Entrevistas

Un pionero del paracaidismo en Puan nos contó su historia

Haciendo gala de una memoria lúcida y minuciosa, a los 88 años Héctor López dialogó con este diario digital sobre su vida y pasión por el paracaidismo. Una relación que comenzó en la década de 1950, cuando la historia del Aeroclub local escribía su primer capítulo, y él, de puro guapo nomás, se animaba a su primer salto.  La pasión por las alturas caló tan hondo en Héctor que, en 2014, con 71 años, participó del Campeonato Mundial de Veteranos en San Juan. Una historia de coraje y aventuras que selló lazos de amistad aun sólidos con varios vecinos de nuestra localidad.

Nacido en Carhué en los albores de la década de 1930, a los 37 años terminó radicándose en Casbas, partido de Guaminí. Sobre su relación con Puan, nos cuenta: “Llegué con 18 años, a principios de Febrero de 1951, con la intención de aprender carpintería con Julio “Mono” Giménez, que tenía su taller en la esquina de San Martín y Lavalle, donde hoy existe una agencia de quiniela.”

Su memoria prodigiosa lo transporta al 3 de Marzo de 1951, cuando, junto a una joven Mireya Cildóz, llegó en bicicleta al predio del Aeroclub, donde se llevaban adelante los preparativos para la celebración de su tercer aniversario.

“Allí vi a un señor vestido con mameluco blanco, que subía y bajaba de un avión. Iba y venía… entonces pregunté quién era y me dijeron: “El “Loco” Schell”, recuerda Héctor acerca de otro de los pioneros de la aviación puanense.

El relato de  Héctor siguió: “Unos días después, estaba en la esquina del Banco Nación y pasó Schell en bicicleta. Antes de llegar a la peluquería de Rosell, regresó y ahí mismo me invitó a formar parte de la Escuela de Paracaidismo porque precisaba alumnos. Le dije que sí, que me anotara”.

Tiempo después, cuando Héctor estaba en la pensión donde –recuerda—“paraban los forasteros”, encontró un paracaídas colgado. “Ahí me di cuenta que la propuesta iba en serio. Así se formó el grupo de unos 20 alumnos.

“El 3 de septiembre de 1952, Acosta y yo hicimos el primer salto. Después, “Lauchín” Baglioni. También recuerdo a Lupín como integrante de  aquel grupo”, rememoró sobre aquella jornada inolvidable.

-¿Sintió miedo? ¿Cómo eran los paracaídas de aquella época?

-No sentí miedo. El paracaídas pesaba un montón, era como una sombrilla redonda y grande.

-¿Qué edad tenía usted?

-19 años. En ese tiempo, la distancia de salto tenía un mínimo, por ley, de 300 metros, no se podía pasar ese límite. Lo más alto que llegué a saltar fue desde 3.200 metros, durante el Campeonato Mundial de Veteranos en la Provincia de San Juan, en el 2014.

Fui a participar, pero no en la competencia oficial. Y desde allá me trajeron, después de varios días en el hospital, con la pierna quebrada. Me trasladaron 800 kilómetros en ambulancia, para mantener mi pierna inmovilizada. Tenía una prótesis de cadera y se aflojó en el fémur. 

En general, no debía hacer fuerza al estar operado de cadera, pero yo igual podaba plantas y subía a los techos. Hoy todavía lo hago.  

-Entonces, usted a su edad es un privilegiado.

Creo que sí. Siempre me eligieron para hacer ciertos trabajos. Viví cosas buenas pero también sinsabores. Pude haber sido el primer paracaidista de la Patagonia, porque cuando me tocó el Servicio Militar, el jefe de Infantería de Bahía Blanca, me prometió que me enviaría a Córdoba a capacitarme, pero eso no ocurrió. Entonces, cuando comienzan a mandar personal a la Patagonia, deciden destinarme a Río Gallegos. Allá aprendí mecánica y a manejar todos los vehículos, hasta esos que nadie quería subirse, como una oruga.

-¿Cómo se le dio la posibilidad de ser el primer paracaidista de la Patagonia?

Cuando a uno de los Tenientes le conté que era paracaidista me preguntó: “¿qué estás haciendo acá?” y me dijo que días previos a mi arribo a Gallegos, habían enviado a dos colimbas a Córdoba con condiciones para el paracaidismo. Meses después, pude salir en la primera baja. Después, anduvimos haciendo trámites para lograr la autorización e ir a Córdoba, pero no se dio”.   

-¿Cuántas veces saltó?

Alrededor de 300, porque a la licencia recién me la dieron cuando ya estaba dejando de saltar. En 1956, fuimos al Campeonato Internacional de La Matanza. Con Acosta, estuvimos representando a Coronel Pringles.

Tuvimos muy poca suerte, porque en la primera rueda del sábado fuimos todos descalificados, así que volví a saltar el domingo y tampoco tuve suerte. Quedé en el puesto 17. Son gajes del oficio en esta actividad.

