Un puanense que transforma el “no saber” en arte

Pablo Ramborger ganó el Salón Molina Campos 2025

El artista visual obtuvo uno de los premios adquisición del prestigioso Salón Provincial gracias a “Cruces, más cruces!”, una obra construida con dibujos realizados por personas que afirman “no saber dibujar” y textos hallados en las calles. Su proyecto, que reivindica lo colectivo y lo cotidiano como motor creativo, fue destacado por su potencia estética y social.

Arte 18/11/2025 . Hora: 12:17
Pablo Ramborger ganó el Salón Molina Campos 2025
Pablo Ramborger ganó el Salón Molina Campos 2025

El diario Página 12 recientemente, en la entrevista denominada Los papeles perdidos y el arte del “no saber”, aborda la trayectoria del artista y sus vínculos con Puan.

“Siempre me vinculé mucho con la gente del barrio, es algo que me quedó del pueblo”, dice Pablo Ramborger, artista visual oriundo de Puan y ganador de uno de los tres premios adquisición del Salón Provincial de Artes Visuales Molina Campos 2025. El reconocimiento llegó por “Cruces, más cruces!”, una obra en la que cruza —valga la redundancia— su trabajo con “Gente que dice no saber dibujar” (un proyecto que este año cumple una década) y fragmentos de escritura a mano recolectados en las calles del barrio que lo inspira: Meridiano V, en La Plata.

Debe haber dos constantes en la vida de Ramborger. Por un lado esa capacidad casi innata de convertir en hogar cada lugar al que llega. Hasta los dieciocho vivió en Puan; después se mudó a Bahía Blanca para estudiar, de ahí partió a Buenos Aires para continuar su formación en la FADU y más tarde viajó directo al entonces “DF” mexicano, donde trabajó como director de arte en una revista alemana. La vida da sus vueltas, y hace ya más de una década que vive en la ciudad de las diagonales junto a su pareja, también oriunda de Puan.

Llegado a este punto convendría no olvidar la segunda constante: el dibujo. Esa pasión que lo acompaña desde los primeros talleres que tomó en la infancia. Formado como diseñador gráfico, y después de muchos años de trabajo en el rubro, un día Pablo decidió que no quería “pasar toda la vida frente a la computadora”, y volvió a su primer amor: el dibujo a mano.

“Cuando me vine a La Plata armamos un estudio de diseño con mi hermano, y yo lo usaba también como atelier. Le pusimos el nombre Don Bardo”, cuenta el artista. Don Bardo es un espacio cultural-artístico interdisciplinario, que tiene como fin generar encuentros a través de prácticas relacionadas al arte. “Entendemos la cultura como un proceso de construcción identitaria capaz de generar transformación social, nos interesa la democratización de las artes”, explica.

En el marco de ese espacio, y con esa búsqueda tanto social como estética como norte, Ramborger empezó a trabajar en “La espera”, el proyecto que podría pensarse como antecesor de “Cruces, más cruces!”. Allí realizaba dibujos en la calle de personas en situación de espera —generalmente burocrática— en La Plata. Lo hacía en doble ejemplar: él se quedaba con el retrato y regalaba el otro a la persona dibujada. Así llegó a reunir alrededor de mil dibujos.

Con el tiempo, empezó a producir retratos en diferentes formatos y a colgarlos en el espacio de Don Bardo, que tiene vidriera a la calle. Siempre mantuvo un vínculo fuerte con la gente del barrio, algo que él nombre como un gesto “clásico de pueblo”: saludar, decir buenos días al que pasa, necesitar del contacto con el otro. La gente pasaba, observaba los retratos colgados y repetía, casi como un mantra, la misma frase: “Qué lindo, yo no sé dibujar”. “Se escuchaba tanto —explica— que en un momento dije: ‘Voy a hacer un proyecto que involucre a todas estas personas’”. Así nació, en 2017, “Gente que dice no saber dibujar”.

Desde “La espera”, siempre buscó vincularse con el arte por fuera de lo estrictamente institucional: hacía retratos e instalaciones en espacios públicos, garitas de colectivo, distintas intervenciones en la calle. “Siempre me gustó que el arte brote de los intersticios de la sociedad”, explica. Por eso, en “Gente que dice no saber dibujar” la consigna era simple: él entregaba una copia de alguna pintura del Renacimiento y, con una birome y un papel A5, la persona debía hacer un retrato “así, como salga”.

