Cultura

Homenaje a los Bolseros Anarquistas en Jacinto Arauz

Con motivo de cumplirse 100 años de aquel 9 de diciembre de 1921 la localidad de pampeana volvió a recordar aquellos sucesos, conocidos como “la masacre de Arauz”, con una serie de actos entre los que se destacó el 35° Encuentro de Letras que anualmente organiza la Asociación Pampeana de Escritores (APE). La jornada llevó el nombre de Jorge Etchenique, sociólogo, historiador y escritor, autor de “Pampa Libre. Anarquistas en la pampa argentina”, obra en la que recogió y difundió este hecho histórico.

(*) – Por Ariel García- Frente a los galpones del ferrocarril cuyas vías atraviesan el pequeño y ordenado pueblo pampeano, aún permanece intacto, como un verdadero bastión de la memoria, el edificio que fuera el bar de Amor y Diez, lugar de encuentro de los estibadores que en aquellos años ’20 sufrían la cruel explotación que ni sus cuerpos ni sus ideas anarquistas estaban dispuestos a tolerar. En ese espacio donde la historia no oficial encuentra su refugio, desde donde enfrenta el paso del tiempo y el olvido, funciona hoy el Centro Cultural “Semillas”.

-Estamos acá desde hace dos años, aproximadamente. El actual dueño del local cerró el bar y nos ofreció el espacio para abrir este Centro- nos dice Mayte Heimbigner, profesora de artes visuales, quien nos recibe en la cálida mañana de diciembre- Como la pandemia nos obligó a permanecer en el pueblo, decidimos con otras dos amigas, Florencia Candia y Nadia Hernández, hija del propietario de este lugar, crear este Centro Cultural y desde el primer momento trabajamos junto al municipio en la organización de diversas actividades. 

-¿Cómo surgió la idea de organizar, aquí,  el Encuentro de las Letras pampeanas? ¿Lo propusieron ustedes?

-En realidad la Asociación Pampeana de Escritores ya estuvo presente con este Encuentro cuando se cumplieron los 90 años. Y a mediados de este 2021, pensando en el centenario, estaban decidiendo la sede y el nombre del 35° Encuentro, que finalmente se llamó “Jorge Etchenique” por todo el trabajo de investigación realizado por este historiador. Nosotras ofrecimos el espacio para que también se desarrollen en él algunas actividades, y aceptaron con mucho gusto.

-¿Cómo fue el desarrollo de esas actividades?

-Comenzó el jueves 9 con los actos oficiales y la inauguración del monumento, ubicado entre los galpones del ferrocarril. Ya estaba la réplica del burro (escalera por la que el estibador llevaba la bolsa a lo más alto de la estiba) pero para esta ocasión se le agregó un techo a dos aguas -como esos galpones en los que se acopiaba el trigo- y la estatua del bolsero. Además se presentaron las “cinco estaciones”, que son paneles con fotografías y referencias que organizan un recorrido por los lugares más significativos de esta historia. La primera estación está a la entrada del pueblo, otra aquí -frente al Centro Cultural- y la última en el cementerio donde están los cuerpos de los anarquistas que murieron en el enfrentamiento con la policía. Estos paneles fueron ideados por el profesor Jorge Román y construidos por alumnos de la Escuela Técnica. La participación de los colegios como de la Municipalidad ha sido fundamental en la organización de estos actos, como así también la colaboración de María Elena Bertón, del Museo, quien se encargó de la muestra fotográfica que se desarrolló en lo que fue el Galpón de Encomiendas y que permaneció abierta hasta el domingo.

