Desde el Museo: “Cuando la prostitución era legal”

Fuentes: El sexo en la Biblia, de Marco Schwartz; Historias de la Historia, de Carlos Fisas; Erotismo en la historia, de Carlos Fisas y Las mujeres en la Biblia, de Naomi Harris Rosenblatt.

(*) Mujerzuela, ramera, hetaira, mesalina, fulana, zorra, puta, meretriz, cortesana, gato, pelandusca, buscona, cocotte, cualquiera, barragana, gamberra, golfa, turra, ligona, querida, cabaretera, furcia, jinetera, loba, loca, prosti, soldadera, trotacalles, yiro, casquivana, descarriada, deshonesta, libertina, perra, pecadora, perdida, guarra, loca.

Los sinónimos son cientos y cada lengua y país tiene sus propios términos para nombrar a las prostitutas.
Hay quienes opinan que la prostitución no es el oficio más antiguo del mundo, sino la forma de esclavitud más antigua. Y lo cierto es que a lo largo de la historia, a la mujer se le asignó socialmente el papel de madre, virgen o prostituta.
El término prostituta proviene del latín prostituere, donde pro significa antes o delante y statuere estacionado, colocado; es decir, algo colocado adelante, a la vista, con la intención de ser vendido. El diccionario de la RAE la define como “persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero”.

Un oficio tolerado de carácter netamente comercial

La idea que se tiene de la prostitución en el Antiguo Testamento es por lo menos notable. La prostitución era moralmente reprobada pero no estaba prohibida legalmente. El comercio sexual con mujeres por dinero era corriente en el primer Israel lo que induce a pensar que sus habitantes no tenían por especialmente censurable la conducta de estas mujeres.

Por el Antiguo Testamento sabemos que las rameras se cubrían el rostro con un velo, se exhibían a sus potenciales clientes situándose a orillas de los caminos, en las afueras de los pueblos o visitaban las casas -; el precio del servicio se discutía y podía pagarse en especies, por ejemplo, animales o verduras que sirvieran de alimento. En el Eclesiastés se dice: “No te entregues a prostituta para que no disipes tu patrimonio” , lo que da una idea muy pragmática y materialista del tema.

Los narradores bíblicos también dan cuenta de la prostitución sagrada, es decir, aquella que ejercían hombres y mujeres que ocupaban puestos en el templo con fines no especificados, pero que las tradiciones judía y cristiana vinculan a este tipo particular de prostitución.

En determinadas festividades, y asociados a ritos paganos como el de Astarté, personas de ambos sexos prestaban servicios sexuales a los hombres de la congregación a cambio de un tributo para el templo.

Entre Eva y María

Dos símbolos estructuran el sexo en el cristianismo: el de Eva y el de María. Eva era el origen del pecado, de allí que todas las mujeres fueran sinónimo de corrupción del cuerpo y del alma y la raíz de todos los vicios. María era la pureza, la suprema virtud y la redención y todas mujeres tenían la obligación de semejarse a ella.

Entre las dos se encuentra María Magdalena. Aunque el Evangelio no lo dice, se atribuyó a María de Magdalena el episodio de la pecadora que unge los pies del Señor. Es aquélla a quien Jesús dice: “ Mucho te será perdonado porque has amado mucho” . A María Magdalena la hagiografía piadosa de la época añade otra María, la Egipciaca a quien le rezaban las prostitutas y los que querían apartarlas de su vida de vicio.

Ramera y a mucha honra

En Babilonia el ser prostituta no era una deshonra. La ley ordenaba que una mujer pública no podía llevar velo ni cubrir su cara como las demás mujeres, ni podía tampoco cubrirse la cabeza, cosa que a estas trabajadoras les ayudaba a ser rápidamente identificadas por los clientes.

Hacia 1750 a.C, bajo el reinado de Hammurabi, en los templos había cortesanas que servían de intermediarias entre los fieles y la divinidad. Se cree que esta prostitución sagrada tenía su origen en los ritos prehistóricos de la fecundidad.