La elección de la birome no es aleatoria. Se trata de un objeto que tiene que ver con el universo de “lo burocrático” y lo institucional, y también con la imposibilidad de borrar: “Queda todo el proceso: los errores, las indecisiones, la incertidumbre. Eso me interesaba. Además, propuse pinturas del Renacimiento para hacer un contraste, un contrapunto con estos dibujos, porque es el estereotipo de belleza que tenemos incorporado”, explica.

El entusiasmo creció a medida que se empezaron a acumular los dibujos, hechos inicialmente por gente que pasaba por la vereda de Don Bardo, o a la que Ramborger invitaba cuando visitaba los locales del barrio: el kiosco, la ferretería, el taller de Luisito el mecánico.

Así, el artista decidió armar un libro titulado “Retratos de gente que dice no saber dibujar”, con ejemplares de toda La Plata. En ese momento advirtió la potencia del proyecto. “Me interesaba el no saber como potencia, sobre todo en lo creativo. Creo que el no saber abre”, dice. A partir de esa convicción, se impuso una regla: el proyecto debía habilitar espacios de encuentro para que la gente empezara a dibujar, y para construir una obra en coautoría entre el público y él.

También pensó que los dibujos debían volver a la gente, por lo que decidió hacer murales basados en esos retratos. El primer lienzo, cómo no, fue su barrio: “iba a la ferretería de Fabián y le devolvía el retrato que él había hecho. Buscaba un paredón cercano y hacía un mural con ese dibujo, lo mismo con otros vecinos”, cuenta. A medida que el proyecto se difundía, lo empezaron a invitar de otros espacios para hacer dibujar a la gente. Fue entonces cuando diseñó la mesa portátil de “Gente que dice no saber dibujar”: una valija que se despliega y se convierte en mesa de trabajo. La construyó en madera y llevaba biromes, hojas A5, reproducciones y materiales para montar muestras provisorias.

Cuando se realizó Plateada —la primera feria de arte en el Teatro Argentino— lo convocaron para coordinar un taller de “Gente que dice…” dentro de las galerías. En esa oportunidad se trabajó con obras de Miguel Ángel. En la segunda edición, el año pasado, ocurrió el hallazgo del Tintoretto en el Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti, y Federico Ruvituso —su director— volvió a invitar a Ramborger a participar. Pablo aceptó y contó que tenía especial interés en trabajar con el recientemente descubierto Tintoretto: el cuadro que Pettoruti había descartado por considerarlo una falsificación. Tras una investigación conjunta de la institución y del Conicet, se confirmó la autenticidad de la obra, que retrata al militar veneciano Melchior Michael y tiene más de cuatro siglos de historia.

Ramborger retomó la lógica del proyecto, y presentó reproducciones de pinturas del artista italiano hechas por el público. Como en otras oportunidades, después confeccionó un libro con el material y, durante la selección, advirtió un patrón: había muchas réplicas de la Crucifixión, por lo que decidió trabajar sobre esa figura.

Así fue como armó la obra que presentó al Salón, que consta de 24 retratos dispuestos en forma de cruz. Se trata de piezas realizadas sobre hojas antiguas de libros, donde los dibujos hechos por el público fueron traducidos mediante carbónico, una herramienta que el artista utiliza desde hace años. A ese trabajo lo combinó con otro proyecto que desarrolla desde hace tiempo, “Producto Bruto SN”, basado en restos de escritura manuscrita encontrados en la calle: cartas, listas, facturas, notas y documentos hallados al azar que Ramborger recolecta desde hace años. “Como me interesa tanto la imagen como la escritura, empecé a hacer composiciones con esos textos. Entonces algunas crucifixiones tienen una lista del almacén, otras una carta de amor, otras una factura”, cuenta.

El sábado pasado se realizó la premiación en el Teatro Argentino, en donde Ramborger obtuvo el Premio de la Honorable Cámara de Diputados. “Me parece interesante que una institución donde supuestamente se premia el saber, la educación artística, premie algo que viene del ‘no saber’, porque posibilita otros caminos, otros discursos”, concluye el artista. Con entrada libre y gratuita, el Salón Molina Campos podrá visitarse hasta el 30 de noviembre en el hall central del Teatro Argentino de La Plata, de martes a viernes de 10 a 18 hs, y los fines de semana durante los horarios de función.

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“Cuando me vine a La Plata armamos un estudio con mi hermano. Le pusimos el nombre Don Bardo”.

La elección de la birome no es aleatoria. Tiene que ver con el universo de “lo burocrático”.

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