De Bordenave a San Luis en busca de un sueño

Hace cinco años, el veterinario Fernando Madrid y la docente jubilada Fernanda Alza decidieron cambiar de paisaje. Dejaron el distrito de Puan para radicarse en “Los Pejes”. Rodeados de la belleza de las sierras y el entorno natural puntano, tan atractivo como propicio para la frutihorticultura y la apicultura, la pareja le dio un perfil productivo a su nueva vida.

El domingo, el Diario de la República de San Luis, en una nota firmada por la periodista María José Rodríguez, da detalles sobre la labor de Fernando Madrid y Fernanda Alza, radicados en la zona de los Pejes. El ex veterinario de Bordenave y apicultor desde 1984, se volcó de lleno a la producción de miel en este bello paraje de nuestro país.

Las abejas conforman la sociedad más eficaz sobre la faz de la Tierra, tienen una de las profesiones más importantes del mundo y trabajar con ellas es todo un desafío. Al menos así lo considera Fernando Madrid, de 61 años, un hombre que inició la convivencia con ellas en 1984. Es veterinario y apicultor. “Me gusta esta actividad, la disfruto mucho, aunque tiene su costado desagradable porque la picadura de estos bichos es muy dolorosa, merodean todo el tiempo y los trajes de protección dan mucho calor”, expresa el productor, que desde hace cinco años vive en el paraje Los Pejes, ubicado en la localidad de Luján, junto a su esposa Fernanda Alza, de 54 años.

No solo coincidieron en el nombre, sino también en los sueños y en los proyectos. Dejaron la localidad bonaerense de Bordenave, ubicada en el sureño partido de Puan, para disfrutar de la tranquilidad de San Luis.

Tomar otros rumbos

Primero se mudó ella, quien asegura que está fascinada con la vista que tiene desde su casa hacia las sierras. Luego llegó él, porque aún debía atender las 350 colmenas que había dejado en su ciudad natal. “Fernanda conoce muy bien la labor y promueve la actividad entre los jóvenes del pueblo. En Buenos Aires aún tengo colmenas alquiladas, mi idea es venderlas porque quiero enfocarme en las que tengo acá, en mi finca”, cuenta Fernando, y agrega que la miel que producen no tiene una marca porque comercializan a particulares y con vecinos, que son los que la fraccionan y la revenden.

“Al principio traje cien colmenas a San Luis, como para obligarme a venir, porque me costó adaptarme. De a poco plantamos hortalizas y un montón de cosas que no funcionaron porque no vivíamos acá. Pero sorprendentemente las colmenas sí subsistieron. No lo pensé más y me vine. Acá es más sencillo trabajarlas, ya que el invierno es más corto y en muy poquitos días llega la primavera”, explica el productor, y sigue: “Si bien el volumen de la producción es menor, es mucho más barato mantenerlas porque no hay que alimentarlas, con dejarles un poco de miel en verano, ellas tiran hasta la entrada de la primavera, que es cuando empiezan a acopiar polen otra vez”.

Una producción normal para los apicultores ronda entre los 30 y 35 kilos de miel por colmena. De cien obtienen casi diez tambores.

Accesible

Fernanda también sabe de la actividad y le ayuda a cosechar, pero como dice el dicho: “En casa de herrero, cuchillo de palo”, ninguno de la familia consume miel.

La productora contó que ella se siente una promotora activa de la apicultura, ya que “es una actividad que pueden hacer sobre todo los más jóvenes. No lleva mucho tiempo de trabajo, ni grandes inversiones. Es un extra que se puede obtener sin grandes esfuerzos. No se puede vivir de esto, pero ayuda a la economía del hogar”.

“Para que esta actividad sea rentable hay que tener alrededor de mil colmenas como mínimo”, indica Fernando, y sigue: “Además se puede elaborar polen o propóleo, yo lo produzco. Tengo trampas de polen, aunque es más trabajoso. Hay que acomodar bien el material porque debe estar impecable y no tiene que tener agujeritos, ya que a la abeja le cuesta mucho entrar. Tampoco quiero crecer más porque es un trabajo que hago solo y quiero seguir disfrutándolo. No se lo puedo dejar a otra persona, hay que estar encima para evitar que se mueran. La vez que intenté tercerizar me fue mal”, reconoce.

“Donde me crié hay salas de extracción y la comercialización es sumamente fácil. Allá la apicultura es una actividad muy importante, muy común. También vendía la miel en tambores, pero el consumo es muy escaso en la Argentina. Actualmente subió la demanda, pero más del noventa por ciento se exporta. El precio es en dólares y el valor es interesante. De todas maneras aclaro que en San Luis particularmente sí se compra muchísima miel”, dice con énfasis Fernando, mientras su compañera de vida asiente con la cabeza y coincide: “Nos sorprendió mucho que la gente de San Luis consuma tanto. Allá no se vendía muy bien localmente. De hecho, en casa ninguno de nosotros consume miel. Acá pasa todo lo contrario, nos piden bastante. Vamos llenando los tambores y los que no llenamos, los fraccionamos y vendemos, tenemos contactos en San Francisco y en Luján”.

Color, sabor y textura

El clima y las características del medioambiente tienen mucho que ver en la producción de la miel. “Acá en Los Pejes toda la floración es natural. Me ayuda mucho también tener alfalfa sembrada en la finca. Está lista para hacer fardo, pero estoy especulando un poco porque quiero que crezca la producción de miel”, explica con paciencia Fernando, mientras señala la huerta que crece a un costado de la casa. Se nota que es un apasionado de la apicultura, porque conoce y explica cada detalle.

