Don Octavio Lavigne: el hombre que convirtió la isla en poesía
Este jueves, se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Don Octavio Lavigne. Conocido como “el viejo poeta” o “el último habitante de la Isla de Puan”, nació en 1913 en el paraje El Pincén, entre Azopardo y Bordenave.
Mañana, jueves 11 de junio, se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Don Octavio Lavigne, una de las figuras más emblemáticas de la historia cultural de Puan. Conocido como “el viejo poeta” o “el último habitante de la Isla de Puan”, nació en 1913 en el paraje El Pincén, entre Azopardo y Bordenave. De espíritu bohemio, soñador y profundamente observador, dedicó gran parte de su vida al cuidado de la Isla de Puan, donde residió durante sus últimos años y donde descansan sus restos, por expreso deseo.
Lavigne dejó sus poemas, escritos muchas veces en envoltorios de yerba o cigarrillos, firmados bajo el seudónimo “ENGIVAL” (su apellido leído al revés). Hombre sencillo y hospitalario, fue recordado por sus charlas con vecinos y visitantes, así como por su particular filosofía de vida, resumida en el lema que recibía a quienes llegaban a su casa: “Lugar de las cosas buenas donde se olvidan las cosas malas”.
El diario contacto con la naturaleza, lo hizo protagonista de un importante hallazgo de restos óseos de más de 3.300 años de antigüedad, durante una bajante de la laguna, que despertó el interés de arqueólogos de La Plata. Además, su figura trascendió el ámbito local cuando protagonizó el episodio “La isla del viejo poeta” del programa Historias de la Argentina Secreta, emitido por ATC en 1988.
Su recuerdo permanece vigente en Puan: desde 2015, la Escuela Secundaria N° 5 lleva su nombre como homenaje a quien convirtió la contemplación, la palabra y la identidad local en una forma de vida.
Además de su vida ligada a la Isla de Puan, Don Octavio dejó una obra poética que aún forma parte del patrimonio cultural local. Firmaba sus escritos con el seudónimo “ENGIVAL” —su apellido al revés— y plasmaba versos en envoltorios de yerba, atados de cigarrillos o cualquier papel disponible.
Entre sus composiciones más recordadas aparecen títulos como “Papelito” y “El Carretero”, mencionadas por quienes recopilaron su legado y por su amigo, el historiador César Michelutti, quien lo definía como un “Don Quijote de la rima y la canción”. Sus textos, atravesados por la sencillez, la reflexión y el amor por la vida cotidiana, reflejaban la mirada profunda de un hombre que hizo de la contemplación una filosofía de vida.
En el documental de Historias de la Argentina Secreta, deja algunas frases que definían su pensamiento:
“Es mejor tomar la vida tal como viene, a secas”.
“Mi deber es compartirla y dejarle el camino semi iluminado para los que vienen atrás”.
