“Notas Migrantes” de un médico con raíces puanenses

El doctor Matías Murano es bahiense, su mamá es Miriam López, oriunda de nuestra localidad. Actualmente el joven profesional vive en Durham, Carolina del Norte, en EEUU. Entre 2016 y 2017 recorrió doce países de Latinoamérica, aprendiendo y experimentando con medicinas ancestrales.

El resultado de tantas vivencias está en su libro “Notas Migrantes” Allí Matías cuenta la relación estrecha entre el hombre y la naturaleza, la posibilidad de vivir en armonía con ella, y aprender que existen otras maneras de ver el mundo.

-Antes de comenzar tu viaje por 12 países de Latinoamérica trabajaste con comunidades guaraníes en la selva. ¿Qué te dejo esa experiencia? ¿Por qué decidiste luego hacer el viaje que te llevaría 1 año y 3 meses?

Soy nacido en Bahía Blanca, viví allí hasta los 24 años. Estudié medicina también en Bahía. Me recibí en Diciembre de 2013. Hasta ese momento, me preguntaba qué especialidad hacer. Por esos días, con mi hermano y dos amigos, viajamos a Machu Pichu (Perú). En ese viaje me contacté con médicos y médicas de zonas rurales, tenía la curiosidad de saber cómo era trabajar fuera de los grandes hospitales.

Al tiempo, llegué a Misiones donde conocí a Mechi, una médica que me propuso trabajar en esa provincia. Allá hay mucha necesidad de médicos, sobre todo para la atención primaria de la salud. Fuimos a hablar con las autoridades y me aseguraron trabajo. Mechi me ofreció su acompañamiento en las primeras atenciones, hasta que yo perdiera el miedo.

Entonces, volví  a Bahía Blanca, busqué el título y comencé a hacer mis primeras experiencias como médico en la ciudad de San Pedro, cerca de la frontera con Brasil.

-¿Cómo recordás esos primeros meses?

Trabajé con mucha población brasileña, la mayoría migrantes sin documentos. Estábamos en la parte más rural. Pasaron seis meses y yo tenía la intención de seguir allí, y viajé a una ciudad cercana en la que trabajan con comunidades guaraníes.

Ahí fue que sentí un quiebre, respecto a lo que yo concebía como medicina. Cuando me vi ante una cultura totalmente diferente a la mía, comencé a cuestionarme mis costumbres, creencias y valores.

-¿Qué cuestiones te sorprendieron?

Los guaraníes consideran su vida, el mundo y el tiempo de otra forma. Tienen enfermedades que nosotros no concebimos, practican otra medicina, con mucho uso de plantas.  Todos los días nos subíamos a una camioneta, acompañados por un Agente Sanitario de origen guaraní que hablaba español. 

-¿Cuál era la función de ese Agente Sanitario?

Era el nexo para comunicarnos con las comunidades residentes en medio de la selva que no hablan español. Los Agentes Sanitarios no solamente hacían de traductores, sino que además eran nuestros nexos culturales. Pensemos que para la cosmovisión guaraní el tiempo corre de manera circular y no tan lineal como nosotros lo concebimos. Todo está alineado con los ciclos de la naturaleza. A las enfermedades las relacionan con el mundo espiritual. Por eso, el Agente Sanitario era clave para atenderlos lo mejor posible.  En un clima de respeto y confianza mutua, para no ver las cosas únicamente desde el punto de vista de la medicina occidental, que es la que uno estudia en la universidad.

-¿Ya habías visto en el viaje que emprenderías el material para un libro?

Al viaje nunca lo planeé. Viajé a Cuba para hacer cursos sobre uso de plantas medicinales, para capacitarme en terapias con productos de las colmenas como miel, propóleo y cera. Y además, tenía el objetivo de realizar un Posgrado en Medicina China.

Me fui con pasaje de ida, no sabía que podía pasar después. No tenía compromisos laborales en Argentina, yo estaba muy curioso y abierto a todo lo que podría llegar a encontrarme en el camino. La idea fue registrar en un diario todas las vivencias, sobre todo las relacionadas a la medicina. De esa forma, puede contar en el papel todo cuanto ocurría.   

Wili abriendo un cajón de abejas, Olguín, Cuba

-¿Qué cuestiones te marcaron en ese extenso recorrido?

Al principio, me llamó la atención ver en los pueblos originarios que hacían del uso de plantas medicinales algo cotidiano, ante la aparición de alguna dolencia, sin la necesidad de tomar medicamentos elaborados por la industria farmacéutica, como hacemos nosotros. 