El historiador griego Heródoto escribe al respecto en 480 a.C.: Los babilonios tienen una ley vergonzosa. Toda mujer del país debe, por lo menos una vez en su vida, ir al templo y entregarse a un desconocido. No puede volver a su domicilio hasta que un hombre haya depositado una moneda de plata en su regazo y se la haya llevado a acostarse con él. La mujer no tiene derecho a escoger, tiene que seguir a quien le ha dado la moneda. Cuando ella se ha acostado con él, ha cumplido ya su deber para con la diosa y puede volver a su casa. Las mujeres hermosas pueden volver en seguida a su domicilio pero las feas o mal formadas deben esperar mucho tiempo antes de poder cumplir con las obligaciones impuestas por la ley. Algunas, tres o cuatro años. De esto se deduce, que las supuestas feas tenían una vida sexual mucho más activa que las hermosas.

Las prostitutas sagradas estaban agrupadas según su consagración al trabajo. Una harimtu era una cortesana semisagrada; una gadishtu, una meretriz sagrada, y una ishtaritu, una prostituta consagrada a la diosa Istar. Un refrán babilónico decía: “ No te cases con una harimtu pues son innumerables sus maridos, ni con una ishtaritu pues está reservada a los dioses”.

El griego Demóstenes tenía muy claro el papel de la mujer: Las hetairas sirven para proporcionarnos placer, las concubinas para nuestras necesidades cotidianas y las esposas para darnos hijos legítimos y cuidar la casa. Un modelo de equidad, el filósofo.

Estas distinciones ponen de relieve las diferencias con que eran tratadas las prostitutas en la antigua Grecia. Una de ellas, llamada Metiké, fue apodada Clepsidra porque utilizaba su reloj de agua para medir el tiempo que le dedicaba a cada cliente. Practicidad pura.

Las hetairas, bellas, inteligentes y cultivadas eran muy consideradas. Su éxito radicaba en su talento y en su modo de comportarse, fingiendo o no. Ellas sometían a los hombres por todo aquello que los maridos prohibían a sus esposas (algunas cosas nunca cambian). Tenían casa propia donde recibían, sabían leer y escribir, cultivaban la compañía masculina y alegraban los banquetes en los que las esposas estaban excluidas.

Entre las historias de prostitutas griegas famosas que han llegado a nosotros, destaca Filomena, quien le escribe francamente a un enamorado:” ¿Por qué me escribes tan largas cartas? Necesito cincuenta monedas de oro y no epístolas. Si me quieres, paga; si prefieres el dinero a mí, deja de molestarme. Adiós” . Más claro, imposible.

La hermosa Lais de Corinto fue tan célebre que Demóstenes viajó desde Atenas para conocerla y tenerla, claro. Cuando ella le pasó su tarifa, como era una suma considerable, el orador dijo “No compro tan caro un arrepentimiento” y se volvió por donde había venido.

El famoso escultor Mirón solicitó los favores de Lais pero fue rechazado. Creyendo que la causa del rechazo eran su edad y sus canas, se tiñó el pelo y volvió a presentarse en la casa de la hetaira que, en cuanto le vio, exclamó: “¡Tonto! Tú pides una cosa que le he negado a tu padre”

De lupanares, fornicaciones y burdeles

Las concubinas no tenían ni la consideración de las hetairas ni el rango social de las esposas y terminaban vendidas a un burdel cuando sus amos se cansaban de ellas.

En Roma las prostitutas eran llamadas meretrices (del latín,meretrix, del verbo mereo pagar, ganar), y que ha pasado sin cambios al castellano. También se las llamaba fogata porque debían vestir la toga en vez de la estola propia de las matronas decentes.

El historiador Suetonio relata que la emperatriz Mesalina alquilaba una celda en uno de los lupanares más miserables de Roma; bajo el nombre de Licisca, allí recibía a todos los hombres que podía

Los lupanares estaban regentados por un leno, de ahí la palabra lenocinio, quien cuidaba del orden y de cobrar a los clientes si las mozas eran esclavas; si eran libres cobraban ellas y daban su comisión al leno. Es lo que hacía Mesalina.

Las celdas se llamaban jornices, de donde viene el verbo fornicar, porque estaban situadas muchas veces bajo las bóvedas y arcadas de algunos monumentos públicos, como el circo, el anfiteatro, los teatros, el estadio, etcétera.

