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Rodrigo, una bicicleta, un perro… y mil historias para contar

Un buen día, antes de cumplir los 30, Rodrigo Astorga, decidió darle un vuelco a su vida. Dejó atrás su profesión de abogado y abrirse a un mundo nuevo, lejos del ruido, los pleitos y las mezquindades humanas, en el escenario vertiginoso como el que propone cualquier gran urbe, en este caso la ciudad capital de Córdoba, donde siempre vivió. 

Las rutas y los caminos polvorientos del norte del país fueron testigos de su itinerario que hoy hace en bicicleta. Cuando su travesía lo llevó a Chile, se ganó un compañero: su perro “Mafi”. Desde ese momento, estos dos incasables viajeros recorren la geografía de nuestro país, llegando a nuestra región, en una aventura que tiene todas las condiciones para ser parte de una película o un documental.

Rodrigo se define como amante de la naturaleza, siempre dispuesto a hacer amigos en sus viajes. Este abogado de 32 años, cambió la fría letra de la ley por literatura, animándose con la poesía. Con un libro en su haber, ya está pensando en el próximo.  

Los caminos que recorre están colmados de nuevas vivencias, que invita a descubrir culturas, paisajes peculiares y maravillosos, para la mayoría desconocidos.

En diálogo con Todas las Voces, habló sobre su libro “Chango”, integrado por narraciones y poemas, fruto de su experiencia en el Parque Nacional Pan de Azúcar, en Chile. También, nos cuenta los pormenores de su extensa estadía en ese país limítrofe, debido a las restricciones impuestas por pandemia.

¿Cuándo iniciaste tu camino?

Salí el 10 de febrero desde Córdoba con la idea de venir hasta Bahía Blanca y conocer la Provincia de Buenos Aires. La estrella que venía guiándome en el camino me llevó a conocer a Ricardo Iorio, afincado en la zona de Tornquist. Su poesía y lírica me motivaron a conocerlo. Comencé a escucharlo a los  12 años, en bandas como Almafuerte, Hermética y V8. Sabía que vivía en Sierra de la Ventana pero no sabía en qué oportunidad  iba a poder encontrarlo. Pero tenía fe. En el camino hablé en algunas radios y comenté mi deseo, así fue que me contactó un amigo de él y me dijo cómo llegar a la casa. Fui hasta el lugar pero no estaba y cuando volví por segunda vez, lo encontré. La verdad, Ricardo me trató como un amigo de toda la vida, es una persona muy hospitalaria, de buen corazón. Estuvimos conversando mucho, desde las 3 de la tarde hasta las 12 de la noche, para mí fue fantástico.

-Cómo era tu vida en Córdoba antes de iniciar tus viajes?

Me recibí de abogado y estuve trabajando en una Unidad Judicial, pero siempre tuve la idea de viajar. Nunca se me había dado, así de esta manera, un viaje sin tiempo, sin límite ni fecha de regreso.

En el 2019 tomé la decisión de renunciar al trabajo, al modo de vida normal, por decirlo de alguna forma, porque realmente renuncié a todo. Vendí mi auto, dejé la casa que estaba alquilando y con mis ahorros me fui.

-¿Con qué destino saliste?

Mi idea era legar a Colombia, quería ir a Cartagena. Salí con una ambición tremenda, pensando que me podía llevar el mundo puesto pero el viaje me fue dando lecciones como para empezar siendo más realista con los objetivos y de tomarme el tiempo necesario para conocer lugares y culturas. Pensaba llegar en un año, pero hay muchos kilómetros desde Córdoba a Colombia.

-¿Con qué dificultades te encontraste?

La dificultad más grande apareció en el tercer día. Estaba súper entrenado porque venía compitiendo en bici de manera amateur, entonces pensaba en cubrir un promedio de 80 km por día. En la primera jornada hice 76 con muchas subidas y en la segunda, hice unos 110. Era una semana de mucho calor, en Enero, y al tercer día ingresé en un camino que no conocía. 100 km entre los Túneles de Taninga y la ciudad de Chepes, en La Rioja. Es una zona de mucho calor y una ruta abandonada. En un primer momento, pensé que por ser el trayecto llano podía llegar, pero me encontré con un suelo arenoso. La bicicleta se hundía y no podía ir a 20 km por hora como había pensado. Y en el medio, el agua estaba súper caliente. Pensé que iba a morir. Esa zona se la llama desierto de Chancani.    