Incluso, me sorprendí con las dietas, como por ejemplo el hecho de ayunar cuando surgen malestares por indigestión. No existe en esas culturas esa necesidad de tomar fármacos, sino que escuchan más a sus cuerpos, y si es necesario, suspenden la ingesta de alimentos, hasta tanto el organismo se reorganice. Igual pasa con los animales, ellos pueden estar dos días sin comer, si sienten molestias. Recién van a comer nuevamente cuando lo necesiten. Uno, por ahí, desde nuestra concepción occidental, siente más miedo, cuando solo se trata de escuchar al cuerpo. O recordar cuando una abuela te dice “quedate tranquilo, tomate este tecito”.

-En nuestras sociedades es normal el consumo de medicamentos o drogas. Inclusive, los adultos mayores llegan a tomar una batería de pastillas. ¿Se ve eso también en los ancianos de las culturas que visitaste?

En Misiones, en la zona rural de San Pedro, veía casos de obesidad, diabetes e hipertensión. Son las epidemias de este siglo en personas mayores de 50 años. Ahí, recomendaba los tratamientos que aprendí en la universidad y aparecen en las guías clínicas.

Pero cuando trabajé con los guaraníes en la selva, terminé olvidándome cómo tratar esas enfermedades porque ellos no las sufrían. No recuerdo a haber visto personas hipertensas, obesas o diabéticas. Por ahí, se relaciona con la dieta y con las largas caminatas por la selva.

En México, en San Luis de Potosí, donde hice mi primera experiencia como Médico Voluntario, intervine en comunidades indígenas donde han desembarcado los alimentos refinados e industrializados, sobre todo las gaseosas. Ahí sí, vi, sobre todo en mujeres a partir de los 50 años, diabetes, hipertensión y obesidad. Ellos reconocen que son patologías que hasta hace unos años no estaban.  

Reunión de comadronas en el Centro de Salud Aldea Guineales, Guatemala

-¿Crees que la medicina de los pueblos originarios tiene mucho que aportar a la medicina a la que estamos acostumbrados?

Sí. Hay mucho para observar. Existen plantas que tenemos en nuestra cultura occidental, recordemos los remedios caseros de las abuelas. La medicina de las culturas milenarias, son un reflejo de su manera de ver la vida y el mundo.

Igual pasa con nosotros, tapamos los síntomas con pastillas. Ese es el reflejo de la vida que llevamos y de la sociedad en la que vivimos. No es únicamente la medicina el problema, hay factores más profundos.

Primero es necesario dar un debate, y recién después analizar la medicina que tenemos nosotros y la medicina que tienen estos pueblos.

-¿Qué situación o experiencia terminó por convencerte de los beneficios de la medicina natural?

Hay quienes creen que la medicina natural es consumir plantas en vez de tomar esa pastilla comprada en la farmacia. Si fuese así, estaríamos cayendo en el error de caer en la ansiedad de medicarnos cada vez que nos pasa algo. La cuestión es más profunda. La planta te ayuda, pero es necesario ir más allá.  

En Misiones, con Mariana, una médica integrada con los guaraníes desde hace tiempo, usamos plantas para tratar pacientes.

La equinacea, es una especie empleada para tratar enfermedades vinculadas a los niños como insuficiencias respiratorias (asma), o eccemas epidérmicos, y trastornos alérgicos.  La medicina occidental lo trata con salbutamol, aerosoles o corticoides.

En estas dolencias, el sistema inmune, que regula las defensas, se presenta acelerado y reacciona exageradamente ante cualquier estímulo. Pasa con quienes sufren asma, o alergias fuertes al polen o al pelo de gato.

Para estos casos, la equinacea por sí sola no es  efectiva. A esas enfermedades, debemos vincularlas con sensaciones como el miedo, sobre todo nos pasó con niños. Sus padres eran muy sobreprotectores, no los dejaban tocar algo, les transmitían miedos, entonces se manifestaban estas enfermedades.

Se hacía el tratamiento con equinacea, pero también se hablaba con los padres, se ayudaba a los chicos a verbalizar sus miedos. Miedos a la oscuridad por ejemplo. Se hacían una suerte de  plegarias para pedir y agradecer. El fin era que los adultos comprendan la necesidad de un cambio de costumbres. En lugar de dejarle al niño la luz encendida de noche, podían tomarlo de la mano y acompañarlo a ver la oscuridad, para comprobar que allí no había nada de malo.

-¿En qué país pudiste ver un Estado dedicado a poner en valor el potencial de las prácticas de medicina milenarias?