La palabra burdel deriva del catalán bordell y éste de bord, bastardo; de allí que burdel significaría el lugar en donde se concebían bastardos.

De putas y sonetos

Durante la Edad Media este oficio fue objeto de múltiples ordenanzas, leyes y decretos. No podían vestir como las demás mujeres, sino en forma tal que se distinguiesen de las damas llamadas honestas. Los vestidos cambiaban según el lugar.

Mientras las damas se cubrían el cuerpo con aceites y perfumes, usaban vertiginosos escotes y se depilaban el pubis, una reminiscencia judía y musulmana, las prostitutas, por ley, debían ir más cubiertas y más honestamente ataviadas. Gajes del oficio.

En toda Europa se reglamentaron los burdeles y se dictaron normas para el ejemplar regimiento de las prostitutas.

En el siglo XIII empezó a usarse la palabra puta para designar a una mujer que ejercía la prostitución (del italiano putto, niño, que hoy en el vocabulario del arte se usa para designar los niños pintados, grabados o esculpidos de las obras clásicas, los putti de Donatello, por ejemplo).

En el arte la prostitución adquiere cartas de nobleza en cuadros como los de Carpaccio, o en la célebre Danae de Tiziano. Aquí el pintor la muestra recibiendo la lluvia de oro en que Júpiter se había convertido para poseerla, pero el dios se transforma no en polvo áureo sino en monedas de oro que va recogiendo una mujer con trazas de Celestina.

El gran Quevedo aconseja a los clientes cuánto deben pagar por los servicios sexuales: “Dar un real a una dama es poco precio; dos la daréis si es prenda conocida, y tres, cuando conforme a estado y vida, darla cuatro os parezca caso recio. Cuatro, es el moderado y justo precio; mas si la prenda fuese tan subida seis la daréis, con tal que no os los pida; si la diéredeis más, quedáis por necio. Esta doctrina es llana y resoluta; ha lugar, si la dama que os agrada, os pareciere libre y disoluta. Mas, si fuese tan grave y entonada que menosprecie el título de puta, si la queréis pagar, no la deis nada”.

Del otro lado del Atlántico y hacia la misma época, sor Juana Inés de la Cruz, señalaba: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. Si con ansia sin igual solicitáis su desdén ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? ¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada la que cae de rogada o el que ruega de caído? ¿O cuál es más de culpar aunque cualquiera mal haga, la que peca por la paga o el que paga por pecar?”.

Historia local

Si bien a nivel nacional, las reglamentaciones sobre el ejercicio de la prostitución datan desde 1875, a nivel distrital contamos con la Ordenanza General de Impuestos del año 1918 donde en su Inciso VI titulado”Guías, boletos, transferencias, visado de certificados, archivos etc” establece el pago de “ patentes de casas de tolerancia” , siendo el valor del mismo $100 moneda corriente.

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Asimismo en el Archivo y Hemeroteca del Museo Municipal se encuentra un Registro de Prostitutas que data del año 1920 y varios certificados emitidos por el médico de policía de Bordenave, constatando el excelente estado de salud de las “ trabajadoras”

img227Del Registro se extraen algunos datos como edad, estado civil, procedencia, nacionalidad y algunas características físicas como color de cutis, ojos, cabello y otros rasgos como tamaño de la boca y nariz. Es de destacar que algunas de ellas eran casadas.
La prostituta legal tenía que ser mayor de 23 años y recibía lo que se conocía popularmente como el “carnet” el cual le servía para hacerse publicidad al poder demostrar que estaba sana.
Tras los muros del burdel
Las Casas de Tolerancia estaban a cargo de una “ gerenta” o “ madame” encargada de llevar la contabilidad del negocio y de verificar que sus “ pupilas” estuvieran siempre aseadas y bien perfumadas para atender a los clientes. Asimismo, era quien las abastecía de jabones espermicidas y colonias diferenciadas, porque cada una tiene que tener su olor.
El funcionamiento de prostíbulos como tales, se prohíbe en el año 1936 con la Ley N° 12.331 de Profilaxis Social, con lo cual la prostitución clandestina fue en aumento y con ella el riesgo sobre la salubridad pública.

*Investigación realizada por la Directora del Museo Ignacio Balvidares, Téc. Jorgelna Walter