-El sábado 11 continuaron los actos con el Encuentro de la APE…

-El sábado se llevó a cabo el Encuentro de los Escritores Pampeanos sobre la base del eje temático “Literatura y la Patagonia Trágica”. Contó con la presencia, aunque en forma virtual, de figuras destacadas como Liliana Ancalao, poeta mapuche, y el escritor e historiador Marcelo Valko y, por supuesto, escritores de toda la provincia de La Pampa que una vez más se dieron cita en nuestra localidad. La actividad cerró con la actuación de Mirta Maraschio -actriz, esposa de Jorge Etchenique- interpretando el monólogo “Flores rojas hasta el tallo”. Y por último, el domingo 12, se presentó la cantata Trigo y Discordia -de cuyos textos es autor Guillermo Herzel, guatrachense- con la participación del Coral Guatraché y Coro Municipal de General Campos, con la dirección de Mario Figueroa. El mismo día se proyectaron los videos del realizador Willy Bonjour, otro del grupo Querencia y el de la Biblioteca Popular “Edgar Morisoli”. Dentro de estas actividades quiero destacar el Reconocimiento a cinco bolseros que aún viven en nuestro pueblo. Dos de ellos estuvieron presentes, y fue realmente emotivo poder escucharlos. Ambos recordaban esta historia de lucha y violencia que conocieron por los comentarios de sus mayores.

Clara Corvalán, Alicia Santillán, Sergio Di Matteo y Silvio Tejada de la APE.

LA MASACRE DE ARAUZ

“En la interminable llanura pampeana de los años ’20, aparte de cereales se cultivaban injusticias y se cosechaban rebeldías”, dice la periodista Vanina Hauser en una nota publicada en el diario pampeano La Arena. Interesante comentario que incorpora lo sucedido en la vecina localidad de Jacinto Arauz, cuando en el 1921 los trabajadores de las estibas decidieron apelar a su arma más importante para conseguir una serie de mejoras laborales: la huelga.

Presentaron ante las firmas cerealeras un pliegue de condiciones en el que pedían -entre otras cosas- que el peso de la bolsa no excediera los 70 kilos; que el trabajo se pueda hacer caminando y no al trote, como exigían los patrones; y que no existiera entre ellos la figura del capataz. No fueron escuchados. Los dueños del cereal trajeron estibadores de otros lugares para reemplazar a los huelguistas, pero estos tampoco estaba dispuestos a tolerar “carneros” de modo que los “devolvieron” a sus lugares de origen. Ese grupo de trabajadores que abrazaban las ideas del anarquismo, fue convocado a la Comisaría para dialogar y llegar a un acuerdo. Pero en lugar de diálogo encontraron una brutal represión de la que se defendieron a balazos. Aquel 9 de diciembre murieron cuatro policías y dos bolseros, entre ellos el santiagueño Carmen Quinteros. El resto, los que sobrevivieron al tiroteo, dispararon a refugiarse en los montes hasta que fueron cazados uno a uno y encarcelados. Los buenos oficios de un juez permitieron que dos años después de lo sucedido, quedaran en libertad. Los malos oficios de los que escribieron la historia oficial intentaron imponer otro relato y apelar a la desmemoria.

-En el cementerio -nos dice nuestra entrevistada- hay un monumento en homenaje a los policías caídos esa tarde. Pero no se sabe con certeza dónde están la tumbas de los anarquistas que mataron. Por eso se ubicó allí la quinta estación.

Triunfó la memoria. El vecino pueblo pampeano reconstruyó la verdadera historia y hoy la ofrece a las nuevas generaciones.

-Cuando Hugo Hernández nos cedió este espacio, que anteriormente había sido su bar, nos puso tres condiciones: No se toca el mural del bolsero pintado en el frente del edificio, no se toca el nombre de lo que fue su bar: “Carmen” (en homenaje al Carmen Quinteros, bolsero muerto por la policía) y no se tocan los colores rojos de las paredes, que simbolizan al anarquismo. Hugo es un gran defensor de esta historia, un gran defensor de la memoria.

ROJO MUJER– Jorge Etchenique-

Su mujer nunca había llevado flores al cementerio, en realidad a ningún cementerio, pero ahora las depositaba con cuidado sobre la tierra removida, con un dolor de fondo que la cubría de gestos tiernos y para demostrar que sólo podía expresarlo así, sobre esos pocos metros donde se ensaya tozudamente la comunicación con un muerto.

La diferencia es que ella transformó la tumba en un estandarte.