En Cuba y en México conocí con algo más de profundidad la salud estatal. El sistema cubano me sorprendió. Es público, gratuito y universal, todos tienen acceso a medicamentos y a tratamientos. Desde una quimioterapia, hasta sesiones de acupuntura, dentro de la medicina tradicional china, la cual está muy integrada al sistema de salud. También se puede optar por  tratamientos con plantas medicinales para curar un resfrío o cualquier otra dolencia.

En Cuba manejan una variada gama de tratamientos para toda la población, es impresionante. El paciente puede elegir de qué manera tratarse, puede hacerlo con una pastilla, una práctica china o una terapia con plantas.  

En comunidades indígenas de  México, vi experiencias aisladas de integración entre la medicina oficial avalada por el Estado y las prácticas ancestrales.

En un hospital del gobierno veías a médicos pediatras y obstetras, compartiendo espacio de trabajo con un huesero, dedicado a dolencias óseas, musculares y articulares; una partera tradicional que acompaña a la mujer durante el embarazo y también un curandero.  Todas estas especialidades incluidas dentro de la medicina tradicional indígena. Incluyen a este tipo de terapeutas en la medicina oficial. Hay millones de personas que utilizan sus servicios.

¿Qué experiencia te dejó la ceremonia donde probaste la ayahuasca o el peyote?

Fue fundamental para comprender el alcance de estas medicinas ancestrales. En México consumir peyote, un cactus empleado por los pueblos huicholes, fue la experiencia que con más amor recuerdo, porque en ese momento conocí a María, mi actual esposa. Fue durante un encuentro en las Sierras de Guanajuato.  Estas plantas hacen un proceso interno muy fuerte, en esa oportunidad la tomamos en forma de mezcal, una bebida derivada de la destilación del corazón de una planta llamada agave o maguey.

Me costó comprender al principio al estado de conciencia al que había llegado.

Días más tarde, en un segundo encuentro, con María fuimos al Desierto de Potosí, donde crece el peyote, volvimos a probarlo y ahí entendí una parte de lo vivido y lo que esa medicina hacía en mí.

En el caso de la ayahuasca, al tomarla se presentan síntomas corporales muy fuertes como vómitos y diarrea, es un proceso bien diferente. Los del peyote es mucho más sutil, es difícil describirlo con palabras. Recuerdo muy fuerte haber sentido una conexión especial con mi entorno.

Se distingue de estas plantas, su capacidad para volver a conectarte con vos mismo y con el universo. Todos salimos del mismo lugar y somos parte de lo mismo. Muchas veces, en el trajín del día a día, con la vida que llevamos, perdemos la conciencia de eso.

Las plantas vuelven a conectarnos a nuestro entorno, percibimos a los que nos rodean como hermanos, como pares, se logra una empatía muy fuerte hacia lo que el otro siente o piensa.

-¿Sentiste miedo en algún momento?

La primera vez fueron temores previos, no sabía cómo iba a responder. Sentía incertidumbre ante la posibilidad de perder el control. Había escuchado historias y tenía miedo de hacer algo que no esperaba o no quería hacer. Perder la conciencia y despertarte en otro lugar, por ejemplo. Esas cosas que se ven en la película. Esos sentimientos desparecieron cuando fuimos consumiendo estas plantas que nos conectaron con un camino espiritual.

El medio para acceder a esos estados, no solamente pueden ser las plantas medicinales. Se logra mediante técnicas como la meditación, el  yoga, el ayuno, o por el hecho de haber transitado una enfermedad. Hay quienes atraviesan procesos difíciles y experimentan una especie de reseteada, y cuentan: “después de esto ya no soy el mismo”.

Se trata de procesos internos, de sinceramiento sobre aquello que obviamos o tapamos porque respondemos a intereses superficiales como el dinero, la fama, o la obsesión por aquello que los demás puedan llegar a pensar de nosotros. Nos enganchamos con todo eso y olvidamos lo que realmente nos gustaría ser o hacer.

Estas plantas te vuelven a reencontrar con vos mismo, es un mirarte al espejo, preguntándote quién sos y qué querés.

Madre de Germán sirviendo tulemasi para almorzar, guna yala, Panamá.

-¿Qué visión te quedó de Cuba? Un país sobre el que se dicen tantas cosas positivas como negativas

La mayor parte de las experiencias vividas allí fueron positivas. Eso no significa pasar por alto las voces negativas, porque también merecen ser escuchadas. Hay una diferencia entre quien va unos meses, con la posibilidad de salir cuando desea, y el residente de toda la vida. Muchos que salieron de Cuba, y se encontraron con el mundo capitalista han dicho: “al final la isla no estaba tan mal”.

