencionados y ganas de amar a lo simple, a las pequeñas epopeyas de todos los días. Historias que brotan como recuerdos de lo nuestro, de nuestra propia familia, de nuestra propia identidad”.

“Don Octavio Lavigne es un contemplador, que sabe recordar la Isla de Puan como si fuera un continente, y de detiene en cada gesto de la naturaleza, como si dialogara con ella, un hombre que vivió muchísimos años asociado al alcohol, al espejismo que brota del fondo de una botella, y que hoy, lejos de esos vahos, agradece a la bebida que lo haya abandonado.

De la noche a la mañana, porque la vida… dice: “es mejor tomarla tal como viene, a secas”.

El viejo vive solo en una pequeña casa, no tienen electricidad ni agua corriente, contratado por la Municipalidad de Puan para cuidar la Isla, Don Octavio cumple al pié de la letra ese mandato, espanta a cazadores y depredadores y guía a los turistas que, a diario, piden que los cruce en su pequeña barca con motor fuera de borda.

No es la de Don Octavio una vida de holganzas, pero tampoco de grandes ajetreos. El hombre sabe medir los tiempos y tomarse los suyos. Tiempos de inspiración, donde entrega a los vecinos de Puan o a quien quiera leerlos sus versos de viejo poeta. Todas las mañanas, el viejo cruza a Puan a comprar sus provisiones.

“Yo he hecho de todo en mi vida, yo vengo de cuna muy abajo, hijo de chacareros, siempre con inquietudes, muy especialmente inquietudes de rodar el mundo, de conocer, curioso. Y cuando maduré, empecé a emplumar, ya era mocito, salí a rodar por el mundo, no por miseria. Porque no tenía necesidad de salir, es por esas cosas del destino.

Y así fui haciéndome en la vida. Hice de todo en la vida, conocí mi país de punta a punta, conocí Uruguay, una parte de Brasil, Paraguay. Y llegó el momento en que me enamoré y me tocó como a todos, y formé mi hogar, viví en Buenos Aires, y de Buenos Aires, después de que los hijos se criaron, vine a parar a Puan otra vez en mi vejez. Ese es, a groso modo, mi andanza por el mundo”.

Octavio Lavigne es sencillo y humilde, no se jacta de poseer el don de la poesía, en realidad ni siquiera se siente poeta, escritor, pensador o filósofo. Dice, porque así lo cree, que es, simplemente, un hombre.

“Yo no me siento poeta. Yo no sé por qué escribo versos y ni sé por qué escribo eso, pienso que es algo superior que está dentro de uno. Yo no puedo decir a ciencia cierta esto, porque no lo hago yo, porque no sé de dónde viene la inspiración. No he podido descubrir por qué. No es una cosa voluntaria, como si usted agarra un hacha y derriba un árbol. No, no, no. Porque si usted quiere hacer un soneto no lo va a hacer de ninguna manera, mientras no esté en el momento de su inspiración. Ese es el quid de la cuestión”.

Pero los versos ahí están, brotan de él, desde él, y rebrotan a diario, como pequeñas hojitas que saltan desde sus ideas al papel, de su corazón a la pluma, versos que recitó con pudor de adolescente, pese a sus casi 80 años de edad.

¿Qué tiene de particular este hombre? ¿Por qué nos detenemos en él acompañando un día de su vida? Quizás las respuestas haya que buscarlas en su desdén a los superfluo, en esa sabiduría que dan los años bien vividos, días que este ensayador de metales preciosos, convirtió en cantos de alegría, no habrá que aprender de él que nuestro futuro, como su presente es depositario de todo lo bueno, de todo lo bello. De mejores realidades.

Mate, radio y tabaco acompañan los movimientos del viejo. Al atardecer, cuando llega la hora del Ángelus, el poeta celebra en largos viajes filosóficos, quizás recuerde algún verso de Homero, o vuelva releer a algún pensador hindú. Puede que sus asombros ronden los problemas que surjan del ser y la nada, o de espíritu Zen. Políglota de ideas, Don Octavio no elude el compromiso de conocer, y su pequeña biblioteca estalla en todo tipo de libros, como si fuera un bazar de pensamientos ajenos, sueños que él quizás haga suyos, casi sin advertir que la cultura se amasa a partir de esas herencias, de esos legados, de esta realidad.

Octavio tiene dos hijos, tres nietos y tres bisnietos. Pertenece a una de las viejas familias fundadoras de Puan. Es viudo y nunca reconstruyó su soledad.

Vivió en Puan hasta los 18 años.  Luego salió a recorrer el país como trabajador golondrina, trotamundos y vago asumido. ¿Por qué no?