Esa vez tampoco quiso ir sola. Los pocos compañeros de su marido que no habían caído en el tiroteo o que no habían huido o no estaban buscados en los montes o casa por casa, la acompañaron por una huella que serpenteaba bajo un cielo pampeano límpido, tan ancho como la llanura de abajo. Juntos arrojaron las primeras flores rojas que se esparcieron dentro de los límites del corral con verjas que cercaba la tumba.

Desde lejos se veía el rojo como una señal que convocaba a la gente para decirle: “¡mírenme, no he muerto!,” pese al trozo de madera y sin cruz que decía “Carmen Quinteros 1897-1921”. Cuando emprendió la vuelta al pueblo tras ese ritual de amor militante, la viuda se apartó del grupo, retornó a la tumba, arrancó el corral y lo arrojó a un costado. Los compañeros la esperaban sorprendidos, interrogantes. Les dijo sin detenerse, enojada, al tranco largo:

– Si las flores no tienen jarrón, Quinteros tampoco. En la casa la esperaban sus dos hijos. Toda dolor, todavía no se había puesto a pensar qué sería de ella y de ellos. Por lo pronto entró en la pieza que compartió el último año con Quinteros, un sitio donde él podría haberle confiado su miedo, pero no, se lo dijo cuando iban los dos a la estación de ferrocarril esa madrugada en que se definiría la tensa relación con los mercenarios contratados por la casa cerealista para abortar la huelga de bolseros. Ahí, en ese trayecto, tanteó el revólver que llevaba en la cintura y se animó:

– Si muero, que me entierren en cualquier parte.

 En la pieza donde pasaba la mayor parte de las horas, juntó los restos de alambre y papel con que había hecho las flores, las veinticuatro flores rojas. Las hizo con alambre que cortó su hijo mayor y los dobleces de papel crepé que ensayaba el menor, en un silencio que interrumpían para llorar solos, sin apuro, en familia, el segundo día tras la muerte de Carmen Quinteros.

No le hizo caso.

Aunque fue lo último que le oyó decir, ¿qué es eso de enterrar en cualquier parte? Cuando lo escuchó pensó que era una fanfarronada de un anarquista que renegaba hasta de la autoridad de la muerte. También se le cruzó que podía ser miedo, pero no le dijo nada. Ella cuidaba su fama de valiente. El entierro arrancó cuando uno de los carreros que acercaba las bolsas de cereal a la estación desoyó las amenazas de perder la changa. El cajón, pobrísimo, fue llevado hasta el carro por los cuatro adultos que había en la casa a esa hora de la mañana. La viuda y sus hijos, la mujer del delegado de la Sociedad de Resistencia y dos compañeros a quienes les daba lo mismo volver a trabajar o no de changarines en la estación, marcharon detrás del carro, temerosos de cruzarse con la caravana de autos que llegaron de varios pueblos para rendir las honras fúnebres a los policías muertos en elenfrentamiento.

2

En el cementerio, los cuatro se turnaron para palear la tierra que coronaron con un corral que uno de los bolseros sacó de otra tumba cuyo ocupante nadie recordaba, simplemente para vestir un poco más tanta pobreza de muerto, justo un día después de la muerte de Carmen Quinteros. En la misma pieza austera, de paredes blancas y sin adornos, lo velaron luego de largos trámites y demoras de la policía en entregar los restos perforados de su marido. Pocos se acercaron a acompañarla, pocos habían quedado en el pueblo para decir una última frase libertaria, pocos la vieron vestida enteramente de rojo desafiante de todo lo negro, el mismo día que mataron a Carmen Quinteros.

En esas horas, todavía con más furia que dolor, repasó la salida de Santiago del Estero cuatro años antes rumbo a La Pampa a trabajar en las hachadas del caldén, trabajo duro y peor para andar con familia, sin educación ni sanidad en los obrajes. Quinteros siempre esperó una vida de pobre pero quería evitar una vida miserable. Resolvió entonces que seguirían más al sur, por las vías del cereal, a probar de bolsero en Jacinto Arauz. En una fonda del norte pampeano le habían confiado que la paga no era mala y que encontraría españoles, los mismos que le enseñarían después el abecé del anarquismo.

Su mujer, antes y después de este segundo partir, le advirtió: – Quinteros, oíme, en el sur está la desgracia.