Miremos el mundo donde nosotros vivimos, comparándolo con el de los cubanos que pasaron todas sus vidas en su país.

Encontré allí cosas muy bonitas, sobre todo en las personas, sus valores tan arraigados, el día a día. Gestos que en otros lugares pasan desapercibidos, sobre todo en las grandes ciudades de otros países.

-¿En algún momento del viaje sentiste que tu seguridad estaba en peligro?

Cuando más miedo sentí, o inseguridad, fue cuando me mordió el perro a poco de llegar a la ciudad de México. La herida fue en el cuello, y estuvo cerca de ser más profunda. Fue el momento de más angustia. Toda vez que te pasa algo malo, enseguida extrañás, querés volver a casa, a la falda de mamá.

-¿Hubo seguramente algún lugar donde dijiste “Acá me quedo a vivir”?

En Cuba me hubiese quedado más tiempo, pero sólo te permiten estar tres meses como máximo. Podés salir y volver a entrar pero, a diferencia de Argentina, que te cruzas la frontera a Uruguay o a Chile y volvés, en el caso de Cuba se complica bastante.

-¿Hubo algún pueblo con el que lograste mejor sintonía, con el que te sentiste más cómodo?

Quizás fue con la gente de Tanlajás en San Luis de Potosí, por decirte uno, tal vez porque fue allí mi primera experiencia como médico voluntario. En realidad, me sentí muy a gusto, bien recibidos en cada lugar por personas maravillosas con quienes pasé horas y hasta días. 

Ser médico es una suerte, te brinda la posibilidad de entrar a la vida privada de las personas. Un médico entra a una casa y va directamente al dormitorio, uno de los lugares más privado e íntimos. Se nos permite eso.

-¿Hablanos de la lindo historia de amor que construyeron con María?

Fue lo más lindo del viaje. Haciendo una retrospectiva, bromeamos de hasta dónde la tuve que ir a buscar. O, cuando hacemos bromas, nos prometemos que ésta no será la única vida que vamos a vivir juntos, que serán otras y también las queremos compartir. Decimos que en la próxima vida le tocará a ella ir a buscarme a mí adonde esté. Caminaremos muchos países y nos volveremos a encontrar.

María nació aquí en Durham, de padre estadounidense y madre mexicana. María vivió algunos años aquí, otros en México y comparte las dos culturas. La mamá siempre le habló en español, y su papá en inglés, entonces así se comunica con cada uno. Y con el hermano en una mezcla de los dos idiomas.

-Todos tenemos prejuicios y en experiencias como las tuyas es necesario abrirse y dejarlos de lado… ¿Te costó mucho ese proceso?

Es paulatino, se avanza de a poco. Cuando enfrentamos algo que nos lleva a cuestionar nuestras estructuras y seguridades, aprehendidas desde chicos, y a las que siempre aferramos como verdades absolutas, la sensación es de miedo. Damos un paso atrás y decimos “esto no”, “lo seguro es lo que yo conozco”.

Con el tiempo, ves que “tus verdades” se pueden ampliar, lo mismo pasa con tus conceptos sobre la vida, tu creencia es solo una más entre muchas. Y lo bonito es que tus verdades sean nada más que una posibilidad y existen quienes pueden agarrarse de otras, porque en el mundo existen la variedad y la multiplicidad.

-¿Cómo siguió tu historia una vez que retornaste a Bahía?

Ni bien llegamos, pasamos unos días en Bahía y luego viajamos en colectivo a Santiago del Estero. María es Fisioterapeuta y quería estudiar Obstetricia. Buscamos universidades nacionales públicas y gratuitas, encontramos varias, pero la única ubicada en un centro urbano no tan superpoblado era la de Santiago.

Yo no conocía la provincia, allí pasamos aproximadamente dos años. Trabajé como médico para el Estado santiagueño, en unidades sanitarias de atención primeria de la salud, también di clases en la Universidad Nacional de Santiago del Estero. Y estuve en un programa de Naciones Unidas, brindando mi servicio en Campo Gallo, al norte de la provincia. Allá iba los lunes a la mañana y regresaba a la capital el miércoles a la noche.

-Debe haber sido una experiencia fuerte

Sí. Santiago tiene sus particularidades. Campo Gallo limita con el Bosque Chaqueño. Es la periferia de la periferia. En la capital lo llaman “el interior”. Entonces, si Santiago del Estero ya está en el interior del país, Campo Gallo vendría a ser el interior, del interior, del interior. Demoraba cinco horas en llegar en transporte público. Una vez en el pueblo, nos subíamos a unas camionetas, viajábamos otras dos horas, hasta  las comunidades ubicadas adentro del monte.