Luego, sentó cabeza y armó su hogar. Vivió en Buenos Aires, confundido con los hombrecitos de la ciudad, hasta que un día, al verse solo y a sus hijos hechos, volvió a su terruño y echó raíces para siempre. Sin advertirlo, el viejo se rescató a sí mismo, y en ese viaje a su propio interior, fueron surgiendo, sin querer, los versos, esos himnos de propios cantares, brotados de soledad. Pero de la soledad de un hombre feliz, de un viejo pícaro y sabio, que derrocha juventud acaparada. Un viejo bien vivido.

El viejo Octavio sabe que el turismo acompañará el crecimiento de Puan, por eso se alegra de haber pedido este puesto al contador Gutiérrez, intendente de Puan. Fue, cuando todos pensaban que el viejo quería vivir en la Isla para volver a sus tiempos de holganzas. Pasó tiempo de ese equivoco. Don Octavio acumuló el cariño de todos.

¿Qué es la felicidad?

¿Qué es la felicidad? ¿Puede algún mortal hallar su definición exacta? Don Octavio suele hacerse esa pregunta, no teme que lo tomen por loco, sobre todo en estos tiempos de plazos fijos, corridas bancarias, quebrantos y desasosiegos.

Entonces, dice: “bueno, estoy seguro que he cumplido con mi misión”. Por ejemplo, en mi caso, que ya tengo bisnietos… bueno mi misión acá está cumplida.

 ¿Qué tengo que ir a investigar más? ¿A investigar qué? Nada, estoy satisfecho de haber cumplido, y pare de contar.

Tuve momentos que cualquier cosita me parecía un mundo, que me moría, que era una injusticia, y fui terriblemente rebelde. Hoy ya no soy más rebeldo, ni soy manso ni arisco, ni nada. Me siento una cosita insignificante en el aire, porque frente al universo o a los universos…  ¿qué somos los seres humanos? ¿Qué representamos nosotros?. El átomo es divisible… ¿Es así? Y ya hay dos cuerpos menores que el átomo.  Y nosotros, frente al universo, tenemos menos tamaño, somos más chicos que el átomo. No se y nosotros en el universo tampoco.

“Entonces, mi soberbia, todas esas fantasías, se terminaron, después de los 70 eso termina. Las ideas cambian fundamentalmente, la vida le enseña a cambiar a uno de idea. En mi se produce eso, ahora no por eso voy a renegar de la vida ni nada. Hoy tengo más compromiso que nunca de vivir, si pudiera. Porque tengo un concepto distinto de las cosas, yo pienso que no he cumplido con el deber que debo cumplir. Por lo que a mí mismo me pasó.  Yo vine al mundo y salí a luchar en una sociedad que me dejó a mí el camino de la vida totalmente a oscuras. Y por el hecho de que yo haya tenido el camino a oscuras, ahora que tengo o creo tener una vilslumbre (no luz), mi deber es compartirla y dejarle el camino semi iluminado por lo menos para los que vienen atrás”.

Cuando recorre las ruinas de la vieja casona de quien fuera en vida el caudillo Rómulo Franco, una de las edificaciones que existen en la Isla de Puan, el viejo poeta se confunde con el entorno, pero Don Octavio sabe que no existen las ruinas en la vida de los hombres.

Solamente hay recuerdos, sabores y sinsabores, buscando eso que llaman paz, el viejo poeta suele navegar cada palmo de la Laguna, hinca su mirada en el horizonte, depositario de todas las esperanzas, y porque sabe que de la tierra regada por el sudor brotan las raíces, no oculta su felicidad, por cada uno de los 76 años de su vida, por una existencia que suele ser tan luminosa que a veces, sin quererlo, encandila, con resplandores de amor, con poemas solitarios que se lanzan a los caminos y emprenden un viaje hacia el corazón de los hombres, de todos los hombres.

La siguiente poesía pertenece al escritor César Michelutti

                    SONETOIDE PARA OCTAVIO

             Simbiotismo de poeta y de gorrión,

             lías versos como lías tu cigarro,

             los modelas, los amasas como barro,

            en la isla, tu reducto, tu bastión.

            Anduviste mil caminos, desde el carro

            de tu niñez a los tumbos; con unción

            laburante o viajero con pasión.

            Son pasajes de tu vida que desgarro.

            Don Quijote de la rima y la canción

            escribiste con amor y en despilfarro

            “Papelito”, “El carretero”…Del turbión

            de tus versos esparcidos yo me agarro

            y te declaro buen amigo y anfitrión,

            en los míos que a tu muelle hoy amarro.

       Tu amigo César

       Puan, 31/1O/9O – 4 pm

Fuentes consultadas:

-Michelutti, César. Cronología para la Historia de Puan III. Pag. 290. Ed. Dunken. Bs. As. 2009

-Museo Ignacio Balvidares. Don Octavio Lavigne, un espíritu solitario. 2018

-La Isla del viejo Poeta. Historias de la Argentina Secreta. ATC (Argentina Televisora Color). 1989.

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