Así, llegué al ranchito de una familia muy humilde que me convidó agua fresca y unos mates. Pasé la noche con ellos y al otro día salí bien temprano para evitar lo más posible el calor, aunque a la noche hacía 30°. Así llegué a Chepes y después seguí mi viaje por San Juan, Mendoza e hice el cruce de Los Andes hasta Valparaíso. Desde allí hasta el norte de Chile, alcanzando Pan de Azúcar. Todo esa parte fue de disfrute total. 

-La naturaleza se disfruta de otra manera…

En bicicleta vas a una velocidad lenta, podés ver los detalles, sentir los aromas, se te acerca la fauna.

-Tenés un compañero de ruta, ¿Ya era tu mascota antes de partir?

-Mafi, mi perro, en realidad se llama Mafioso, lo adopté en Chile. La familia de un amigo necesitaba encontrarle un hogar y las niñas me pidieron que lo lleve conmigo. Les dije: “bueno, habrá que ver si se adapta y quiere estar conmigo”. Estábamos en esa conversación y Mafi, escuchando se sentó a mi lado y no nos separamos más. Él también es un alma viajera.

-Seguramente hubo alguna situación detonante que te hizo dejar tu vida rutinaria de trabajar en la ciudad.

 La decisión llegó luego de un viaje a El Calafate. No fue por una situación negativa la idea de viajar. Fue originada por un hecho positivo, porque me encontré con lo que a mí me gustaba.  Creo mucho en la influencia de la naturaleza y el glaciar tiene este fluir lento. Esa semana que me tomé de vacaciones, sentí que el tiempo se detuvo y pude observarme, y ver a otras personas dedicadas a lo mismo que yo deseaba hacer desde chico. Y no lo estaba haciendo. Encontré a gente viajando por el mundo, y me dije: “¿Qué hago que no estoy cumpliendo mi sueño?”

– Tu decisión te alejó seguramente de los problemas propios de la vida moderna que plantea toda gran ciudad. ¿Qué mirada tenés  al respecto?

En relación a la gente que queda en la ciudad, son elecciones y no está mal. Para mí, lo que nunca tiene que cesar es la búsqueda de lo que te apasiona y sobre lo que viniste a hacer en este mundo. Nuestra presencia acá no es casual, estamos porque venimos a cumplir con algo que nosotros podemos dar. Entonces es importante realizar esa búsqueda y preguntarnos cuál puede ser nuestro aporte. 

Hubo mucho sufrimiento en estos últimos años y no estuve exento de eso porque me agarró la pandemia cuando presenté el libro en Chile. Y si bien estaba en este paraíso que es Pan de Azúcar, no es lo mismo que estar por voluntad a permanecer porque no te queda otra. La libertad para el ser humano es fundamental, por eso hemos sufrido tanto. Sin libertad no podemos realizarnos.

-¿Conocías a Puan?

No lo conocía. Te cuento como fue mi viaje. Entré a la Provincia de Buenos Aires por Junín, llegué a Huanguelén, pasé por Carhué y Pigüé. Luego crucé el Abra de hinojo hacia Dufaur, Tornquist, Villa Ventana, Sierra. y desde Saldungaray fui al Dique Paso de las Piedras. Después continué por tierra hasta Cabildo y salí por el Puente Canessa a Bahía Blanca. Desde esa ciudad, continué por la Ruta Nacional 35 hasta Chasicó y después tomé la 76 hasta Puan.

En Bahía me contaron que acá había una isla y había un muchacho que vivió seis años allí. Un amigo me pasó su contacto para visitarlo porque me llamó mucho la atención el hecho de vivir en una isla. Y me encontré con que José ya no está más ahí. Es una suerte de sincronía haber llegado cuando no hay nadie.

-¿Te gustaría vivir ahí?        

Sí, pero de manera transitoria. No es mi idea quitarle el lugar a nadie.    