-Seguramente, viste muchos casos de desnutrición

Sí, también parasitosis en niños, por falta de agua potable, enfermedades transmitidas por animales, además de casos de abuso sexual, Un combo bastante complicado, una realidad muy dura

-¿Cómo surgió la idea de viajar a Estados Unidos?

Decidimos venirnos un tiempo. María, no logró congeniar con la carrera de Obstetra, más que nada por diferencias personales e ideológicas con algunos docentes. Fue cuando se dio el debate por la interrupción legal del embarazo. Dentro de la carrera, incluso yo lo notaba en el Ministerio de Salud, existía una clara posición en contra de la interrupción legal del embarazo. Cuando uno se evidencia la vulneración de derechos, sobre todo en cuestiones fundamentales, inclusive si la vida de la mujer corre riesgos. Entonces… ¿Qué respuesta podemos esperar, cuando pidamos que sea la mujer la que decida cómo tener a su hijo? Es difícil trabajar esos temas, sobre todo en estas provincias del norte argentino, con una cultura tan conservadora.  

-¿Cómo se está viviendo la pandemia de Covid-19 en Durham?

Acá, vendría a ser similar al caso de Brasil. Desde la Presidencia de la Nación van en contra de las recomendaciones de los organismos multilaterales de salud. Eso es un problema desde el principio, porque muchos Estados, como pasa en Brasil, están respondiendo según la estrategia de cada Gobernador, quienes, en ocasiones, están alineados con lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud o los mismos organismos sanitarios del país.

Acá se sugiere usar de tapaboca o máscaras y el distanciamiento social, igual pasa con la apertura de bares, discotecas y otros rubros.

Hay mucha prudencia al momento de decidir la vuelta a clases. Aunque, desde la Presidencia de la Nación existe una presión muy fuerte para que todo lo anterior no ocurra. Y la gente queda en el medio de esas dos posturas.

En Durham, como en todo Carolina del Norte, nunca hubo una cuarentena como en Argentina. Acá se pudo salir de las casas, a caminar o a pasear al parque. Pero se mantienen cerradas muchas actividades no esenciales en todo el Estado. Se recomienda el uso de máscara en los lugares donde no se pueda mantener los dos metros de distancia.

-¿Te está siendo fácil adaptarte a la vida en Estados Unidos o se complica?

Un poco de cada cosa. A pesar de haber pasado cuatro meses de nuestra llegada, aun no conseguí integrarme a la vida de aquí, producto de pasar la mayor parte del tiempo en la casa. Todavía no he podido conseguir un trabajo, o establecer contacto con personas, más allá de la familia de María, ni involucrarme en la vida cotidiana de la ciudad y el país. Ni bien llegamos, empezó esto del Covid-19, entonces ha sido todo muy raro.

-¿Cómo es la gente? ¿Es abierta y dispuesta al diálogo?

En este lugar de la ciudad donde vivimos, noto a la gente muy amable. Cuando salís a caminar o a correr, te miran, te saludan.

Con este tema del racismo, y el asesinato de George Floyd, ha tomado protagonismo un movimiento activo desde hace años, el “Black Lives Matter” (Las Vidas Negras Importan”.

Por ejemplo, en mi vecindario muchas casas exhiben carteles con diferentes lemas. En algunos se puede leer el poema “Ellos vinieron”, atribuido a Bertold Brecht, pero cuyo autor fue el pastor protestante alemán Martin Niemöller. Es una forma de cuestionar la política hacia los migrantes. En Durham encontré un ambiente de mucho respeto por la diversidad

-Seguramente, esperas ejercer tu profesión de médico

Ojalá así sea. Está difícil, pero creo que médicos hacen falta en todas partes.

-¿Cómo hacemos para conseguir tu libro?

“Notas Migrantes” se puede conseguir escribiéndome a mi mail matiasmurano@hotmail.com o mediante whatsapp al 2914261314.

Mi mamá ya envió algunos ejemplares a Puan, que pueden adquirirse en la librería  “Dos Soles”, de Ana María Rivero, en Santamarina 284.

“Notas Migrantes” se lee fácil. Escrito a manera de crónica, resulta ameno, ágil, poblado de anécdotas y aventuras, Matías supo cómo atraer la atención del lector, contando con las palabras justas cada vivencia. Quien se adentra en sus páginas, acompaña al protagonista a través de un recorrido por culturas desconocidas y paisajes de exuberante belleza. Uno se mimetiza con el autor, compartiendo sus inseguridades, sus certezas y el ansia constante de aprender en un viaje que lo lleva a su propio interior.

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