No le hizo caso.

Junto a otras mujeres de bolseros, llegó corriendo hasta la esquina de la comisaría desde donde se divisaba el caos de muertos y heridos, el estupor de los vecinos y las primeras señales de una persecución que duraría semanas.

Los sollozos le salían como hipos que alternan instantes de creer y no creer lo que veían sus indignados ojos negros. Juró que algún día devolvería al comisario su ladina forma de mirar a los que no se resignan, su engaño de conducir al patio policial a los ochenta estibadores a dialogar, cuando en realidad quería desarmarlos a palos.

Anhelaba devolverle las cuatro balas de wínchester con que mató a Carmen Quinteros, exactamente a las 9,30 de la mañana del 9 de diciembre.

Quinteros estaba en paz, no por muerto sino porque de rodillas, atravesado, alcanzó a gatillar y con un hilo de vista comprobó que un uniforme se desplomaba. Ella no. Toda furia, empezó a buscar en su memoria dónde estaba el vestido rojo, como rojas imaginó que serían las flores hasta el tallo.

“TRIGO Y DISCORDIA”

La cantata “Trigo y discordia” fue escrita por el poeta guatrachense Guillermo Herzel y musicalizada por Mario Figueroa, director de Coral Guatraché, y narra aquella huelga de los bolseros brutalmente reprimida por la policía. La obra fue estrenada en 2002 y grabada en un disco editado en 2006. Compartimos algunos de los textos de esta Cantata que también -y como no podía ser de otra manera- formó parte de los actos del Centenario de la Masacre de Arauz.

“El hombre del lenguaje extraño se agachó.

Dobló su espalda para que las manos

pudieran abrir la tierra nueva.

El hombre solo,

acompañado de la más brutal soledad

de aquella pampa,

tomó la vida pequeña entre sus manos

y se la entregó a la tierra.

El hombre

-rudo después del mar-

tembló al guardar aquellas semillas

en la oscura virginidad

recién inaugurada.

Aquel hombre que intentaba

la amistad del continente,

aquel centinela de sueños nuevos,

sembraba,

y un pueblo más crecía sobre la pampa.

EN JACINTO ARAUZ

JacInto Arauz es el pueblo

donde transcurre la historia

de estibadores y luchas

de esperanzas y derrotas.

Las calles de la estación

son testigos del relato,

como el bar de “Amor y Diez”

y el galpón ferroviario.

Allí en el sur de la pampa

las cosechas maduraban,

en la paz de la llanura

y el sol de cada mañana.

La gente en las trilladoras

el pistín llenando el carro,

iba creciendo la parva

y el cansancio del trabajo.

Y otro carro se llenaba

con bolsas de trigo nuevo,

camino de la estación,

camino a bolsillo ajeno.

“Millones de siglos necesitó el hombre

para encender la luz, para que la tierra asociara con el agua su abundancia,

para llegar a la semilla y paraque la semilla,

en complicidad con el sol, edificara su lenguaje.

Tanta resistencia como las velas ofrecieron a los vientos,

tanta noche de calma bajo las tormentas.

Tanto tiempo para levantar los brazos,

para caminar erguido, para escribir la carta.

Tanto esperar la lluvia

para tener en la sangre la eternidad dispuesta.

Siglos para derrotar al silencio.

Tanto milagro amontonado no puede tener otro destino

que un pueblo de fiesta por el trigo nuevo

en la alegría del saludo”.

EL ARREGLO

Viajaron los delegados

a negociar a Bahía

el salario y el trabajo

del mundo de las estibas.

No queremos capataz,

trabajamos ocho horas,

extra si pasa la bolsa,

son conquistas de la FORA.

“Ahora soy el capataz”,

dice un matón desafiante,

“Usted no es de los nuestros,

es un traidor, un farsante”.

Eran dueños de la fuerza

con que crecía la estiba.

Solo querían trabajar

en condiciones más dignas.

(*) El autor de la nota reside en la localidad de Bordenave, es docente del CEPT 30 de 17 de Agosto y coordina la publicación mensual El Barbecho en la que participan alumnos de esa comunidad educativa.

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