-Dicen que la satisfacción y la sensación experimentadas en cada salto son únicas. Una suerte de contacto con la libertad más plena y absoluta

Sí, y en aquella época era muy riesgoso, los saltos de tándem se hacían prácticamente sin instrucciones. Hoy en las clases, van atados y acompañados por un instructor que los trae hasta tierra. Uno en esto se divierte o se asusta.

¿Qué mas recuerda de aquellas épocas en Puan?

-En mis comienzos, trabajé en la carpintería de Juri y mi primer trabajo fue la habilitación del Instituto María Susana, cuando la familia Torre entregó ese edificio. Una anécdota chistosa: las monjas se levantaban a las 3 de la mañana y estando en plena época de clases, hicimos el cielorraso del dormitorio que, todavía recuerdo, tiene 6.35 x15 mts. Preparamos los andamios y a la mañana del día siguiente, arrancamos a eso de las 8:30 horas. Trabajamos todo el día, a las 23.30 horas pusimos el último clavo del cielorraso. ¡Las monjas estaban contentas! (ríe).

 -¿Siempre trabajó de carpintero?

-No, me realicé en otros oficios también. Trabajé en una casa muy importante de frenos, en Neuquén, después cuando falleció mi padre, mi madre quedó sola, entonces me arriesgué, decidí como quien dice “tirarme a la pileta” y me fui a continuar con el negocio de los frenos a Casbas. Me fue bien.

Mi padre había sido resero, prácticamente era un esclavo de su trabajo, siempre estaba afuera. También estuvo como encargado de una feria.

-Seguramente hizo amistades en todos los lugares donde vivió.

-Sí, en todas partes hice amigos. En Puan los tuve, un grupo formado por las familias Juri, Cildoz, también la de Florencio Russo. Recuerdo que había en esos años una especie de Comisión de Fomento para organizar festivales a beneficios de las escuelas. Además, recuerdo a las familias Beiserman, Michelutti y Ponce. Habíamos católicos, judíos, evangelistas, todos profesábamos distintas creencias, pero no había desigualdad en el trato.

-¿Qué otro deporte practicó en Puan?

-En 1951 también corrí la primera carrera de bicicletas. Fue en una bici que me prestaron, pero no puede finalizar el trayecto (ríe); abandoné en la curva de la ruta que se une a la vía. Como no era local, corría en la primera categoría. Después, ya con bicicleta propia, compartí lindos momentos con ciclistas de verdad como Toti González, Tito Del Castillo, Reynoso y López.

Cuando hacíamos paracaidismo, salíamos de la pensión de Tula, frente a la plaza, con los bultos al hombro, corriendo hasta el Aeroclub.

Aldo Del Castillo y Toti González eran profesionales, tenían el paracaidismo como meta y lo cumplían. El resto hacíamos lo que podíamos.

-El paracaidismo le debe haber dejado muchas anécdotas

Hicimos de todo. Me tiré con Acosta en la cancha de Puan Foot Ball Club, durante una carrera de sortijas. Una vuelta, con Echave, íbamos en el avión, y cuando pasó por arriba de la cancha de Independiente (ahí en ese entonces había una pista de ciclismo), se me ocurrió tirarme. Cuando me preguntan alarmados ¡Qué vas a hacer! yo ya me había largado, a pesar de no tener la altura suficiente. El salto de menor altura lo hice en Bordenave, desde 120 metros; preparándome para competir por el récord mundial. Lo estaba reemplazando a Schell que había tenido un accidente. Después, por falta de fondos no pudimos continuar.

Una noche, en Salliqueló se me ocurrió caer en un jardincito, ubicado frente al hangar. Ahí estaban haciendo un asado. Probamos tres veces hasta que me ubiqué para saltar, me largué a 180 metros de altura, fue el primer paracaídas de mi vida que no abrió. Al principio, cuando fui a agarrar la linterna y así marcar el horizonte (Cuando hay luces cerca no se ve), se abrió el paracaídas de emergencia. Fue una acción involuntaria, no sabía que el principal no abriría. Eso me salvó, porque faltaban apenas 12 metros para llegar al suelo.

-¿Es un deporte caro?

-Hoy sí porque hay que comprar los materiales. Antes lo enviaban desde Aeronáutica y había subvenciones por salto, pero igual no alcanzaba a cubrir los gastos de combustible del avión.

Recuerdo que aquel salto en Bragado, el 12 de Octubre de 1958, cuando había nacido mi hija. Regresamos el 13 de octubre y nos agarró semejante tormenta que debimos bajar en Daireaux. Antes, había querido hacerme un seguro de vida, pero no me cubría todos los riesgos. Entonces, me pregunté… ¿Para qué quiero un seguro si no me cubre? No quería dejar a mi familia en la calle, por eso decidí dejar la actividad. Cerré las bolsas y no las abrí más.

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