“Las abejas también pecorean el suelo en el que hay flores de pradera, su existencia depende mucho de la humedad. Esas flores aparecen en esta zona a principios del otoño. El tiempo de cosecha de la miel es a fines de noviembre y principios de diciembre. Después hago otra alrededor de mediados de febrero, con esas dos obtengo 30 kilos”, especifica el apicultor, y continúa: “El color y el sabor tienen mucho que ver con todo lo que rodea a las colmenas. Tiene el gusto de las plantas predominantes en el momento en que se produce la miel. En general acá son de buen sabor y son un poco oscuras. El algarrobo hace que la miel sea muy clara y le proporciona un sabor especial. La alfalfa le brinda un color claro y tienen el gusto que les transmite la flor. La de girasol no me gusta, tiene el sabor del aceite de girasol”, opina con firmeza.

Además, el apicultor cuenta que cuando no hay flores en cantidad suficiente en el suelo las abejas van directamente hacia la alfalfa. “Si hay de husillo cerca, una flor blanca que nace de un arbusto de la zona, la miel obtiene un perfume muy rico. Después de la lluvia su aroma es muy persistente y el bichito las pecorea con gusto. El producto final siempre toma el gusto y el olor de las floraciones predominantes”, afirma.

La vida en la colmena

Las abejas de verano viven 45 días y las que nacen en invierno pueden perdurar hasta que termina la época de frío. “Estas son las que cuidan a las crías cuando la reina vuelve a poner en primavera, al mismo tiempo empieza la primera entrada de néctar y de polen. Después se muere y las nodrizas cuidan la cría, la reemplazan. La abeja tiene que estar bien alimentada. Es un ciclo, el tiempo de vida de una abeja está ligado a la época del año en que nace”, indica Fernando y añade que todas salen de la colmena para morir: “Tienen una actitud de limpieza muy estricta”, afirma.

“Muchas personas creen que la reina manda, pero ella no es más que una obrera con un aparato reproductor desarrollado para poner huevos. Las que llevan las riendas son las obreras, incluso ellas son las que limitan y controlan a la reina. Cuando consideran que no hay mucha entrada de néctar o de polen no la dejan poner mucho para no tener más abejas adentro”, cuenta el productor, que asegura que “si perciben que la reina se pone vieja, la apelotonan y la matan, pero antes esperan que nazca o se fertilice una nueva”.

Además de administrar los ciclos reproductivos y pecorear las flores, las obreras expulsan a los zánganos de la colmena, “porque les tienen que dar de comer en la boca. Entonces los echan, les cortan las alas, no los dejan volver y destruyen todas las celdas”, revela Fernando.

El apicultor asegura que además de capacitarse sobre la actividad, lo que lo atrae es conocer en detalle el funcionamiento de una colmena, “es un mundo muy interesante, un sistema impecable, sin igual”, expresa.

Además, pone énfasis al aclarar que no hay que temerles, sino respetarlas. “Tengo la teoría de que no hay que molestarlas, ellas saben hacer su trabajo. Las ayudamos solamente al aplicarles un producto orgánico, con base en óxido oxálico, para prevenir la varroasis, que es producida por un ácaro. Es como una garrapata de la abeja que deposita su huevo junto con el de ella, se alimentan de la larva que después sale mutilada”, explica el apicultor.

Una vida de coincidencias

Fernando Madrid y Fernanda Alza están jubilados y planeaban viajar durante el 2020. “No sentimos de cerca la pandemia porque estamos aislados y seguimos produciendo miel. No nos permitió salir del país y tuvimos que invertir en la casa para que la plata no pierda valor. Tampoco pudimos visitar a nuestros hijos que estudian en La Plata”, cuenta Fernanda, y agrega que por suerte Emilia, la hija más chica, que estudia Biotecnología, volvió a San Luis en febrero y se quedó con ellos.

 En la capital bonaerense quedaron Valentina, de 30 años, quien es diseñadora gráfica; Santiago de 24, quien estudia Ingeniería Química; y Juliana de 22, quien quiere ser socióloga.

“Estoy fascinada con San Luis. Me encanta. Este era un proyecto en conjunto. Primero nos vinimos con Emilia, las dos solas, ella terminó acá la secundaria y tiene a sus amigos. Me gusta mucho porque es otra manera de vivir: el paisaje, moverme para todos lados sin tener miedo, conocer gente, parece que estoy siempre de vacaciones”, cuenta, y añade con total felicidad que hizo muchos amigos y que tiene sus propias actividades: “Estoy en la comisión de la biblioteca y en un proyecto narrativo y de lectura, además tengo un programa de radio”.

Fernando asegura que está “contento, me costó la adaptación, pero estoy haciendo cosas que me gustan. Tenemos una huerta para autoconsumo y pusimos frutales”.

“Cuando empezamos a buscar terreno en San Luis vinimos a conocer Luján. El lote que nos ofrecían estaba en el centro del pueblo y no nos gustó. Porque pensábamos seguir trabajando las colmenas y la siembra de alfalfa como tenemos ahora. Entonces empezamos a contactarnos con una chica que era veterinaria y ella nos asesoró, nos contactó con su pareja y son nuestros vecinos”, inicia el relato Fernanda, y continúa su esposo: “La compramos por internet, la vimos por un video muy explicativo. Hablamos con una escribanía para asegurarnos que estaba todo en regla. Arreglamos el precio y citamos al dueño anterior para hacer la escritura. Primero la compramos y después la vinimos a conocer. Nos encantó”.

Enamorados de la vista a las sierras, los apicultores empezaron a construir su casa hace diez años. Actualmente viven rodeados de la naturaleza, consumen lo que producen en su huerta, disfrutan de la paz que hay en la zona y conviven con buenos vecinos.

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