-Contanos sobre el proceso que te lleva a escribir el libro

En Abril de 2019 estaba en Pan de Azúcar con la idea de quedarme tres días en ese Parque Nacional maravilloso. Es una combinación entre el desierto de Atacama, el más árido del mundo y el Océano Pacífico. Hay una isla que produce una surgente de la corriente de Humboldt  y genera una explosión de naturaleza, brindando variedad de aves, mamíferos y peces. Cuando ves la vegetación, parece muerta, pero se alimenta de la niebla. Son plantas que desarrollaron micro cabellos para absorber la humedad de la mañana, en momentos que el agua fría del océano choca con la corriente cálida y genera niebla.

Fui a conocer a la mamá de un amigo, y como ella no estaba me recibió Franco Bosques un cazador submarino. Franco vendría a ser el Messi de la caza submarina, tres veces campeón panamericano, muy habilidoso. Al final me fui quedando porque me había hecho amigo de todos.

En el lugar había unas 20 casas, un paraíso sin tiempo, como una caleta. Para mí fue una experiencia grandiosa trabajar con ellos.

Los cordobeses pertenecemos a una cultura muy alejada del mar. Fue hermoso estar en el mar y ver a los pelícanos todos los días, así como defines y lobos marinos. La experiencia fue transformadora, el desierto es un lugar que te invita mucho a la reflexión, por la soledad que evoca. Me hizo encontrarme con la escritura y lo primero que escribí fue el poema del pelícano. Es un ave que siempre me sorprendió. Tiene gran porte y hace ese clavado invertido en un ángulo perfecto. Y si no fuera así de perfecto, el ave moriría al quebrarse el cuello por el propio peso de su cuerpo.

Me pregunté cómo el pelícano llega a hacer ese movimiento. Además, vienen todos los días al muelle a buscar restos de pescado. Entonces, vi una contradicción media poética, eso me inspiró a escribir los versos de “Pelicano”.

Impresionante vuelo el del pelícano, rasante, casi tocando el agua con la punta de sus alas.

Avanza amenazante con su pico, vuelo de caza, de pronto observa un cardumen y de manera grácil se eleva, dos, tres y hasta seis metros, culminando la maniobra, con una vuelta literalmente mortal en la cual mira, la ubicación exacta del elegido para morir.

Lo ingiere en una sola pieza y luego va a la costa, al borde del muelle en caleta Pan de Azúcar, donde olvida que es un maestro del aire, y se convierte en un mendigo”.

A esto lo escribí un poco jugando y se lo leí a Franco y a su primo “El pollo”. Me decían qué bueno está! Todos ponderaron mis palabras y eso me llevó a escribir el libro. Es una novela narrativa,  comienza cuando estoy por ingresar al parque y toda la transformación que se da en mi interior. Además, aparecen poemas surgidos en el momento de la narración en que comencé a inspirarme. De cierta manera, es como un paratexto que interactúa con mi relato.

-¿Presentaste el libro en Chile?

Sí, también en Córdoba y en varios lugares del camino que había hecho. Allá, en Chile, fue recibido con un cariño impresionante. Es un libro que refleja las cosas tal cual ellos me las han dicho.

-Probablemente nunca nadie había escrito así de la tierra que los vio nacer…

Ellos vieron que llega alguien de afuera y reconoce lo que ni su propio país reconoce.  Lo valoraron muchísimo y a parte se sincronizó todo para que el libro salga en Enero y en Febrero de 2020, los reconocieron por ley como pueblo aborigen. Les dieron un reconocimiento por el cual luchaban desde hacía años.

-Entonces, fue muy importante tu aporte

El consejo nacional del pueblo Chango me dio una distinción por haber aportado al reconocimiento legal de ellos. Solamente, hice un aporte, ellos obtuvieron ese reconocimiento por toda la lucha que vienen haciendo, pero lo que veo y destaco es que salió todo sincrónico. Cuando llegué en marzo, ellos estaban en un clima de fiesta, usando su bandera.

-Después de esa gran experiencia, ¿cómo continuaron tus viajes?

No pude continuarlos, quedé atrapado por la pandemia. Fue durísimo porque me sentí abandonado por el Estado argentino. Llamé al consulado y nadie escuchó lo que yo tenía para decir. Si viajo es bicicleta, voy solo, con un perro, y no tengo contacto estrecho con nadie. ¿Qué necesidad tengo de subirme a un avión con 200 personas y pasar por dos aeropuertos internacionales, con viajeros de todo el mundo, ante una supuesta situación de pandemia? ¿Qué necesidad hay de pasar por ese proceso, pudiendo cruzar la frontera y hacer la cuarentena ahí?   

-Pasaste un año y medio sin poder volver…

Quedé atrapado desde marzo del 2020  y recién pude volver en septiembre del 2021. Fue durísimo porque me sentí abandonado. Pude salir cuando abrieron las fronteras para todos.

-¿En todo ese tiempo qué actividad pudiste realizar para tener un sustento diario?

Mi función principal fue remar el bote de los pescadores. El trabajo de la pesca es muy sacrificado y yo remaba hasta 5 horas por día. Por eso no me asusta el hecho de remar en la laguna de Puan, más allá que respeto todo cuerpo de agua.

-En Chile remabas en el mar…

Sí, y en un bote cargado con hasta 500 kilos de pescado y con cuatro personas a bordo. El tema es que, con la pesca artesanal, se gana muy poco, porque al precio lo fija la industria.

-¿Qué reflexión te deja la pandemia?

Hubo muchas cuestiones irracionales y arbitrarias, porque no se dio lugar a un debate científico. La ciencia se nutre a través del debate y en democracia eso es fundamental. Y por otro lado, los derechos básicos se suspendieron de un día para el otro. Estoy hablando de tratados internacionales y de nuestra Constitución Nacional. Yo estaba solicitando el cumplimiento de mi derecho constitucional de entrar al país, y no se me permitió, cuando no había nada razonable para impedírmelo.

El artículo 29 de la Constitución Nacional  establece el principio de razonabilidad. Las leyes y los decretos no pueden modificar esta constitución si no hay algo razonable. Para mi es fundamental el criterio de flexibilidad, si no lo hay, la ley es injusta. Y ni siquiera tuve respuesta que es peor. Existe el derecho constitucional de peticionar ante las autoridades y no me respondieron.

– ¿Lograste cerrar ese capítulo negativo de tu experiencia?

Siento que volví derrotado de Chile, pero me paré y seguí caminando. Me di cuenta que la única forma para que los derechos sean una realidad es ejercerlos. Si nos los ejercemos, son palabritas en un papel.

-¿Cómo continuó tu camino luego?

Pude volver y recuperarme de esa derrota que sentí. En algún momento quise escribir un segundo libro sobre el tema, pero me di cuenta que debía seguir viajando. Al final, los viajes son los que me dan inspiración para escribir.

 -¿Sos creyente?

Me formé en una escuela secundaria salesiana, admiro mucho la obra de Don Bosco. Pero más allá de eso, en mis viajes adquirí otros conocimientos espirituales. Las religiones son todas ramas de un mismo árbol, el árbol de la espiritualidad humana. Y es lo que tenemos que volver a fortalecer. Justamente, en esta crisis en la que estamos metidos, viviendo un cambio de tiempo muy fuerte.

Llegamos a este punto por la falta de fe, porque el materialismo y la ciencia negaron a Dios. Tengo mucha fe porque he visto muchísima conciencia en mi camino y las personas están llegando a la espiritualidad desde distintos lugares. Es el camino del amor al prójimo y a la tierra.

-¿Qué te pareció Puan?

Es un lugar hermoso y especial. Creo que Puan necesita quizás tomar mayor conciencia del lugar en que está. Aquí, muchos pueblos se refugiaron en épocas de fuertes ataques y persecuciones para tomar fuerzas para dar otra batalla.

-¿Y en Córdoba tenés familia?

-Sí a mis padres y mi hermano. No he tenido la posibilidad de encontrar una compañera que me siga en esta locura.

-¿Pensás afincarte en algún lugar?

-No hay final, vivo el presente, porque no sé dónde me lleva la vida. En este momento, siento que soy un nómade. Si bien han surgido situaciones como la pandemia en Chile. Más de seis meses en un lugar no puedo estar, “me llama la ruta”, como dice Ricardo Iorio.

Escucho a las rutas llamarme, son voces graves que me invitan a rodar
Dicen extrañar mi errante andar. Pedal a fondo, tierra adentro

Diario de Puan

Periodismo y Comunicación

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